miércoles, abril 27, 2011

Carlos Barbarito. ¿Qué busca el pez en el fondo? Revuelve...

Liz Marraffino

¿Qué busca el pez en el fondo? Revuelve
con su trompa el barro. ¿De qué luz
dispone, allá abajo? ¿De qué luz
dispone si hasta allá abajo no llega
ni un poco de luz? Escarba,
en lo profundo, en lo oscuro,
en el silencio. ¿Qué busca,
qué cosa busca, allá
en el fondo, sin luz que alumbre,
donde no se sabe si es día
o noche, bajo
el peso del mar que lo aplasta?
¿Tiene ojos? ¿No los tiene,
es ciego? Revuelve,
escarba, en el barro.
¿Qué busca? ¿Busca algo?
¿ O sólo es costumbre,
acto mecánico, sin sentido?
En un lado de la tierra
anochece: se vacía cada vaso
y no queda agua para ser bebida,
del otro lado, amanece:
la amada se disuelve
ante los ojos del amante;
allá abajo, lejos,
revuelve el pez en el barro,
en lo oscuro,
bajo el peso del mar,
bajo el peso.

lunes, abril 25, 2011

Carlos Barbarito. Bebe lo que hay de luz en la penumbra...

Lucien Freud


Bebe lo que hay de luz en la penumbra.
Come panes de aserrín, de ceniza
mientras oye caer, en un agua remota,
otro imperio, una estrella.
Pude ser fecundo -piensa-;
pudo el mundo sostenerse
por si mismo en el vacío perfecto,
pero se apoya, por cansancio,
sobre un cansado elefante.
Pudo ser fecundo,
lustral, exacto, propicio,
aireado, expresivo,
voz en el centro del coro,
perfil nítido, hasta miel púrpura,
oleaje profundo, oro.
Encuentra alivio, un poco.
En un hueco cálido donde cabe,
por un momento, apretado,
como un nonato, contra si mismo.

viernes, abril 22, 2011

Carlos Barbarito. Dos poemas

Ralph Eugene Meatyard




Digo motor de belleza y es, apenas...



Digo motor de belleza y es, apenas,
una cuantas hojas secas, en desorden,
pongo el foco en el constante vacío
de espalda y muslo y digo deseo,
espesa sed tendida más allá del humo
y la niebla. Digo viento
y es aire quieto, y también digo
algodón, seda, terciopelo
y sólo se pasea, de polo
a polo, el desnudo.


Un temblor en la hora ciega...



Un temblor en la hora ciega.
Un no pude inscrito en una ventana
que no da a parte alguna (lejos,
más allá de certeza y constancia,
un animal echará por su boca la espuma.)
Un árbol arrancado antes de ser árbol.
Una hoja sin dorso ni nervadura.
Un tránsito inmóvil, de sombra a sombra.
¿Qué pasó? ¿Un error, una falta grave
como un tajo en el cielo,
una linterna que alumbró
la arruga del verbo y no su nudo?

jueves, abril 21, 2011

Carlos Barbarito. ¿Hubo un antes del ciervo y su cuerno..?

Ciro Totku




¿Hubo un antes del ciervo y su cuerno,
la sangre clara o sombría, el lazo
en el cuello del que huye, el ojo de la tormenta,
el perfume de la anémona? ¿Un antes del ardor,
el cabello revuelto, el iris, el No, el malentendido, la ciénaga,
la cresta del ave, el idilio, la torpeza, la vacilación, el encanto?
¿ Un antes del asilo, el polvo,
la turbación, el óxido, la curva, lo traslúcido,
el perdón, el destierro, el ojo herido, el ocaso, el sonido?
¿ Un antes del velo, el velamen, la letanía, el letargo,
el juicio, el árbol, el agua encrespada o lisa,
la pérdida, la adoración, la quietud,
las cintas sueltas al viento, la abstracción, la miseria?

