martes, noviembre 07, 2006

Esther Cross: Prólogo al libro inédito Libro de sueños y maravillas

Carlos Barbarito cita a Einstein y a Borges. Yo no puedo evitar, entonces, el recuerdo de Wilde, para quien el hombre de acción se ilusiona más que el que sueña. Me aproximo, así, al espacio común de la vida y la literatura, a ese espacio en que conviven realidad y fantasía, en el que la realidad y la fantasía se confunden hasta gozar del mismo crédito; a esa región que algunos califican de paradojal y otros, de onírica.

Como a muchas personas, me complace pensar que si el santo sudario es falso es, asimismo, una auténtica falsificación del siglo I. Sin demorarme en ecuaciones lógicas –que me llevarían tanto a al comprensión como al desencanto-, considero que el sudario y la credulidad secular e imbatible de los hombres constituyen un fenómeno de naturaleza especial, semejante a la de las leyendas y los milagros. Al decir milagro pienso en Leibniz, que dijo que los milagros obedecen a las leyes de la naturaleza, acaso en forma incomprensible para la nuestra, que es tan limitada, o en forma deliberadamente cifrada por Dios. He regresado, cíclica y obsesiva, a las frases de Einstein y de Borges que encabezan este libro.

La ocupación favorita de un amigo es leer bibliotecas. No se trata de una metonimia. Él no abre los libros. Se contenta con estudiar el sistema, el universo bidimensional y sugerente de títulos y autores que figuran en el lomo de los libros. Comprendo su afición. Al igual que él, creo que existen ínfimos, secretos universos en esos sistemas –aparentemente arbitrarios- de letras y nombres.

Leo el Libro de sueños y maravillas con la misma curiosidad con que mi amigo lee bibliotecas. Comprendo la alegría que Borges decía experimentar al descorrer las páginas de una enciclopedia.

Egipto, la India, la Europa bucanera son algunos puntos del viaje total –del viaje del libro- de Carlos Barbarito. Con sólo leer el listado de autores y de fuentes –no siempre buenas, siempre verosímiles, no siempre fidedignas- se accede al mundo de lo maravilloso y el ensueño.

Carlos Barbarito compuso un libro. Dedujo un universo extraordinario de una multitud de libros y de sueños. No cometió excesos. No incurrió en vaguedades eruditas. Tuvo la sagacidad de elegir con prudencia, sin ceder a la tentación de seducir al lector con una profusión de datos y símbolos.

En pocas páginas suceden el origen del mundo y del hombre que lo inventa y lo pronuncia, los robots, las sirenas, el Diluvio Universal, el perro y la pantera. Cada tanto, de la mano de Wilkins o en las aguas del espejo, reaparece Borges, vuelve Einstein, cada uno invariable en sus marcas y obsesiones.

No sé cuántos años tendría cuando leí La isla del tesoro. Recuerdo, en cambio, con nitidez, la emoción que concitó en mí la emoción del protagonista en vísperas de acercarse al tesoro del capitán Flint. No sé cuántos más tendría pero sé que supe que mis islas, océanos, mapas y descubrimientos sucederían en la realidad inagotable, esmerada y extraña de la tipografía de los libros.

Libro de sueños y maravillas me confirma en aquella decisión. He descubierto, asombrada, lo que ya antes, con asombro, había comprendido: que existen lugares en que la realidad y el sueño son equivalentes, que en esos espacios quiero derivar cada uno de los días. El libro de Carlos Barbarito es uno de ellos.

jueves, noviembre 02, 2006

REPORTAJE A CARLOS BARBARITO EN EL SEMANARIO EL TIEMPO, PERGAMINO, ARGENTINA, PUBLICADO EL 7 DE SETIEMBRE DE 2005.


¿Qué lo motivó a inclinarse por la literatura poética?

