martes, agosto 25, 2009

Carlos Barbarito. Aguas y cenizas.


En el patio de Arte+Espacio.





Cada noche, cerca de mi casa, un caballo espera, al borde de la vereda. Está atado a un carro, ya viejo, mal alimentado, las riendas gastadas por el uso y el tiempo. Una pata sobre el cordón, las restantes sobre el pavimento. El animal espera, con paciencia, casi sin moverse, que regrese su dueño con su habitual carga de cartones y papeles. Ayer miraba la repetida escena desde un lugar cercano y me preguntaba: ¿qué es lo que esperamos nosotros? Cuando jóvenes, en aquellos días del artista cachorro, en días y noches veloces, creíamos que más temprano que tarde escribiríamos el Poema, pintaríamos el Cuadro. En un momento extraordinario, al que inexorablemente llegaríamos casi sin esfuerzo, por el solo hecho de ser jóvenes y desearlo, encontraríamos la Piedra Filosofal, algo capaz de las más potentes irradiaciones. De aquella pretensión hasta hoy las aguas pasaron bajo los puentes y las cosas nos fueron empujando hasta aquí, todavía aferrados a las rodillas de la pintura y la poesía pero ya no empeñados en producir, en un abrir y cerrar de ojos, la Gran Obra. Ahora y desde hace mucho, escribo poemas - así, en minúsculas- y Sergio Bonzón, pinta, dibuja y fabrica e interviene objetos. Tal vez Sergio esté de acuerdo, supongo que sí, que uno no sólo debe hacer un arte que sea digno de quien lo realiza sino, también y sobre todo, como alguna vez me dijo Raúl Gustavo Aguirre, uno debe ser digno de lo que hace. ¿Lo somos? Somos humanos, frágiles, contradictorios, erramos. Débiles ante la tormenta, el fuego, nos ahogamos bajo el agua, nada podemos ante la muerte salvo lamentarnos o consolarnos, no podemos ver en la oscuridad y, parafraseando a Carlos Edmundo de Ory, lo que conocemos, por mucho que sea, no nos permite saber por qué lloramos ante el fin de un amor. Entonces, como pregunta Stephen Spender, ¿qué nos sostiene? En esta casa, la respuesta. O, al menos, parte de ella. Porque ante ustedes está la resultante final, los frutos; debieron transcurrir largas jornadas de pruebas y errores, de idas y vueltas, de dudas, certezas y zozobras hasta arribar a lo que ahora contemplan. Esta noche acontece algo peculiar: tiene lugar por primera vez un trabajo conjunto entre pintor y poeta -hecho que, en su tiempo, celebrara Apollinaire- luego de más treinta años de amistad. ¿Por qué no antes? La vida está llena de misterios. Debieron pasar más de tres décadas para que, bajo el título de Aguas y cenizas, en una casa sobre la calle Alsina de Pergamino, tuviese lugar el encuentro. Estos son los hechos, las cosas se dieron de este modo y no hay apelación posible. Por último, retomando la figura del animal que espera, respondo a una de las varias cuestiones que aparecen en este escrito: ¿qué esperamos? El pobre caballo, bajo la lluvia, en el frío, aguarda con resignación. Sólo eso. Aquí, en cambio, por el suelo y las paredes, hay preguntas sobre el mundo, los otros, nosotros mismos. No se trata de una interminable espera de quién sabe qué cosa. Se trata de otra cosa, en cada pregunta un propósito de ir en busca, de superar aquello que pretende limitarnos. Y eso nos diferencia de la bestia, nos revela humanos, ante nosotros lo que siempre me pareció eje y sostén de la vida del hombre: la posibilidad.