Carlos Barbarito. Presiente. La carne se hará aire…

Minor White



Presiente. La carne se hará aire
y el insomne, por fin, se quedará dormido.
Se sumergirá entonces la partitura
y del fondo surgirá, levemente atonal, una música.
Anhela. Cava en el corrector hasta la errata.
Sombra luminosa el error.
Aferrado a su cuerno, mira.
Escombro nutricio lo antes despreciado.
Sale. Relámpago que dura:
el mundo resiste en el nudo de la madera,
en la proa alquitranada,
en el apretado cordaje,
en la médula y la espalda de la tormenta.
Llega. En el momento en que la nave cabecea
y un pájaro marca con su saliva
de principio a fin la bitácora.
Ojo y mano tendidos hacia adelante
donde se eleva, más allá de la niebla,
envuelto en variables llamas, un teatro.

Carlos Barbarito. La amada le dice algo al amante en el oído...

Arnold Skolnick



La amada le dice algo al amante en el oído.
El amante le responde con una sonrisa.
La escena transcurre lejos, tan lejos que parece que la soñáramos.
Tal vez la soñamos mientras afuera es de noche
y en todas partes se abren ojos que fosforecen.
Sueño o no, tiene que haber una casa
donde ellos habitan como habita en ellos el deseo.
Creo adivinar qué le dice la amada al amante.
Palabras que harían huir a Dios si las pudiese oír
y atraería a los dioses como moscas a la miel.
Pero fuera de ellos ninguno es digno de esas palabras.
Nadie, excepto ellos, es digno de habitar esa casa.

Carlos Barbarito. ¿Y por qué llorar a los muertos...?

Roy DeCarava



I
¿Y por qué llorar a los muertos?
¿Por qué soñar y despertar y volver a soñar?
¿Cómo obtener abrigo
mientras el día queda siempre del otro lado,
las ramas se amontonan en un rincón del patio?
Enciende un fuego bajo un cielo que huye.
Arma una pasión con hojas, cáscaras, palos.
Solo, entre pequeñas bestias que amamantan
y maduran para la gravedad y no para el vuelo.
¿Una piedra puede florecer? ¿Qué espera,
entonces, qué hace allí, sucio, desnudo?
De lado a lado, ventanas apenas iluminadas,
detrás, una marca, la vejez, la costumbre.

II

¿Cómo es ahora el mar? ¿Y
el salto del delfín? ¿Y el niño afiebrado,
el miedo a las arañas, la carcoma,
la piel de la culebra, la mujer desnuda
frente a la mujer vestida que la contempla?

Carlos Barbarito. María Gracia Subercaseaux, Espejo




Los ojos abiertos, cuando está oscuro,
los ojos cerrados, cuando estalla
el relámpago. ¿Qué
falla en el instante puro,
en la instancia más abierta y destilada?
No somos polvo ni hierba.
Y lo somos, aunque entremos al mar
y, entre olas, sepamos
que allá abajo hay plantas y peces.
¿Quién instaló muerte,
azar? ¿Quién puso llama
en el extremo de la vela,
bestias cabeza abajo,
dolor en el dolor?
¿Es todo cuanto podemos decir?
¿Y esa que, desnuda,
al pie de una cama
con sábanas revueltas,
a si misma se contempla?

Carlos Barbarito. ¿ Y si el poema perdiese de pronto su misterio..?

Eugène Atget




¿Y si el poema perdiese de pronto su misterio,
fuese de borde a borde conocido?
Entonces, ¿qué uniría, derecho e invisible,
al fuego con la chispa, qué
agua acogería, en la superficie,
los sucesivos reflejos de la mañana?
¿Habría chispa, fuego, agua,
un remo, apenas, rozando el fondo,
apenas una humedad en los muros más viejos?
¿Quedarían siquiera un pie en mar oscuro sumergido,
un edredón, una máscara?

jueves, abril 14, 2011

Carlos Barbarito. En el centro, un jardín. En el jardín...