Es una pregunta difícil de contestar. Se trató de un largo proceso cuyas raíces se extienden lejos, desde que miré las estrellas o la lluvia por primera vez. Si bien escribí mi primer poema recién a los 16 o 17, la poesía –que es el rostro que tiene para mí la literatura- fue gestándose dentro de mí, sin que yo tuviese demasiada conciencia de ello, desde siempre: los días en que copiaba las letras de las revistas, miraba con asombro las figuras de los naipes, y, más adelante, cuando me sentaba a leer en un galponcito que había al fondo de mi vieja casa de la calle Zeballos. Esos primeros libros, Alicia en el País de las Maravillas, Viaje al centro de la tierra, entre muchos otros, fueron decisivos en mi vida. Incluso, leía ediciones baratas –no sólo en el precio-, sobre todo de ciencia-ficción; a uno de esos libros de bolsillo, La puerta infinita, de un español que se hacía llamar Clark Carrados, lo recuerdo especialmente: en una casa había una puerta en la planta alta, desde afuera se la veía normal –si es que es algo normal una puerta que da al exterior situada una planta alta-. Ahora, esa puerta, abierta desde adentro permitía el acceso a mundos paralelos. La literatura es esa puerta, sobre todo cuando se sitúa en un lugar impensado, imprevisto: pasaje a lo no conocido, a lo maravilloso. Si bien, impulsado por mi ansiedad y mi inconformismo, traté de aprender música, pintura, otros idiomas, entre muchas otras cosas y con mayor o menor éxito, terminé, estoy tentado de escribir fatalmente, en la poesía. Quizás porque en la labor poética encuentro un modo eficaz de canalización para mis urgencias, mis angustias y mis contradicciones. Claro, si tratara de dar cuenta de los hitos del proceso que me llevó al primer poema y los poemas que le siguieron hasta hoy necesitaría mucho tiempo –en este caso, mucho espacio-, pero si algo me aportaron tantos años es un apaciguamiento de la ansiedad. Cada poema, desde hace tiempo, es para mí el resultado de sucesivas y prolongadas destilaciones, como una labor de alquimista. Incluso, hace meses que no escribo poemas –sí artículos y breves ensayos sobre arte- y dejo que todo se dé en lo profundo, que haya flujo y reflujo, y no me desespero por sacarlo al exterior. Esto, antes, hubiese sido para mí imposible.

¿Dónde estudió y cuáles fueron sus maestros?

Si bien estudié primaria, secundaria y me recibí de bibliotecólogo, me considero un autodidacta. Leí mucho, tal vez demasiado. Leo mucho, tal vez demasiado. No era yo el típico ejemplo del niño solitario que se refugia en la lectura, me gustaba salir a jugar a la pelota y gritarle a la vecina que nos la devolviera cuando caía en su patio, esto último con suerte diversa. Y me gustaba ir al cine, con mis padres y mi hermana, tres años más pequeña. Pero había algo en mí que me decía, con voz poderosa, que allí, en los libros encontraría algo, una especie de llave, un camino. El camino, efectivamente, lo encontré. La llave, quién sabe, hasta ahora todo ha sido espiar por el ojo de la cerradura y lo que ví, aunque acotado, restringido, me señala a cada rato que nada fue en vano. ¿Maestros? En general, sus libros: Verne, Carroll- de él recuerdo unos versos ahora: Ha llegado el momento –dijo la morsa-/ de que hablemos de algunas cosas: / de zapatos, de barcas, y de lacres; de coles, y de reyes/ y de por qué el mar hierve tan caliente/ y de si los cerdos pueden volar-, prosigo: Vallejo, una de mis influencias más fuertes y evidentes durante años, Borges, Artaud, Montale, Eliot. Michaux… No me olvido, sí, de alguien a quien conocí y traté un breve, pero provechoso, tiempo: Alejandro González Gattone.

¿Cómo se inició en la crítica del arte?

No soy un crítico de arte. No me considero un profesional. No dispongo del bagaje intelectual para tal cosa. Más bien soy alguien que escribe sobre lo que, de algún modo u otro, lo sorprende, lo conmociona. Ahora, mi primer escrito sobre arte, lo conté ya en oportunidades anteriores, vino por una noticia de un concurso de crítica de arte para el que, de modo accidentado, fatigoso, me referí al arte de las vanguardias –uno de mis asuntos favoritos- y con el que obtuve el primer premio. Todavía pienso en eso y me asombro. Por supuesto, durante la entrega de premios en el Museo de Arte Moderno, entonces, era 1989, en uno de los pisos del Centro Cultural San Martín, los profesionales me hicieron sentir que yo era sapo de otro pozo. Allí conocí a personas que fueron, y son, amigos y referentes: la crítica Laura Feinsilber, el físico cuántico y también crítico Héctor Ranea, entre otros. Gracias a ese premio pude trabajar un año con Roberto Aizenberg en un libro que recién se editó, gracias a Federico Klemm, en 2001 –años después de la muerte del maestro surrealista y poco antes de la del de pintor y gestor de la fundación que lleva su nombre-. Aquí debo confesar una de mis numerosas contradicciones: hay momentos en que proclamo que sólo escribiré poemas; hay otros, como ahora, en que me dedico sólo a trabajar en artículos y textos para catálogos de plásticos y fotógrafos: Mirta Kupferminc, Karina Barg, Marcelo Lo Pinto, Norbert Guthier, Marité Malaspina, Cynthia Isakson, etc. En estos días estoy armando una entrevista con la autora del arte núbico, Mireya Baglietto, y un ensayo sobre un portfolio de la fotógrafa Claudia Bonder sobre Praga.

