viernes, noviembre 30, 2007

Carlos Barbarito. Carrados.

Hace unos días le comentaba a Sergio Gaut Vel Hartman de las lecturas en mi niñez. Yo tendría siete u ocho y mis padres me habían hecho socio de la biblioteca del Club Comunicaciones, en mi ciudad natal, Pergamino. El club estaba, está, sobre la calle 25 de Mayo y la biblioteca, supongo, ya no existe. Soy bibliotecario y la biblioteca en la que trabajo es muy parecida a aquella, pisos y muebles de madera.La bibliotecaria era una señora alta y delgada, con anteojos de marcos negros y gruesos, siempre vestida con un trajecito gris. En aquella biblioteca encontré un tesoro, mejor dicho: numerosos tesoros. Debí haber sentido una gran emoción cuando la conocí, de la mano de mi madre, o tal vez de mi padre, y comencé un viaje que está lejos de haber terminado. Pienso ahora que todavía sigo recorriendo los anaqueles, leyendo los lomos de los libros, abriendo éste y aquél, no importa si la colección de El gráfico 1930-1950, Santos Vega, Los tigres de la Malasia o Fisiología del astronauta. Entre esos libros, una colección casi completa de Espacio, de la editorial española Toray, y entre esos libros los de Clark Carrados. Sergio, a su vez, me contó de que también buscaba ese tipo de novelitas baratas y hasta anotaba los nombres de los autores: H.S.Thels (o algo así), Law Space, Van S. Smith, Karel Sterling, J. Negri O'Hara... Todos, supongo, seudónimos de madrileños, barceloneses o andaluces que escribían aventuras en el tiempo y en el espacio en los días del franquismo. De Clark Carrados, luego supe que era el seudónimo del riojano, de España, Luis García Lecha, leí todo lo que había en la biblioteca. Ahora me entero que, hasta su muerte, en 2005, suceso del que no me enteré, supongo ninguna agencia periodística debió ocuparse del deceso de este escritor menor, fue el autor de unas 2.000 novelas. Lo que significa, ni más ni menos, que gran parte de la bibliografía de la ciencia ficción española es obra suya. Además, como si esto fuera poco, también incursionó en el western. Es decir, si me hubiese decidido a agotar la obra de Carrados, todavía estaría leyendo sus novelas y quién sabe hasta cuándo. Pero hay un libro suyo que recuerdo con especial cariño, tal vez hasta con cierta fascinación, La puerta infinita. En una casa cualquiera, si mal no recuerdo de madera como las que se construyen en Estados Unidos, en el campo o en algún suburbio, hay una puerta. Está en la planta alta. Desde afuera no se ve y eso que, supuestamente, la puerta da al exterior. Desde adentro, si es abierta, lleva a otras dimensiones. Más tarde, Carlos Trillo tomaría el mismo asunto en Las puertitas del señor López. Supongo que Carrados tampoco debió haber sido muy original, pero yo no recuerdo haber leído nada semejante antes de esa novelita de bolsillo. Esa puerta, como todo libro, es posibilidad de un viaje. Al espacio, al fondo del mar, al centro de la tierra. Lo supe a través de Verne, de Carroll, de Bergerac, de Clarke, de Bradbury... Y lo supe también gracias a un olvidado y profuso novelista español con seudónimo anglosajón, en una novelita de bolsillo, encontrada en una biblioteca, en ese rincón del Paraíso, que ahora es sólo un recuerdo, fervoroso y lejano.

Lista de los libros de la Colección Espacio de la Editorial Toray en http://www.blogcat.net/Colecci%F3n+Espacio+de+la+Editorial+Toray-post-3320.html
Bitácora de Javier Gutiérrez Chamorro (Guti)

1 Comments:

Blogger Sergio Gaut vel Hartman said...

Muy valioso el rescate de esa literatura olvidada y subestimada, Carlos. Hago otro aporte: uno de esos autores, A. Thorkent, es nada menos que Ángel Torres Quesada, un andaluz de Cadiz, si no me equivoco --culpa de Internet; ya no se pone en las cartas "Buenos Aires, noviembre 30 de 2007"-- con el que estoy en contacto en este momento. Tengo una entrevista inédita que seguramente publicaré en Sinergia.

Sergio Gaut vel Hartman

7:44 p. m.  

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