Aly Ben Salem.

En el centro, un jardín. En el jardín,
tres ríos: uno de aguas azules,
otro de aguas transparentes
y otro de aguas transparentes y azules.
En el jardín, madreselvas,
citisos, nísperos, jazmines,
narcisos, fresias, nardos y jacintos.
En los árboles del jardín, ruiseñores,
petirrojos, mirlos, pinzones.
En el centro del jardín, un hombre
de vientre de cristal,
una mujer de vientre de cristal.
Tendidos al sol, sobre verde terciopelo,
sueñan y lo que sueñan
adquiere entidad y materia:
el tigre con mirada de cordero,
la loba que amamanta al ratón,
cierta criatura a la que no atinan
a darle un nombre,
capaz de hacer su madriguera
en el interior del fuego, en la cresta de una ola.
Sueñan, bajo una luz
que los abraza, acuna y alimenta.
Pero, un día, cualquier día, tanta belleza
se les hará insoportable.

lunes, abril 11, 2011

Carlos Barbarito. A bordo, más allá de toscos caparazones…

Lola Alvarez Bravo.



In your sleepy eyes, I read the journey.
Robert Graves, Through nightmare.

A bordo, más allá de toscos caparazones,
campos de algas en fuga, resabios,
despojos, resinas caídas de amor
al que temor y temblor recogen.
¿ A dónde llegará? ¿Hay algún lugar
al que llegar? ¿O sólo existe el viaje?
Soñará. Por sucesivos sueños con espejos,
sabrá del oro en la rama,
del último astro y la primera casa,
del vaso que no se quiebra y contiene,
del doble filo que ningún augurio trastorna.
Y aunque, como cualquiera, tendrá su hora final,
quedará una ligera pero persistente oscilación
en el aire, cierto tono áureo en el agua,
una fina capa de esmalte
en el apretado tallo que se eleva y sostiene.
Morirá, sí, pero no del todo.

Carlos Barbarito. Ojo de cernícalo, desde arriba...

Ojo de cernícalo, desde arriba.
Se abre. Mira. Quién bebe
de la botella del Juicio, el agua blanca;
la era yace en su obstinación,
no se levanta, no se convierte en espiga.
Quién encuentra quietud
en el pasillo profundo, en la continua mudanza;
de qué conversa la sombra con su sombra,
en qué lengua, cómo sostiene,
sobre su espalda, el peso de la gramática.
Hace frío. En la boca del caballo, el freno.
No nace hijo en la espuma.
No nace hija en la ceniza.
Qué se lleva el olor, el vestido,
el pasaje de tren hacia el mar, Bizancio;
quién se abanica en ausencia de aire, sin reposo,
quién salva la última vértebra de Virgilio,
quién captura al relámpago,
se tiende, desnudo y vivo, luego de la infancia.
Ojo de cernícalo, se abre y mira.

Carlos Barbarito. Mary Hoggan.

Dan Burkholder.



Se disipó el humo último de aquel mundo.
Pero por algún motivo –que no entiendo-
queda un olor a madera vieja, a cortina
roída por el tiempo. Respiro
ese aire, después de tantos vientos
contra los muros de casas que ya no existen.
A limpid dream –diría,
si pudiese abrir su boca sellada hace mucho.
Y yo, que sigo sentado, como entonces,
ante el mismo y descolado libro
para aprendices, le digo
- aunque ya no pueda oírme-,
con la misma torpe pronunciación de siempre:
Know what we are, remembering what we were .

A limpid dream: Edwin Muir, The Labyrinth.

Know what we are, remembering what we were . : Edwin Muir, The Horses.

Carlos Barbarito. Antes que yo, en cólera y sangría...