Sus actividades fueron reconocidas y premiadas en distintos países. ¿Cuáles son sus principales conceptos para analizar un trabajo?

Sí, mis poemas obtuvieron algunos premios. Estos premios me sirvieron, sobre todo, para poder publicar. Hace tiempo que se está dando algo que, años atrás, hubiese sido impensado –recuerdo los días en que pensaba yo que jamás podría publicar un libro-: los editores me llaman para editarme. Así, Desnuda materia fue publicado a través de una pequeña editora porteña, Ediciones del Árbol, La orilla desierta, por Andrómeda, una editorial de Costa Rica; ahora está en camino Les minutes qui passent, que lanzará Poietes, una editora francesa, libro bilingüe traducido por Frie Flamend y prologado por Stefan Beyst. Lo mismo ocurrió con Roberto Aizenberg. Diálogos con Carlos Barbarito, volumen de bellísima factura que se publicó gracias a Laura Feinsilber, Carlos Espartaco y Federico Klemm. Soy, ante todo, un poeta. Y es a través del prisma de la poesía que veo el fenómeno artístico en general, la vida toda. Es una suma de razón e intuición. Y trato de agotar, si es que ello es posible, las posibilidades. Me muevo de un lado al otro, como ante un gran poliedro. Relaciono, indago, me sumerjo, me pregunto. A veces acierto, otras veces no tanto.

¿Cómo está nuestro país en materia de plástica con relación a Europa?

París le dejó hace tiempo su sitial de caja de resonancias del arte a New York. No hay que pensar demasiado para saber por qué. Hay quienes siguen, en nuestro medio, mirando a París; otros a New York. De todos modos, hace rato que el arte en Europa, con algunas excepciones, dice poco y nada –basta mirar las últimas Bienales de Venecia-, y el arte norteamericano tampoco sorprende últimamente –en conversaciones con los amigos seguimos hablando de de Kooning, de Frank Stella, de Joseph Albers, activos en los sesenta-. Aquí hay quienes imitan, quienes crean, quienes siguen las modas, quienes siguen sus voces interiores. Adivinarán a quiénes elijo. Son bastante más de los que se cree los que trabajan con seriedad, con responsabilidad, con talento. No son, muchas veces, los que llenan con sus obras las galerías de la calle Arroyo o las de Palermo Soho –lugar donde se cuentan veinticuatro galerías en pocas manzanas-. Por eso me alegra profundamente la noticia de exposiciones de Matilde Marín, de Victor Chab, de Mirta Kupferminc, de Germán Gárgano, de Miguel Ocampo, por citar a algunos. No comparemos, no me agradan las comparaciones. Hay un arte argentino que se desarrolla y evoluciona gracias a los que trabajan en silencio y de modo casi ascético. Y, como siempre, el tiempo, como el fuego heraclitiano, al avanzar lo juzgará todo.

¿Cuáles van a ser sus futuros trabajos?

Uno siempre piensa en escribir el Libro y acaba escribiendo un libro. Tengo sospechas, pero no sé realmente cómo serán mis poemas o ensayos futuros. De algo estoy seguro, tendrán la marca de mis uñas y mis fatigas.

Una opinión acerca de cómo esta posicionada Argentina en el mundo cultural y que debería hacer el gobierno para mejorarla.

