miércoles, octubre 18, 2006

CARLOS BARBARITO: UNA CONVERSACIÓN CON LILIANA GELMAN




Esta es una conversación peculiar: la sostuvimos la fotógrafa argentina Liliana Gelman y yo por medio del correo electrónico. Esto, que a esta altura podría resultar poco o nada novedoso, tuvo un ingrediente para nosotros tan inesperado como terrible: Liliana reside en Haifa y algunos de sus mensajes fueron escritos bajo el bombardeo de los cohetes disparados desde El Líbano y otros, desde Tel Aviv, donde ella encontró refugio. Lo que sigue pretende, al menos de un modo parcial, explorar la rica obra de Liliana Gelman, a través de sus propias palabras.



CB. Ayer pensaba en los álbumes de fotos que hay en casi todas las casas. En general, conservan las imágenes de personas ya difuntas. Yo mismo, hace poco, mientras miraba las fotos del álbum que hay en casa de mis padres, descubrí que la mayor parte de los fotografiados ya fallecieron. De allí, supongo, deriva la relación fotografía-recuerdo que, me consta, hacen muchos. Incluso, sobre todo en personas mayores, una foto pareciera estar bien sólo cuando retrata a la persona de cuerpo entero, porque el recuerdo debe ser total. ¿Cómo es tu experiencia al respecto? Obviamente, no me refiero a la fotografía como arte -ya hablaremos de ello más adelante-, hablo de la fotografía de uso cotidiano, familiar.


LG. Es extraño, pero en mi casa no hubo muchos álbumes de fotos familiares. Cuando era muy niña, recuerdo que venia un fotógrafo a casa, y a mi me encantaba retratarme con mis muñecas preferidas. Él nos entregaba una hoja de contactos, blanco y negro, ¡ por supuesto! y yo recortaba las que más me gustaban. Pero esas fotos nunca iban a parar a un álbum, quedaban sueltas en alguna caja o en algún cajón. Quizás, ahora que lo pienso, eso correspondía quizás a nuestra historia familiar, bastante fragmentada. Creo que el primer álbum lo armé yo, a mis 14 o15 años, entusiasmada con mi Cámara Kodak "Fiesta", y quizás como necesidad de armar esa historia familiar, sin sospechar siquiera que un año después, una de sus figuras principales, mi padre, iba a desaparecer para siempre. Nunca más armé un álbum familiar, y ese que armé yo es el único que todavía esta en casa de mi madre. Quizás siguiendo esa extraña tradición familiar, sigo guardando fotos en cajas o cajones, nunca en álbumes. Hace poco me pasó algo muy emocionante con respecto al tema. Me reencontré, en Israel, con una antigua compañera de la escuela secundaria y ella me recordaba que habíamos sido compañeras también en el jardín de infantes. Curiosamente, no tengo ninguna foto de esos años, y quizás por eso mismo, muy pocos recuerdos. Ante mi incredulidad, ella me mostró una foto, bellísima, de nosotras dos: ella tocando una flauta, y yo una pandereta.........no podía creerlo...pero contemplando esa imagen, viajé en el tiempo, sin túneles ni maquinas, y recuperé un recuerdo hermoso, y musical, de aquellos años.


CB. Borges dice que siempre supo que su destino iba a ser literario. Cuando una amiga de la familia me regaló Alicia en el País de las Maravillas me emocioné como pocas veces después en mi vida. En ese instante –puedo decirlo sin temor a equivocarme- se decidió mi destino; eso lo supe más tarde, en ese momento –yo tendría siete u ocho años- sentí que me latía más fuerte el corazón. Ni hablar de cuando terminé de leerlo, se había abierto para mí una puerta a otro mundo. En tu caso, ¿aquella Kodak marcó tu destino? ¿Qué te gustaba fotografiar?

LG. En realidad casi no recuerdo que cosas fotografiaba, más que instantáneas de la familia en vacaciones. Pero recuerdo con todos los sentidos que era verano, y que me encantaba tenerla en mis manos. Te cuento que nunca estudié fotografía… Mi destino estaba más bien en los pinceles, pintaba día y noche desde muy pequeña y fui a mi primer taller de pintura cuando sólo tenía seis o siete.



C.B. En lo que mí respecta, traté de estudiar muchas cosas: pintura, teatro, música, dactilografía, además, claro, de ir a la escuela. En general, abandonaba rápidamente, era ansioso –lo sigo siendo pero en menor medida- y, como dice una amiga mexicana, quería comerme el mundo de un bocado. Sólo guardaba fidelidad por los libros, pero se trataba de una fidelidad anárquica, leía varios a la vez, mezclaba la ciencia ficción con las aventuras de cazadores en África y biografías de artistas. Incluso, frecuentaba viejas colecciones de la revista El Gráfico. Fue recién a los 17 o 18 que escribí mi primer poema. Era sobre el mar, sobre las olas del mar. Lo extravié. Mejor dicho, lo hice pedazos al poco tiempo. Mi amigo Stefan Beyst me dijo hace poco que debí haber sido más indulgente con mis escritos tempranos. No lo fui. Allí comenzó todo. No, en realidad fue una etapa más de un largo proceso y ese poema fue una consecuencia natural. ¿Cómo se dio en vos el paso de la pintura a la fotografía?

