miércoles, octubre 10, 2007

Carlos Barbarito. Podría decir esto fue todo....

Podría decir esto fue todo;
qué fácil sería entonces para el fuego,
ardería desde la carne hasta los huesos,
qué fácil sería para el hielo,
helaría hasta la mínima sombra,
el más fugaz de los reflejos.
Podría olvidar ni nombre,
perder la memoria, quitarme las ropas,
cambiar el idioma por el aullido,
dejar que el viento me arrastrara
hasta el fondo más oscuro;
qué difícil sería entonces para el árbol
sostenerse sin raíces,
qué difícil para el deseo
desear sólo la niebla, el humo, las cenizas.

martes, octubre 02, 2007

Carlos Barbarito. ¿Un deseo...?

¿Un deseo?
Romper el libro, abrir el viento.
¿Un deseo?
Engañar a la muerte, despertar y seguir soñando.
¿Un deseo?
Un teatro de ópera en llamas.
¿Un deseo?
Lo dijo Yeats: The burning bow that once could shoot an arrow out of the up and down...
¿Un deseo?
Constantinopla, el Mar del Norte, oro y esmalte.
¿Un deseo?
El desnudo perfecto en el vaso de la Gran Obra.
¿Un deseo?
Una pluma de gorrión en el aire del mediodía y ningún gorrión a la vista.
¿Un deseo?
Un no en todas las lenguas del mundo; un sí en lenguas de pájaros y angelicales.
¿Un deseo?
Perder la memoria, no saber de qué lado, por qué vía; una fuego en una playa oscura; una luz de fósforo que alumbra tu rostro y el ruido de una puerta que se cierra.
¿Un deseo?
Comer con las manos.

Carlos Barbarito. Anotaciones

Me siento a escribir luego de pensarlo un poco, con mi habitual inconsciencia: no lo pensé lo suficiente. Pero, también, me pregunto, ¿cuánto es suficiente? Llegué a más de la mitad, teórica, de mi vida. Superé más bien esa frontera hace un tiempo, tengo más pasado que futuro. Hablo de números, claro. La primera cuestión que me viene a la mente es a qué generación pertenezco. Si lo vemos desde el punto de vista cronológico supongo que a la llamada generación de los ochenta (de 1980, claro) porque fue por aquellos días, y noches, cuando publiqué mis primeros (rudimentarios, ingenuos) libros. Al menos, más rudimentarios e ingenuos que los que ahora escribo y publico. Nada obsta para que me declare aquí contemporáneo de otros, incluso lejos en el tiempo y el espacio: Cocteau, Dylan Thomas, Valéry, Eliot, Montale... Como el propio Cocteau afirma: ...he vivido mucho a su lado y, por así decirlo, en el mismo barco. Obviamente jamás conversé con ellos, hablo de encontrarnos en algún sitio, pero sí dialogué con sus fantasmas. En algún pasaje de La tierra baldía o de El cementerio marino hallé más riqueza en decenas de lecturas públicas e, incluso, de charlas con café mediante. Se encuentra más en un relámpago que en un prolongado resplandor que, con frecuencia, tiene de resplandor la apariencia, en el fondo es sólo fatuidad.

Recuerdo que una vez le dije a mi padre: Voy a hacer escritor. Él ya no lo debe recordar. No me creyó. ¿Quién podía creerme? ¿Qué es ser un escritor? La mayoría supone que el autor de una buena novela. Para muchos todo empieza y concluye con la prosa. Los poetas escribimos para pocos. No es elitismo, es pura realidad. Y más ahora en que la prosa es un perro malo que muerde a quien se le acerca, pero no es culpa de la prosa, claro. Al perro lo entrenan desde cachorro para dar dentelladas. Los entrenadores incluso tienen buenos modales y huelen bien, saben más de números que de letras y, cada vez con más frecuencia, viven en la antípoda y disponen de especiales silbatos de alcance trasatlántico.