El arte es de los artistas que lo crean y de las personas que contemplan y entablan diálogos con las obras. No hace mucho estuve en la reapertura de la Confitería del Molino, donde se expuso lo que la Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires supone es arte nuevo. Algo patético. Alguien dijo: Se trata del residuo del residuo que se expone en el MAMBA con el rótulo de arte reciente. Allí, evidentemente, no se encuentra ni autenticidad, ni siquiera responsabilidad. Críticos que dominan la escena y determinan, luego son defenestrados y su lugar es ocupado por nuevos críticos que establecen su hegemonía y señalan y expulsan. Cada uno trae su grupo. Justifican lo injustificable con palabras rimbombantes. ¿Qué puedo decir entonces de la llamada política cultural? Si es así, que no hagan nada. Claro, me olvidaba: hay quienes se benefician y de qué modo.

A aquel joven que desea iniciarse como artista plástico, ¿Qué consejo le daría?

Que no siga los consejos de quien siendo poeta tiene la temeridad de escribir sobre arte y nunca agarró un pincel ni se manchó los dedos con pintura.
ENTREVISTA A CARLOS BARBARITO EN ARTE LITERAL, VENEZUELA

¿Qué libros han desencadenado imágenes en ti?

Leo desde mi más tierna infancia, así que son numerosos los libros que puedo citar. Pero hay algunos que recuerdo especialmente, es más: de vez en cuando retorno a ellos con la misma pasión que cuando los frecuenté por primera vez. Los nombro: Viaje al centro de la tierra, de Julio Verne; Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll; Historia cómica de los estados e imperios de la Luna, de Cyrano de Bergerac; Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift; Huesos de Jibia, de Eugenio Montale; La tierra Baldía, de T.S. Eliot; El pesanervios, de Antonin Artaud; Ecuador, de Henri Michaux; Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar...

¿Cómo llegaste a ellos, te los recomendaron, te los topaste en una vitrina?

De las más diversas formas. Por recomendación de amigos, por mi eterna y apasionada busca de obras y autores, por puro azar.

Cita algunas una frases que hayas subrayado en esos libros.

Sin duda, un poema que me convenció definitivamente de ser un poeta. Lo transcribo:

Tú no recuerdas la casa de los aduaneros
sobre el barranco a pico de la escollera.
Desolada te espera desde la noche
que en ella entró al enjambre de tus pensamientose
inquieto se detuvo.

La sudestada bate desde años los viejos muros
y no es alegre ya el sonido de tu risa;
la brújula se mueve enloquecida al ocaso
y el cálculo de los dados no es más exacto.
Tú no recuerdas; otro tiempo distrae
tu memoria; un hilo se devana.

Aún sostengo un extremo; mas se aleja
la casa y sobre el techo la veleta
ennegrecida gira sin piedad.
Tengo un extremo; pero tú estás sola,
ni respiras aquí en la oscuridad

¡Oh el horizonte en fuga, donde se enciende,
rara, la luz del petrolero!

¿El paso es éste? (Nuevamente el oleaje
pulula sobre el barranco que se hunde...)
Tú no recuerdas ya la casa de esta
noche mía. Y no sé quién se va ni quién se queda.

(La casa de los aduaneros, Eugenio Montale, la traducción es de Horacio Armani)
REPORTAJE A CARLOS BARBARITO, PUBLICADO PARCIALMENTE EN LA SECCIÓN CULTURA, NOTICIAS DE GUIPUZKOA, 13 DE FEBRERO DE 2006.

Su primer poemario es de 1984; tiene una obra prolífica. ¿Cuándo y por qué empezó a escribir?

En realidad, no fue el primero; desde 1976 hasta entonces publiqué cuadernillos y desplegables que, para ser franco, son casi todos olvidables. De hecho, los olvidé y no los cito jamás en mis bibliografías. Apenas unos pocos poemas, que integraban una serie titulada El teatro y la demencia, los inclui -más como curiosidad que otra cosa- en mi sitio en la red. Hace poco, leí nuevamente un prólogo que me escribió la poeta chilena, radicada en Perú, Raquel Jodorowsky; si mal no recuerdo fue para un proyecto de libro -allá por 1981- que no llegó a concretarse, aunque algunos de los poemas los incluí en Éxodos y trenes, años más tarde. Mi primer poema lo escribí cuando tenía -si mal no recuerdo- trece o catorce, una tarde de lluvia en mi vieja casa de la calle Zeballos en Pergamino. Era sobre el mar, sobre las olas del mar. Lo extravié. Lo escribí movido por una profunda e ineludible necesidad interior. Algo inexplicable y poderoso. Ahora, ¿por qué poema y no narración? Y, también, ¿por qué nunca pude escribir un cuento en mi vida? Preguntas de muy ardua y difícil contestación que excedería el estrecho margen de esta entrevista.