A Georg Trakl


Antes que yo, en cólera y sangría.
Como yo, un ojo hacia los próximos ramajes
y el otro hacia las remotas estrellas.
Antes que yo, en dolor sin anestésico,
a la luz de lámparas agónicas,
cerca de los caballos, sus cuartillas y antebrazos.
Como yo, ante el entierro del sol,
el negro vuelo de los pájaros,
la hermana en otoño, el purpúreo sueño.
Después que yo, en cuanto pulse,
respire, pernocte, se despliegue como un mapa
o se contraiga como una santa,
en la flor de artificio, en la flor verdadera,
en el abrazo de los amantes,
en los insectos sobre la carroña.

miércoles, abril 06, 2011

Carlos Barbarito. Si de otra materia fuéramos. Pero no...

Joseph Cornell

A María García Pérez

Si de otra materia fuéramos. Pero no,
un esmalte al que la menor vibración hace mella;
bajo la fina capa, lengua, sexo y garganta.
Un punción hacia el primer sueño
la última sílaba, hasta el instante preciso
en que, desnudos y urgidos,
dejamos de ser ángeles, animales.
De otra medida, otro espesor.
En el hielo, en el fuego, en el aire y el suelo.
En riqueza y despojo, hoy y en la víspera.
En lo que abre la llave y en lo que la llave cierra.
Otro dolor y otro goce. Más allá
de las marcas de las azadas,
las huellas de los zapatos,
donde cada acto concluye en divorcio, en lastimadura.

Carlos Barbarito. Un diente perforado a la luz del ojo nocturno…

Jerry Uelsmann




Un diente perforado a la luz del ojo nocturno
y, entre los pliegues, una bondad que no ofrece respuesta.
Quizás una mosca sobrevuele lo que queda;
yo ahora la aparto de mi boca
y la ola me devuelve confuso a lo que creía polvo.
Mi hermano no vino. Quedó
allá, donde se acumula la hierba vomitada por las bestias.
Se hiela su mano lejos de la mía
y ningún vertedero o máscara lo sostiene.
Se pudre la pregunta en la orilla desierta.
Se agita el sueño en su inútil marchita pompa.
El viento barre los últimos restos.
No habrá carro dorado, especie en manada,
cabeza que no se incline hacia lo efímero.
Y divaga en su locura, sin freno,
por el aire de mi aire, la evidencia.

Carlos Barbarito. Paracelso




A Miguel Ángel Huerta Zúñiga


En el fuego cuidadosamente regulado.
En las aguas inferiores, liberadas de tinieblas.
En el abismo ilimitado del misterio.
En la simiente masculina de los astros.
En los cuatro padres y las cuatro madres.
En el bálsamo sidéreo.
En la luz, simulacro divino.
En el hombre emigrante, siempre extraño.
En los frutos y fuerzas del paraíso.
En las ortigas para arder, en mayo.
En la hez, la escoria.
En la vida aérea, en la esfera, en el hálito.
En la manta que se retira para que se vea la belleza.
En la ciudad y sus puertas, sus ríos que la atraviesan.
En el águila, el buey, el león.
En la locura, no en la prudencia.
En el centro, bajo las aguas.
En el nombre árbol que da árbol, sin alfabeto.

Carlos Barbarito. La tinta desconsuela y nadie llama a la puerta...

Edward Steichen




La tinta desconsuela y nadie llama a la puerta.
La luz proviene de la lámpara
y no desde el oro de las hojas
que pisé en la breve mañana de la inocencia.
Hoy la muerte juega con mis cosas,
entre los lentos y mansos animales
que mascan hierba dura y no entienden.
Hoy la vida avanza en la lluvia, y no me lleva,
tropieza, cae y se levanta, y no me lleva,
en el barro encuentra claridad,
en el agua de los charcos se sacia, y no me lleva.

Carlos Barbarito. ¿Se detendrá la madera en su avance..?

