jueves, junio 30, 2011

Carlos Barbarito. Ella: una mano en el agua de una fuente...

































Ella: una mano en el agua de una fuente,
en la otra mano, una flor blanca (en un ángulo,
arriba, un cielo límpido, lleno
de ligeras criaturas que no se ven
pero se presienten). ¿Una ilusión,
una fotografía perdida que aún recuerdo?
Pienso ahora en un menstruo
que ya no purifica
y en una hierba que se quema,
lejos, muy lejos.


Fotografía: Floriana Barbu.

                                                                                                              .

domingo, junio 26, 2011

Carlos Barbarito. El agua, de arriba y de abajo, se reúne...

Itou Kouichi



El agua, de arriba y de abajo, se reúne,
entre alas y ramajes, dispuesta a ser bebida;
el barro, que acabará siendo fruto,
todavía dormita indiferente al borde del camino.
¿Qué vibra en la hierba, qué se ciñe
al grosor de la antigua profecía en tubo,
fino conducto abierto en la trama
de tierra y cielo, suma de fronda y bandada?
¿A qué llamar hermoso, a qué erróneo,
dónde sopla el Este, con qué retardo o premura
si el viento parece venir de todas direcciones
y, en su espesor y altura, algo parecido al sueño
que no es sueño, nudo que se corre
hacia una perfección pura y en pleno camino,
sin una razón aparente, se desata?
Ocre, luego púrpura, rojo violáceo, tinta del molusco
hervida entre futuros paños que ya se agitan
como ya se tumba, entre destellos, tu rostro,
a la vez desnudo y críptico,
súbita caída celeste, escombro de estrella.

lunes, junio 20, 2011

Carlos Barbarito. Cobra. Mamba negra. Víbora de Russell...

Cobra. Mamba negra. Víbora de Russell.
Amanita muscaria. Amanita phalloydes.
Hierba mora. Buccino. Morena. Viuda negra. Escorpión.
Tarántula. Abeja melífera. Oruga gato. Avispa.
Lamprea. Salamandra. Sapo. Medusa.
¿Quién osaría comerlos,
dejarse tocar, picar, morder por ellos?
Nadie. No parece haber para ellos bendición alguna.
Perduran al sol, bajo la lluvia.
No sienten, ni tienen culpa.
Y, tal vez, porque todo es intricado y secreto,
de algún modo, por ellos, y no por nosotros,
el cielo se azula, el día se hace.

jueves, junio 16, 2011

Carlos Barbarito.Qué eficacia tienen el perdón, la piedad...

Caspar David Friedrich


Qué eficacia tienen el perdón, la piedad.
El andén desde donde supe partir
es barrido ahora por el viento -arrastra
papeles, colillas, no mucho más que eso-.
Qué contiene bajo su ala cada hora del día
y de la noche, no consigue
alzarse del suelo hacia éste u otros soles;
una vez nos fue concedido un nombre
y por ese único nombre nos llamaron,
luego vino el olvido, después del enésimo plato
en la cena de las cenizas
cuando lo vasto se volvió breve
y lo breve se convirtió en infinito.
Qué perdón para la casa y quien la habita,
qué piedad para el que anda ciego
bajo las lluvias de estrellas;
como animales nos guiamos por el olor
y cuanto huele, a leche o a sangre,
en vez de orientarnos nos extravía.
Qué revelación esperar, qué chispa en el cobre.
La palabra metida en una ampolleta
guardada bajo cien llaves:
en qué momento hablar,
en cuál hacer silencio
para oir, antiguo e inmenso, el mar.

lunes, junio 06, 2011

Carlos Barbarito. Dónde estuvo el error -se preguntó-...

Sebastiao Salgado




Dónde estuvo el error -se preguntó-,
en el principio, tal vez,
en el momento de la brutal separación.
Tal vez. En el momento
en que el primer pescador
arrojó la red y supo que es el aire
lo que ahoga al pez. En un extremo,
el bullente sueño y, del otro,
la aquietada vigilia; a aquello que el día
pugnaba por asignarle celeridad y carmesí,
la noche lo fijó y agrisó,
disipó en el frío la fiebre.
No el rostro, la máscara.
Y bajo la máscara, el hueso.
A dónde encaminar los pasos.
A quién ofrecerle olor y lágrima.
Por qué la explicación y no el fuego.
Por qué el fuego en lo remoto.
Por qué la explicación
en vez de traernos prosperidad nos disminuye.
El vino se volvió vinagre
sin haber sido nunca del todo vino.
Las ruedas, luego del primero y único giro,
quedaron trabadas en el barro.

sábado, junio 04, 2011

Carlos M. Luis. Prólogo a mi libro inédito "El lugar de las apariciones"