Los de 1980 no parecemos tener entidad, existencia. Antes hablé de eso. Sólo unos pocos son notorios, dentro de los límites del género. El resto, vida monástica, por lo general obligada, trabajo silencioso, incertidumbre ante la idea de publicar. No somos los únicos, veamos si no a los ensayistas, a los dramaturgos. Alguien podrá decir No es la muerte; en algunos casos no, en otros, desafortunadamente sí, hablo del silencio, del aislamiento y, también, hablo de la muerte real, por enfermedad o angustia. Aquí nada es gratuito. ¿ Existe lo gratuito en la vida?

Cada uno con su carácter, su historia y su ego. Con su modo de reír y de sufrir. Cada uno con su cielo y su infierno, su bar y su capilla, su manera de dormirse y de despertar, su fascinación o tedio ante la lluvia. Entre ellos, yo. Neurótico, caprichoso, contradictorio. Soy el que convoca a reunión y se lamenta por los papeles en el suelo. El que sale a la calle y es el único sorprendido por la tormenta, los demás llevan botas para el agua y paraguas. O, al menos, así me parece cada vez que, sin aviso previo, comienza a soplar el viento. A veces encuentro refugio bajo un techo pequeño pero seguro. Otras veces me mojo antes de llegar o el techo tiene goteras.

No tengo un método, ni para la lectura. Lejos de mitigarse, mi espíritu anárquico va en aumento. Salto de párrafo en párrafo como de libro en libro, establezco raras relaciones entre diversos y opuestos - a Ducasse lo que le corresponde- y, sobre todo cuando viajo solo en tren, imagino Medusas y unicornios. Está bien, nada que no haya hecho o soñado cualquier artista, uno siempre cree que lo que le sucede le sucede sólo a uno. Lo que no deja de sorprenderme es que en una historia de miles y miles de años viva yo justo ahora, que haya yo nacido ahora y esté vivo todavía, y más me sorprende es el descubrimiento, en algún libro de ciencia, que estoy constituido, como todo y todos, por átomos que pudieron estar en el cuerpo de Shakespeare, en algún perro del Medioevo, en alguna planta del jardín de Monet en Giverny.

Quise ser un renacentista. Me preparé para ello, estudié instrumentos, algún idioma, pintura, filosofía, literatura. Poco para ser un Leonardo. Insignificante ante el hecho de que abandoné esos estudios al poco tiempo de comenzados. Nunca dejé de leer. Y concluí la carrera de bibliotecología más por pudor que por otra cosa. Retorno a Cocteau y leo:...¿qué pensar de una época (la nuestra) tan desencajada, tan sin directivas y sin reglas, en la que todos pueden hacer cuanto les plazca, lo que implica la imposibilidad de desobedecer? Si por Cocteau sabemos que somos libres, sí, pero de desobedecer, veamos el alcance de sus dichos. Verifico la fecha, al pie del texto: 1958. Pensemos en lo sucedido en medio siglo hasta hoy. El proceso continuó y da la impresión de una total y completa evaporación. ¿A qué, a quién desobedecer? ¿A qué viejas leyes o costumbres ya muertas hace décadas? ¿Habrá que invocar al conservadurismo para que sobrevenga una fértil desobediencia y el arte, la literatura sean, de nuevo, dignos de sospecha, peligrosos?

En todas partes, competencias. Patéticas justas con fiscales y abogados patéticos. O cuartos donde sus moradores simulan vivir, lavarse, copular. Lo desencajado se tornó virtual, mera virtualidad. Nos aseguran que podemos verlo todo, como dioses, y no vemos nada salvo simulacros, movimientos de fantasmas, autómatas. La vida no existe, se retiró hace rato y también se replegó el pensamiento, como un mar que dejó una amplia y desierta playa en su huida hacia el horizonte.


Carlos Barbarito
Setiembre 25, 2007.