Joel Meyerowitz




¿Se detendrá la madera en su avance
para ser un día cristal,
lobo y ballena interrumpirán su beso
y reposarán, lejos uno del otro,
arrojados a la conciencia
de ser diversos modos de la Especie?
Entonces qué el nudo se desate,
la honda espera se apague,
un gran trueno sepulte las voces:
celosía, sierpe, plumón, estampa, serpentín…
¿La mano pesará como un muerto,
la punta tajará hacia el lado ciego,
quién no se vaya igual se despedirá,
adelante ninguna sinfonía,
borrado el pentagrama, roto el instrumento?

martes, abril 05, 2011

Carlos Barbarito. ¿Y entonces, por qué vía, a lomo de qué idea..?

Michael Kenna




¿Y entonces, por qué vía, a lomo de qué idea?
¿Hasta dónde y a partir de allí
qué ramajes, temblores, consuelos?
¿Esperar el gesto del dios escondido en cada cosa,
su caprichosa acción ajena
al constante movimiento de tensores y poleas?
¿Por qué, entonces, florece en su hora
y en su hora lo florecido se marchita?
Por bosques de sueño y sangre,
de un lado la dolencia y del otro, su aparente cura,
demasiado ataviado para la muerte
y demasiado desnudo para la vida,
mientras crecen las preguntas
como hierbas en una tierra ablandada por la lluvia.

Octubre 5, 2009.

Carlos Barbarito. Podría decir esto fue todo...

Gary Mc Parland




Podría decir esto fue todo ;
qué fácil sería entonces para el fuego,
ardería desde la carne hasta los huesos,
qué fácil sería para el hielo,
helaría hasta la mínima sombra,
el más fugaz de los reflejos.
Podría olvidar ni nombre,
perder la memoria, quitarme las ropas,
cambiar el idioma por el aullido,
dejar que el viento me arrastrara
hasta el fondo más oscuro;
qué difícil sería entonces para el árbol
sostenerse sin raíces,
qué difícil para el deseo
desear sólo la niebla, el humo, las cenizas.

Carlos Barbarito. Queda, sin embargo, una instancia...

Akos Major


Queda, sin embargo, una instancia.
En el dorso de la mano que roza el agua.
En las algas sumergidas que la mano no alcanza.
En la palma de la mano que es mía, de todos y de ninguno.
En cada mano que pugna por la luz y rechaza el lodo.
En el lodo que el escarabajo transforma en mundo.
En la luz que otorga su azul al azul y desnuda al desnudo.
En el molino que gira y muele granos y horas.
En el polvo de las horas que el paño pugna por limpiar.
En la mañana anterior a la conciencia, flujo y reflujo del sueño.
En la conciencia, mariposa que choca una y otra vez contra la ventana.
En el desnudo y su lenta procesión de misterio a misterio.
En la flor que cae y en su caída esboza la eternidad.
En el esfuerzo hacia el tragaluz, el respiradero.

Carlos Barbarito. ¿Qué espero ser, entre las sombras…?

Anja Buhrer



¿Qué espero ser, entre las sombras,
cuando el día enumera los muertos
y olvida el nombre de los vivos?
¿Qué estela, máscara, quimera aguardo
para no desaparecer al cabo del día
como la flor en el vaso;
qué milagro, crimen, fulgor aguardo
antes que la ola golpee contra la roca
y todo quede, de una vez y para siempre, explicado?
¿Qué súbito fuego en el agua,
qué imprevista aparición angélica en la escena,
qué llave exacta un instante antes del viento,
qué Lázaro resurgido de su hueco bajo los malvones?
¿Y si lo turbio gana espacios en los jardines,
invade hasta lo más preciado,
quita iluminación de estaño hacia la inocencia,
vuelve apenas uno lo que era doble,
convierte en artificio el olor del pan, el sabor del pez?
¿Qué seré – me pregunto-, esta misma noche
mañana, nunca, mientras los niños juegan,
en un eterno mediodía, que ni en sueños alcanzo?

JUAN ANTONIO ROSADO. CENIZAS DEL MEDIODÍA, DE CARLOS BARBARITO.