Carlos M. Luis

Acabo de recibir del poeta Carlos Barbarito algunos datos biográficos relacionados con los primeros años de su vida. Entre los mismos entresaco los siguientes:
1.- Sus primeras lecturas tuvieron que ver con relatos acerca del Diluvio.
2.- A esas lecturas le siguieron “El Hombre con la Máscara de Hierro”, “Alicia en el País de las Maravillas” y las novelas de Jules Verne.
3.- Su mamá le relataba historias locales donde un “ojo de mar” se tragaba jinetes y caballos. En otra aparecía un hombre con cara de oveja.
4.- La fuerte impresión que le causaran estos versos del poema “El Mar” de Borges: Antes que el sueño (o el terror)/tejiera mitologías y cosmogonías...
Como telón de fondo aguas, truenos, relámpagos y el primer arco iris avistado desde el interior de una casa vetusta, en un pueblo con nombre revelador: Pergamino.
Todos estos datos contribuyen a situar el ambiente físico y espiritual de una obra, que con el paso del tiempo, fue tomando otros rumbos. Si bien es cierto que los sedimentos de experiencias pretéritas siempre quedan anidados en la memoria dando sabe Dios qué resultados, también es indudable que el presente vuelca sobre nosotros sus tesoros y detritus. De toda esa combinatoria de vivencias lejanas y actuales, se nutre una obra, en este caso poética, que ahora el lector tiene en sus manos. Pero la poesía es otra cosa. No tiene por qué narrarnos el pasado, ni tomar nota de lo acontecido. El poeta no es un historiador o un notario. Es alguien que vive en las antípodas, en búsqueda constante de un lenguaje que lo amarre a lo que va descubriendo durante su tránsito por lo que solemos entender como la existencia.
Nada más ajeno a las artimañas de la realidad, que el tiempo poético hipostasiado en la palabra. El tiempo se convierte en un lugar donde ocurren las apariciones. De ahí que el título de la presente colección de poemas de Carlos Barbarito, nos sugiere algo que ya los románticos presentían que iba a convertirse en su gran invención: el surgimiento de la mirada interior. Mirar al tiempo como un lugar de apariciones nos hace retornar a uno de los grandes temas que siempre ha merodeado la historia del pensamiento, y de la poesía en particular.
Esa latencia de lo subjetivo que encontró un océano inexplorado de emociones, parece que no caló tan hondo en el idioma español durante la época romántica. En lo visual, sin embargo, Goya recogió todos los fantasmas que España había dejado guardados después de su época dorada, para recrearlos bajo figuras desconcertantes que apuntaban hacia la trastienda del inconsciente. Goya a su manera, salvó a España de no quedarse fuera de uno de los procesos más apasionantes de la historia. Pero en la palabra hubo que esperar a que el modernismo americano le diese un nuevo vigor al lenguaje, renovándolo desde sus raíces. Por ese caudal de palabras que iban señalando caminos no explorados, pudo el surrealismo encontrar un terreno propicio para sembrar las semillas de su imaginación. La Argentina fue una de las primeras naciones americanas que recogió el reto. Un reto que continúa teniendo su vigor, como lo demuestra la poesía de Carlos Barbarito.
En la confluencia entre el romanticismo, el modernismo y el surrealismo, sus poemas van expresando un mundo que a ratos nos comunican un sentimiento de desasosiego: bufones que no hacen reír a nadie….ala de ave sin el ave/puesta en un plato…sábanas vacías que nos aguardan…muslo de niño traspasado por el filo de su sombra…catedrales vacías o inundadas/de leche y miel bebidos/por animales y niños sedientos….árbol arrancado antes de ser árbol…Baste con estos ejemplos para darnos cuenta que nos encontramos frente a una poesía que maneja diversos discursos de procedencia romántica, pero insertados dentro de un mundo donde lo absurdo –tan vigente en estos tiempos que corren- comienza a jugar un papel preponderante. Si un poeta del siglo XIX se trasladara a nuestros días, sentiría en los poemas de Carlos Barbarito resonancias familiares, mientras que a un surrealista el muslo de un niño traspasado por su sombra, le evocaría las andanzas de Maldoror. O sea que la modernidad continúa activa en sus versos, sin que por ello tenga que romper con una tradición que se mantiene aún relevante a través del surrealismo.
No podemos entonces comunicarle al lector que en estos poemas va a encontrar versos azucarados para ser leídos en una tarde lluviosa. Por el contrario, la poesía de Carlos Barbarito lo conducirá a otras regiones donde los días son de vinagre, las aguas se quedan sin substancia, el paraíso es algo frágil que se disipa, o que alguien mañana se quedará ciego. La apertura del lenguaje de este poeta hacia los sentimientos y la imaginación, pone en evidencia la liberación de lo reprimido en el lugar de las apariciones. Todo lo que aparece nos despierta de los falsos sueños, para introducirnos en los verdaderos que sólo los videntes saben conjurar. Tenemos noticias porque así los primitivos nos han hecho saber, que existió un tiempo primordial, donde el mundo estaba gobernado por otras leyes. Los pocos que han podido rescatar algo de ese mundo perdido, son los poetas, especialmente los surrealistas. Sus leyes son las que les dicta la voz guardada –como ecos de otras voces remotas- en los espacios de adentro, que un Henri Michaux había visitado.
Para la comprensión de un discurso poético es necesario utilizar lo que Aimé Cesaire bautizó como “las armas milagrosas”. El escueto relato de su pasado, nos brinda un telón de fondo sirviéndonos para abrir el escenario donde van a aparecer las imágenes de Carlos Barbarito. Hacen falta los milagros cuyas armas no dejan en paz a los raciocinios fríos, para “comprender” su poesía. ¿Comprenderla? ¿Acaso lo huidizo de sus seres mezclados por el azar requieren comprensión? Más que comprenderla se trata de “conocerla” en el sentido bíblico del término. Las palabras, como decía André Breton, hacen el amor. Debemos pues conocer antes que comprender la trama que sus poemas nos depara. Por otra parte, los dibujos de Mónica Goldstein representan la dimensión interior de esos poemas: no son ilustraciones pues, sino diálogos entre lo visual y lo escrito. El telón ha dejado el escenario al descubierto. Pasemos entonces a formar parte del lugar de las apariciones.

Carlos M. Luis (La Habana, 1932). Poeta, ensayista y artista plástico. Los primeros textos de Carlos M. Luis aparecieron en la revista Orígenes. Y sus primeros libros fueron ilustrados por Jorge Camacho (1954), Roberto Estopiñán (1967) y el mexicano José Luis Cuevas (1957). Como ensayista publicó Tránsito de la mirada (1991) y El oficio de la mirada (1998).