martes, noviembre 27, 2007

Carlos Barbarito. Prólogo de "Atlántico Sur" de Alessandro Prusso, inédito

A los cincuenta y dos, superada largamente la mitad (hipotética) de mi vida, pienso que, si el universo es extraño, el unicornio convive con el caballo y pastan en el mismo campo, más extraño es todavía cuando induce, obliga o condena a alguien a la poesía. Y cuando digo poesía no me detengo en el poema y abarco el arte en general, que sin poesía se desinfla y achata. Ahora, ¿qué es la poesía? La respuesta es difícil, tal vez imposible, y me alegro por ello, y apenas si se me ocurren algunas palabras, respiración, belleza, alguna certeza y un sinnúmero de dudas. Azarosamente, abro ahora un volumen con obras de Borges y leo: La poesía no es menos misteriosa que los otros elementos del orbe. Me pregunto si existe el azar. Enseguida el propio Borges me responde: Tal o cual verso afortunado no puede envanecernos, porque es don del Azar o del Espíritu; sólo los errores son nuestros. Alguna vez escribí: Oír voces. Con frecuencia, oímos mal o no oímos.

Me circunscribo ahora al poema. La literatura es, ya sea cuento, novela o poema, un viaje. Un viaje interior, del espíritu. Digo espíritu de psiquis y no en el sentido teológico. Entonces, un viaje de la mente. Homero, Virgilio, Dante, entre tantos otros. Raymond Roussel escribió Impresiones de África en un barco anclado frente a la costa de ese continente que nunca pisó. El libro transcurre en Punukelé, que no existe en la geografía, sólo en la mente del escritor. Ahora, si el poema o narración hace referencia a los sitios del mundo que sí aparecen en los atlas, ¿resultan menos imaginarios? La California o el Taiwan de los escritores son frutos del ensueño, el deseo. En ellos no lo que son realmente (para eso están los libros de geografía, supuestamente) sino lo que debiera ser. Utopías. Proyección de un anhelo. Depósitos de sueños. La Buenos Aires de Borges no es más ni menos real que el Wonderland de Carroll. El sueño, se dijo, no es menos real que lo que llamamos la realidad. Esto, que saben todos los niños, no lo sabemos los adultos. Lo olvidamos. No todos, hay culturas que juzgan actos llevados a cabo por los durmientes.

Por último, queda el arduo asunto del idioma. Cuando digo lengua pienso de inmediato en una casa. En una amplia casa con puertas y ventanas. En esa casa se recibe y se expulsa. Una casa heredada que es necesario mantener y refaccionar. Toda mudanza, como la que emprendió Beckett cuando apeló al francés, no se produce sin dolores, angustias y equivocaciones. El equipaje que se trae al nuevo domicilio nunca es el adecuado, hay demasiada ropa de invierno y es verano, y viceversa. El nuevo espejo no nos refleja cabalmente. Incluso nos deforma. Los cuartos están fríos y en las repisas no hay fotografías. Reinan el vacío, la desmemoria, el desasosiego. De nuevo Borges: Los idiomas del hombre son tradiciones que entrañan algo de fatal.

Que estas conjeturas y disquisiciones sirvan para introducir al lector en este nuevo libro de poemas de Alessandro Prusso.

Carlos Barbarito
En san Miguel, Buenos Aires, Argentina
Noviembre 5, 2007