¿Siempre ha escrito poesía? ¿No lo ha intentado con otros géneros?

Pocas veces intenté escribir narrativa, terminé escribiendo prosa poética. Me dedico además a la crítica de artes plásticas y fotografía, aunque aquí me siento polizonte. Si bien hace años que trabajo en catálogos y colaboro en revistas del medio, no logro quitarme de encima la sensación de estar escondido en un bote salvavidas, bajo siete lonas, en un barco y sin pasaje.

¿Qué puede decir de su estilo? ¿Se percibe alguna influencia clara?

Sé que llegué, al cabo de los años, a tener un estilo propio, un modo de decir personal. Ahora, cuál es ese estilo y qué características tiene es trabajo de los críticos. Alguien que conoce como pocos mi poesía, el costarricense Guillermo Fernández, habla de un lenguaje bíblico - acierta, vaya sí acierta, desde muy pequeño leo pasajes de la Biblia y la influencia es notoria desde el punto de vista del lenguaje-. Recuerdo que cierto poeta norteamericano decía que al principio estaba decidido a no leer a otros poetas para no dejarse influenciar y terminó descubriendo que era un monstruo. En mi caso, lejos de pretender esa pureza que, como toda pureza, pensemos en el agua destilada que no sirve para ser bebida, no lleva a puerto alguno, la lista es extensa. Pero hay nombres insoslayables: Vallejo, Michaux, Montale, Wallace Stevens, Eliot, Frost, entre otros. Vallejo fue la primera influencia, me marcó a tal extremo que tuve que luchar denodadamente durante años para alejarme de su sombra.

¿Qué le inspira?

La inspiración es un concepto del romanticismo. Es pariente próximo del Espíritu Santo que, a modo de lengua de fuego, revela a los hombres cierta verdad hasta ese momento oculta para ellos. Al menos en mi caso, el poema no viene súbitamente, de golpe, como un estallido de luz en medio de la oscuridad. Se trata de un proceso complejo que se da en la mente aunque -en apariencia- estemos ocupados en otra cosa. Un poema es fruto de un incesante y difícil trabajo. Cuando me preguntan cuánto tiempo demoré en escribir un poema les respondo: toda mi vida. Seré franco: siempre estoy escribiendo el mismo e interminable poema. Claro, ahora con más madurez y precisión que cuando era joven. Es como estar mejor situado, mirar desde mejores perspectivas, el mismo y misterioso objeto de siempre. O, mejor, conversar sin descanso con una alta sombra, que no se deja indagar sino de a poquito, en cuentagotas, formulándole preguntas más ajustadas cada vez.

¿Se dedica en exclusiva a la literatura?

No, imposible. Tendría que aceptar escribir lo que me sugieren los editores. Sé de personas que lo hacen. Y mientras los libros se venden, tienen ocupación. Yo soy bibliotecario y paso en una biblioteca varias horas al día. Cuando tengo ratos libres, leo o escribo. No tengo un método de trabajo. Onetti diferenciaba los modos de escribir comparándolos con la relación con la esposa y la amante, el trato con cada una. Yo tengo arrestos en los que puedo escribir diez poemas en un día, largos períodos en que no escribo e, inclusive, a veces me pregunto si realmente soy un escritor, si pude haber escrito yo alguna cosa, si todo no es alucinación, autoengaño. No soy un profesional. Con la literatura, siguiendo a Onetti, no convivo con los papeles en regla; la frecuento en secreto, entro a su cuarto en penumbras, sin que se enteren los vecinos. Y no es metáfora: mis vecinos ni sospechan que escribo.

Su producción poética ha sido muy premiada. ¿Es este su primer galardón al otro lado del charco?

