viernes, diciembre 07, 2007

Françoise Roy. Un fuego bajo un cielo que huye: Carlos Barbarito hilando con madurez su decoro poético

Cuando Andreas Vesalius, el célebre anatomista flamenco, autor del libro Sobre la estructura del cuerpo humano que revolucionó el conocimiento de la anatomía humana basándose —al contrario de la costumbre medieval que privilegiaba los libros de texto y los escritos de Galeno— en la observación directa que le proporcionaban las disecciones de cadáveres de condenados a muerte, ignoraba que casi medio milenio después, un poeta argentino habitando un país que en aquel tiempo aún no existía, escribiría: Corta materia inmóvil/inútil eco de antiguo, ardoroso amor/entre raíces. Corta/como quien siente piedad/por un animal enfermo,/por una hoja que cae/como caen un astro, la inocencia. Así son los intríngulis de los laberintos epistemológicos que recorren los lugares y las edades. En poesía —si hay un campo del saber alejado de las autopsias para fines educativos que realizaba Vesalius, éste es y ningún otro— no sólo hay imaginación, no sólo creación, sino también la invocación de un vasto acervo de conocimientos, tanto objetivos como fantasiosos, que atraviesan el tiempo y ligan a todos los seres pensantes en una vasta comunidad intangible. Sin embargo, al contrario de numerosas manifestaciones del saber, la poesía se permite e incluso alienta, más que cualquier otro campo, la duda: un poema es una mancha de ácido sobre la pantalla perfecta de la retórica y este poemario, Un fuego bajo un cielo que huye, es una más que honrosa contribución a esa virtud de la poesía que consiste en cultivar la duda. Todos sus versos lo confiesan abiertamente mediante una lograda estructura oximorónica: Ya no sé si traigo vértigo o estrella fija. [...], efímero rastro de lo incierto en la brutal certidumbre del tiempo [...], sí, solo y desconocido el cielo, pero más sola y desconocida la tierra. [...] Quién irá [...] a la casa donde llueve aunque tenga techo, bajo la mirada de un dios siempre singular, tan virgen como hambriento. Al preguntarse si una piedra puede florecer o en qué nos transfigurará el tiempo, el autor no nos da el bálsamo de la certeza sino que nos envuelve en telarañas léxicas que nos pierden tan delicadamente en senderos líricos.
Más podría decirse de esta bitácora de seres animados e inanimados, oriundos del mundo humano, vegetal, animal y mineral, pues no obstante su alta estirpe, Vesalius no es el único personaje de tiempos pretéritos que surge en los versos de Barbarito: personajes tan disímiles como Leonardo Da Vinci, Albrecht Dürer, Francis Bacon, las suicidas Virginia Woolf y Anne Sexton intentan ahí efímeras apariciones que rozan la epifanía, compartiendo el lecho de papel con figuras menos densas —muertos, alquimistas, amadas apenas insinuadas, hitos de la geografía terrestre que casi se vuelven seres vivos—y bajo la pluma sensible del autor, lo hacen tan bien que el lector queda acorralado entre el sí y el no, entre enumeraciones que le brindan un ritmo extraordinario al texto, una musicalidad de percusión: No entiende ni lo uno ni lo otro. Ni la respiración, lo que la corriente deja en la orilla. Ni la zarpa, la sequedad, la tisis, la persecución, el pozo. [...] Empalizada, guarida, trompeta, palafrén, adolescencia, librero y librería, júbilo, Eritrea, hechicero, Proust, bosque, interior, invisible, oración, despeñadero, voluntad, apego carbón, ámbar, camino, espejo, viento que se respira, libro, azucena,[...] esbozo de amada o serpiente, ¿estrellas, nardos?, perfil y pulso, orilla nebulosa, relámpago, [...] la duda, la precisión, lo baladí y lo bello, los teatros en llamas, el peso del aire, la hierba, los frutos, la leña atada, un cincel, el idioma. Un cortejo de sílabas que se acomodan perfectamente, como en una comitiva lingüística que supiera combinar, lo más estéticamente posible, los colores y las formas, las texturas y los tamaños, los distintos grados de luz. Hasta las ciudades ahí se vuelven a su vez joyas sonoras: Amberes, Mazatlán, Abidjan, Chennai. Barbarito nunca olvida que la poesía no sólo es un hábil juego de ideas sino un experimento con los sonidos: Abies pectinata es el simple nombre científico de un árbol, pero ¡cuán elegante suena en latín!
Entre preguntas sin respuestas y el tamborileo de las palabras, este libro se va desplegando como una alfombra roja. Pese al tono reiteradamente interrogativo del texto, el autor no renuncia a que la búsqueda emprendida brinde frutos: [...] Jamás rechazar, negarse, erigir un muro de piedra sobre piedra ante lo que, invisible y obstinado, se multiplica en voces y exige para cada una recepción y aposento. Este enunciado podría ser la médula de sus páginas, si éstas tuvieran, igual que los cuerpos abiertos de Vesalius, una columna vertebral, órganos adentro. Y entonces no quedará nada capaz de contenernos vivos, ambos en extremos opuestos (el sí y el no, la duda y la afirmación), [...] pero de un mismo y prolongado hilo (que se antoja la larga cadena de los descubridores, ya sean poetas o anatomistas). Un fuego bajo un cielo que huye, como todo poemario que se respeta y cumple cabalmente con su cometido de conmover —en su sentido etimológico de agitar o mover violentamente— es uno de pocas certidumbres, pero cuando afirma, lo hace de manera contundente: Los padres mueren. De una muerte de peste de fruto, envueltos en las mismas sábanas en las que nacieron. Y el poemario se vuelve sin duda, para retomar las propias palabras de su creador, en la seda y en la luz, una parábola.



Françoise Roy nació en Quebec, Canadá, en 1959. Estudió geografía con diplomado en Estudios Hispánicos en la Universidad de Florida (M.A., 1983). En 1997, recibió el Premio Nacional de Traducción Literaria de México, y en 2002, el Premio Nacional de Cuento Victoria de las Mercedes (México D.F.). Ha publicado los siguientes poemarios: A Flor de labios (plaquette, Universidad Michoacana, 2002), Iridio (El Cálamo, Guadalajara, 2000), Razones para la redención del zafiro (Filodecaballos, Guadalajara, 2003), Si acaso hubiera/Si par hasard il y avait, en coautoría con Karla Sandomingo (El Cálamo, 2003), El Velo Uno/Le Voile Premier (Mantis Editores/Ecrits des Forges, Guadalajara, Trois-Rivières, 2003), Atrás de la máscara (Instituto Mexiquense de Cultura, Toluca, 2004), y Sueños en forma de laberinto/Rêveries en forme de labyrinthe (Ediciones Arlequín/Ecrits des Forges, Guadalajara, Trois-Rivières, 2005). Fue becaria 2004-2005 del Programa de Estímulos a la creación artística implementado por la Secretaría de Cultura de Jalisco y el CONACULTA. Desde 2000, escribe en el suplemento cultural Acento del periódico La Voz de Michoacán. En 2000, obtuvo el Diplomado en Traducción de la O.M.T. Capítulo Occidente. Es miembro del taller de traducción literaria de la Universidad de Guadalajara. En 2002, fundó la revista mensual de arte y cultura Tragaluz, de la cual es editora. Ha traducido más de una veintena de libros, y una obra de teatro de Fernando Del Paso. En 2005, publicó en francés la novela Si tu traversais le seuil (editorial L’instant même, Québec), por la cual obtuvo el premio Jacqueline Déry-Mochon 2006. En 2005, fue finalista del premio Acento de cuento breve.