Sólo la mirada del poeta percibe las realidades tras la realidad. No busca: descubre y encuentra. Su arte no es el del prestidigitador (evoco aquí la crítica que Alejo Carpentier formuló contra los surrealistas, muchos de los cuales, ya lejos de la poesía, se dedicaron a buscar “encuentros fortuitos” —con Lautréamont como modelo—, de forma mecánica, como el artesano que repite doscientas veces un modelo con escasas variantes). El arte, en cambio, es único, insustituible. Desde la subjetividad donde se aloja un mundo, emerge la palabra esencial que nombra objetos, emociones, tiempos, personas: el universo conocido e imaginario como no se había nombrado antes. ¿Dónde radica la poesía? En todos lados y en ninguno. Es el poeta quien la descubre y a veces la expresa, ya sea por escrito, ya en la misma contemplación. La poesía se capta, se siente, se atestigua. Luego se expresa con las limitadas e inexactas palabras. Cuando se ha ejecutado esta última operación, la poesía viaja a través del oído porque no fue concebida para leerse, sino para ser escuchada. Por ello nació y creció con la música.
Entre los poetas argentinos actuales, Carlos Barbarito (1955), autor de más de veinte libros, es uno de los testigos de la poesía. Desde el mundo alojado en su subjetividad, emerge la voluntad de expresarlo por escrito. Su último poemario, Cenizas de mediodía, publicado recientemente en México, se inicia con una despedida: “Adiós a un sueño, no se hace / en la piedra el Paraíso, no hay espacio para el fruto”. Los versos se resisten a proporcionarnos un sentido unívoco en las imágenes y elementos que se aglutinan como símbolos de lo que fue y ya no es: “Adiós al pan, al sabor de otra boca / en la boca propia” o “Adiós a la topografía, al número primo, / a la balanza, a la señal en el cielo o la tierra”. El yo lírico se dirige a un tú, a un otro ausente, a quien —si viera su rostro— lo creería mancha, error de un supuesto Plan. Las cenizas se expanden y poco a poco el lector va uniendo cabos: “Todo comienza cuando no hay perdón”, pero también cuando no queda follaje y “sólo nos miran los animales, las estrellas”.
La aguja en lugar del abrazo... y la dulzura como imposible. ¿Qué somos finalmente? “Cenizas de un fuego antiguo / y anónimo”. El poeta, como Orfeo, habla y pregunta hacia el dominio de lo subterráneo para rencontrar al otro, pero sólo le responde el consuelo, “que vale menos que una hoja seca”. Los poemas, en general, son las imágenes desde una conciencia cuya lengua, extranjera, traduce la acumulación de cenizas del mundo. Y entonces, el árbol sombrío ¿cobija acaso la inocencia, la “santidad”? La violencia irrumpe en la ciudad y causa división. El tiempo y el movimiento acuden al vacío y surge un lenguaje que conocen los raros animales, los muertos y el poeta. Tal vez este último y el niño sean los únicos que se extravían en el agua, pero hay una diferencia: el primero “se cierra con su secreto”, mientras que el segundo lo entrega cifrado, ambiguo, múltiple: la realidad tras la realidad ¿es acaso la ceniza? Este elemento es quizá símbolo de la muerte sin fin que segundo a segundo experimenta la conciencia. Carlos Barbarito nos introduce en una galería donde representa esa conciencia porque sus sentidos no le alcanzan para saber “qué nos mata / o nos salva, cuál es el destino real del largo viaje”. Ante el misterio, el abismo se ensancha y la palabra es también insuficiente. Incluso “quien almuerza en el perfecto festín / invoca a las cenizas”.
Para Henry Miller, el escritor nunca es dueño del sentido total de sus creaciones: “El punto de vista del autor —afirma— es sólo uno entre muchos, y la idea del significado de su propio trabajo se pierde entre el oleaje de otras voces. ¿Conoce él realmente el sentido de su propia obra como cree? Yo más bien creo que no”. En su conjunto, el poemario de Barbarito aspira a ser releído: no nos otorga todo su sentido (¿qué buena obra literaria lo hace?); es susceptible de distintas interpretaciones y ahí radica la complejidad de su partitura.