Un premio posibilita la publicación. Publicar un libro de poemas en Argentina no es tarea fácil. Yo vengo publicando desde hace más de veinte años y es como si nunca lo hubiese hecho. Me explico: se supone que luego de editar lo que edité, los pies están sobre tierra firme y todo es andar con alguna seguridad. Pero no, siempre se empieza de nuevo, el suelo sigue estando tan blando e inseguro como al principio. Cada uno de mis libros es producto de un premio, con alguna excepción en que tramité un préstamo de dinero. Casi todos los poetas aquí pagan por publicar y, encima, casi siempre, tienen que distribuir sus libros como pueden. Recuerdo de libreros que por poco no me expulsaban por intentar llevarles unos ejemplares. Hace tiempo decidí no pagar por mi trabajo. Se lo dije a una editora que pretendía una cantidad de dinero para incluirme en una antología. Y desde ese momento de decisión sucedió algo extraordinario: me llamaron editores -casi todos del exterior, México, Costa Rica, Luxemburgo- para llevar mis poemas a la imprenta. No me olvido del primero, Claudio González Baeza, quien me editó un pequeño libro por su cuenta y corriendo con los gastos. Cuando me llamó por eléfono pensé que era una broma. Y no lo era.

¿Por qué decidió participar en los premios Iparragirre?

Es infrecuente mi participación en concursos en el exterior. Pero me decidí y el resultado no pudo haber sido mejor. Celebro mi decisión. No sólo por el galardón, que me enorgullece, también porque el libro ya está publicado y, encima, compartiendo lugar con una compatriota, Beatriz Actis. Además, me posibilitó conocer y estrechar lazos con otras personas, con Félix Maraña por ejemplo.Ha publicado en Francia una obra bilingüe. No sé si lo ha hecho en España o si espera que este premio le abra las puertas a la publicación.En realidad, el libro bilingüe fue publicado en Luxemburgo, a través de Laurent Fels. Se trató de una empresa colectiva en la que participaron Frie Flamend, traductora, Stefan Beyst, prologuista y estudioso de mis poesía, es el encargado de mi sitio oficial en Internet y me tradujo al inglés y al holandés, Nobert Guthier, fotógrafo alemán que cedió gentilmente una de sus obras para la cubierta y una amiga fotógrafa argentina, Claudia Bonder, quien, en una tarde apacible, me retrató en algún lugar de Buenos Aires. El primer libro en España es, precisamente, Figuras de ojo y sombras, resultado del premio Iparragirre. Hay un proyecto para publicar otro libro inédito, Amsterdam, que espero pueda concretarse.

miércoles, noviembre 01, 2006

CARLOS BARBARITO: RESPUESTAS AL CUESTIONARIO LA INFANCIA DEL PROCEDIMIENTO


1. Podrías contar detalladamente tus ritos en torno a la escritura: si reconoces momentos del día en los que escribís, épocas del año, con determinado luz, sobre determinado papel, siempre en el mismo lugar, en bares, en cualquier lado, directamente en la computadora, en la máquina de escribir o manuscrito, en silencio o con música o mucho ruido.

No tengo ritos pero sí caprichos. Pocas veces escribí con lapicera o lápiz; casi siempre fue, primero, en la máquina de escribir y, desde hace tiempo, en la computadora. Hace algún tiempo, la grabadora Hilda Paz me pidió poemas escritos a mano y me costó una enormidad encontrar alguno. Finalmente, hallé un esbozo que hice en una agenda vieja, algo inusual. Jamás escribí en un bar, o lo hago en mi casa o en mi trabajo, en la biblioteca donde paso varias horas cada día. A lo largo de mi vida como escritor noté que tengo un momento ideal para trabajar: la noche, desde las nueve hasta la una de la madrugada. Aunque esto impide que parte de mi obra poética la haya escrito en pleno día. A veces escucho música, generalmente instrumental (Camel, Air, por ejemplo) y otras veces permanezco en silencio. Eso sí, mientras escribo tengo la impresión de que estoy suspendido sobre el abismo, cuelgo atado por un hilo muy fino. Y no es cosa agradable que algo o alguien rompa la concentración. Pero no me enojo, no tardo en retornar la tarea.

2. ¿Escribís "lo que va surgiendo" o solés tener un plan? ¿El plan incluye una investigación, lecturas sobre temas en especial?

Carezco de planes. No tengo ideas, se trata de sensaciones. Algo me indica que debo escribir. El primer verso surge de golpe y voy armando el poema paso a paso, de a poco. Jamás lo dejo incompleto, lo cierro a partir de otra sensación que me indica que está terminado. Investigo en caso de que escriba algo sobre un asunto preciso o acerca de un personaje determinado (sobre Cecilia Gallerani, Modigliani o Durero); pero someto todo a destilaciones y transmutaciones que, a veces, dejan apenas una mínima señal al lector y el resto es una compleja sustancia, personal, difícil de relacionar con la "excusa original". Leo mucho, sobre todo sobre física, biología y astronomía y conceptos de esas ciencias aparecen, de un modo u otro, en mis poemas.

3. En cuanto a la corrección, ¿escribís algunos textos y los dejas "descansar" para retomarlos en otro momento? ¿Corregís siempre? ¿Qué significa la corrección para vos?

Es una pregunta de difícil respuesta. Mi trabajo al respecto es algo enrevesado. No dejo descansar al poema porque soy ansioso, neurótico y la sola idea de irme a dormir con el poema que espera es algo desesperante. Lo hago de una vez y apenas si cambio alguna palabra o signo de puntuación. Pero, acá está lo particular, un minuto antes de llevar mis poemas a algún editor encuentro erratas y hasta poemas desacertados. Entonces, apurado, nervioso, toco y retoco acá y allá. Si bien hay muchos sitios en Internet con mis poemas, sólo considero definitiva a la edición en papel. No, definitiva no es la palabra, digamos: hasta aquí llegó mi cabeza. Venía hace poco en el tren leyendo mi último libro, publicado en España. Me pareció encontrar un error. Supongo los pasajeros habrán visto mi súbita palidez. Pero no, no había tal error. Además de neurótico, soy perfeccionista, en realidad otra forma de la neurosis.

4. Podrías escribir sobre tu procedimiento de escritura, si reconoces una manera, si la poesía aparece en forma de imágenes o como una música y todo lo que quieras/puedas decir sobre tu vinculo con la poesía.

De nuevo, se trata de sensaciones. Mi vínculo con la poesía es bastante difícil de explicar. Lo que sí puedo decir es que sólo soy fiel a mí mismo, mejor: a mis señales interiores -ni siquiera puedo hablar de voces-. En realidad, siempre estoy escribiendo el mismo poema. Un largo poema que me involucra por entero e involucra mi vida toda. Y si bien escribo crítica de arte y literatura, esto es algo marginal, lateral.
CARLOS BARBARITO: ME DIJO RAÚL GUSTAVO AGUIRRE...


Me dijo Raúl Gustavo Aguirre: Debemos ser dignos de lo que escribimos. Pensé de inmediato en Wittgenstein, en su concepción de que ética y estética son una misma cosa. Fue hace mucho, entonces yo era el artista cachorro, o, para no copiar demasiado a Dylan Thomas, el artista pichón. Estaba –esto no cambió en absoluto- imposibilitado para escribir cuento o novela, por alguna razón no podía –no puedo- escribir poemas y, de vez en cuando, algún texto sobre arte o literatura –más acerca de arte, apenas si sobre literatura tengo escrita alguna cosa-. Tal vez la causa esté en mi naturaleza, soy neurótico y mi extrema ansiedad me obliga al aquí y ahora, de una vez y pronto. O, quizás, haya algo más, algo muy profundo que desconozco, como desconozco por qué en los momentos que considero decisivos en mi vida siempre está lloviendo. Cuando escribí mi primer poema, llovía. O, al menos, eso creo. Era sobre el mar, las olas, un puerto. Lo extravié, como extravié muchas cosas preciosas a lo largo de los años. ¿Fatalidad? En mis primeros poemas aparece una y otra vez Está escrito. Ya no. Me aferro a lo que amo para no perderlo. No hay nada escrito en el sentido de que debe cumplirse inexorablemente. Pero me desespero por salvar aquello que amo de la acción del tiempo. Si a algo temo es al tiempo. Pero también sé que el tiempo no se detiene y cada ser y cada cosa serán su presa dentro de un rato o mañana o dentro de tantos años. Yo también. ¿Y mis poemas? Esta duda me angustia y, al mismo tiempo, me sostiene. Ahora, ¿puedo yo escribir sobre mis poemas, decir alguna cosa? Yo digo Es lo que está allí, lo que nombro y no nombro. Puedo, sí, anotar las palabras que fueron apareciendo a través de mis días como poeta: hueso, luego caballo, más tarde agua y todas sus variantes, más tarde luz, y siempre la palabra desnudo. Y nada más. Lo que demuestra que para mí soy yo el más perfecto desconocido. Tan desconocido como el más profundo abismo, del que sólo se sabe de unas pocas criaturas, chatas por tanta presión, que fosforecen por un instante y luego regresan a la oscuridad en la que desde siempre habitan.

Octubre 30, 2006