Carlos Barbarito. Debe existir un modo, una forma...

Ansel Adams,Road Nevada Desert,1960




Debe existir un modo, una forma

de recoger lo perdido,

de apropiarse de todo aquello

que devino externo, separado.

Pero, cómo superar lo que uno es,

la bruma que uno es,

la vaguedad que a uno lo habita.

Cómo, me pregunto,

tornar sólido lo que el día licúa

mientras paso, como tantos otros,

de la luz a la sombra

y de la sombra a la luz

mientras los pájaros anidan

en techos que la lluvia y el viento,

inexorables, desgastan.

A la voz acude una gota que cae,

un párrafo difuso,

un humo que oscurece el vidrio,

un sabor neutro, sin espesor, en la boca.

Debe existir, en tierras lejanas y altas,

otra manera de calzarse,

de abrir la puerta,

de correr la cortina para ver el cielo,

de dormir, soñar y despertar.

Carlos Barbarito. Es momento de casa abierta, de aire limpio...

Ruth Bernhard, Early Nude, 1934.



Es momento de casa abierta, de aire limpio,

de sueño enfilado hacia Amberes, Abisinia,

la pulcra aventura con filo preciso,

de cuchillo o diamante; nítida ocasión

para el corte exacto, la herida dulce

que no sangra en el pie de toda criatura.

Yo mismo soy, ante la noticia,

mítico deslizamiento hasta lo ancho sumergido,

teatro sin tragedia, relámpago sin catástrofe,

uno más en el cortejo primero o último

que va de celeste a celeste sin dejar la tierra.

Te miro ahora desvestida y no te temo.

Desde arriba lo prometido se curva.

Lo que cae silba y lo que asciende sopla.

Sin saber todavía la medida exacta,

el peso exacto de lo que somos despojado de sombra,

de pasado inútil, de inútiles trabajos,

podemos, sí, por fin, ser casi semejantes

a lo que cuelga en el extremo de la rama,

rojo por fuera y blanco por dentro, maduro, el fruto.

Carlos Barbarito. Dos poemas inéditos

Bill Brandt, Nude, London, 1950’s circa.



Humo, hojas, humo de las hojas...



Humo, hojas, humo de las hojas

que ardían, en el mediodía fugaz, eterno.

Allí, entonces, dijiste y dije,

como si el último juicio se acercase

y quedara sólo una última instancia

antes del trueno y la trompeta.

Dijiste: Todo esto es un mal sueño,

muslo de niño traspasado por el filo de una sombra.


Dije: Pero, ¿y la huella de los pies

en el barro, las tazas llenas

que nos aguardaban, las sábanas vacías,


que nos aguardaban, horas

en que, húmedos y desnudos,

fuimos el reverso del ángel,

el anverso de la centella?


Brassaï

Sucede. En la llegada o la partida...



Sucede. En la llegada o la partida

(¿de qué otra cosa se componen

los días?), en la desnudez,

cuando no nos acercan ni un pronombre,

ni una lámpara, pero también

cuando andamos vestidos

y cruzamos el jardín –a salvo,

pensamos-. Sucede.

En el agua del delfín,

en el agua que sueñan los sedientos,

en la tierra de las semillas

y las cenizas, en la tierra

donde el lobo conversa con su sombra.

Acontece. Sucede siempre.

Aunque el perro arañe la puerta,

suene música de órgano,

la noche se cierna sobre los aleros,

la sábana se convierta en sudario,

el gallo se olvide de anunciar el alba,

un dios, cualquier dios,

un patético remanente del que Fuera,

anuncie un nuevo diluvio,

con desgano, sin que ninguno lo oiga.