L.G. Que lástima que no hayas conservado ese poema sobre el mar! Sabés que los libros fueron, y aún son, una gran pasión, y hasta he hecho algunos intentos de escribir. Llevo apellido de poeta, y siempre fantaseé pertenecer a una familia de poetas, pero esa es otra historia. Tendría que contarte muchas cosas acerca de ese paso de la pintura a la fotografía, ya que es relativamente reciente, y fue un largo camino que pasó por la pintura, la arquitectura, el diseño gráfico, hasta el momento que decidí, no sé muy bien por qué, comprarme una cámara. Una cámara y lentillas de acercamiento. No tenía ningún propósito en mente, y comencé a fotografiar cada flor, cada hoja y tallo de mi patio con mucho acercamiento. Ese fue un gran cambio de escala en mi percepción. Yo venía de pintar mapas, a gran escala, visiones muy aéreas y de pronto a través de la cámara se abría un universo diminuto e infinito al mismo tiempo. Nunca estudié formalmente fotografía, pero desde ese momento en que tuve mi propia cámara hasta hoy, jamás dejé de fotografiar y siento que ese pasaje se dio de manera muy orgánica y que incluye de alguna forma todo lo anterior. Por ejemplo, en las series la nave o sueños las fotos tienen todo un procesamiento en su color al que llegué intuitivamente gracias a que también soy pintora.

C.B. Mapas. Siempre me fascinaron los mapas. Sobre todo los portulanos. Cierta vez vi uno, muy antiguo, que fijaba el Paraíso en el centro del mundo, creo obra de Giovanni Leardo. Escribí un poema sobre esa antigua cartografía. Mi atracción proviene, seguro, de la relación que existe entre los mapas y los viajes – como Verne, aunque estuve en Europa y en bastantes lugares de Argentina, viajé más en sueños que realmente –aunque, como dice Borges, los sueños no son menos reales que lo que llaman la realidad-. Amo los trenes. Un momento central de mi vida fue una mañana de tempestad, en pleno Mar del Norte, al fondo se divisaba un puerto, el viento en mi cara mientras intentaba permanecer en pie sobre la cubierta de un ferry. Contáme por favor de tu trabajo con los mapas y, de paso, porque te sé viajera, de tu experiencia a bordo de trenes, de barcos, de aviones. Y otra pregunta, ¿cómo aparece ese asunto en tu fotografía?

L.G. Mapas, sueños, viajes….me fascina la relación entre los tres, porque leer o trazar un mapa puede parecerse mucho a un viaje, o a un sueño. Cuando era niña, uno de mis juegos favoritos era contemplar largamente un globo terráqueo, lleno de nombres misteriosos e intrigantes hasta que lo hacía rodar, y luego con los ojos cerrados ponía mi dedo en algún punto: cuando abría los ojos… ¡había viajado! Tenía un gran atlas, en el que buscaba el punto al que había llegado, y pasaba largo rato leyendo todo lo que fuera posible acerca de ese lugar. Hay como un destino ligado a los viajes, desde mi padre que siempre estaba de viaje, mi primer pasaporte sacado a los 6 años cuando apenas sabía escribir mi nombre y la desilusión luego, porque nuestra emigración a Colombia jamás sucedió. Si ese viaje se hubiera concretado, mi vida hubiera sido seguramente distinta a lo que fue, y mi destino otro. ¡Viajes hubo muchos, y espero que los siga habiendo! He viajado mucho por argentina, y fuera de ella, en avión, en auto, en barco, en tren con o sin camarote, y hasta en moto. Con mi familia, sola, con amigos o en pareja, y aunque son muchos tengo el registro de cada uno de ellos con muchísimos detalles. Podría escribirte páginas acerca de ellos! Hubo algunos decisivos como mi primer viaje en avión a Chile a los doce, contemplar la cordillera de los Andes desde el aire que fue fascinante, o un viaje en un barco muy pequeño, sola paseando por el mundo, desde Mikonos a Santorini, en plena noche de oscuridad absoluta en la que solo brillaba alguna luz lejana en las islas. Más tarde, estudiando arquitectura, cada plano era para mí un mapa, y me fascinaron especialmente los planos de las ciudades antiguas, porque en ellos se vislumbra, como dice Italo Calvino, el dios o el espíritu que las fundó. Luego vinieron otros mapas, los astrales, ya que durante tres años cursé unos seminarios sobre astrología, que agregaron otra dimensión a ese amor por los mapas. En algún momento, toda esta experiencia decantó en mis pinturas, que partían de algún mapa real, una foto satelital, el plano primitivo de alguna ciudad, o incluso una carta náutica, y luego iban siendo transformados o superpuestos. Nunca había pensado como aparecen los mapas en mis fotos, pero especialmente en los close-up, la sensación es estar explorando con la cámara un territorio, sea la página de un libro, el pétalo de una flor, o una textura abstracta. Los viajes empiezan a aparecer en mis fotos cuando emigro a Israel. Vivo frente al mar, y desde mi ventana y balcones puedo ver las naves que entran o salen. A tanta distancia de Argentina todo toma otra connotación. Esas naves son la ilusión o la imposibilidad del regreso, y también la magia de embarcarse con un rumbo desconocido. Mis últimos seis años en Buenos Aires viví en la calle La Nave… y aquí en Haifa el barrio donde vivo se llama Bat Galim, que significa "hija de las olas"…¿que te parece?

CB. Si bien presumo de ser un individuo racional, podría responderte que se trata de magia. De magia cotidiana, más habitual de lo que uno supone. Magia que hace que sea imposible el encuentro con un amigo en un sitio por demás conocido y céntrico, previamente concertado, y que, al día siguiente, nos topáramos de casualidad en una callecita ignota del Abasto. O que –como le sucedió al pintor Rubén Grau- alguien recorte una frase en alemán de un libro para una obra y, sin conocer el idioma, algo lo impulse a darle un título a la obra que, luego se entera, que resulta ser una traducción exacta. Los artistas trabajamos en ese mundo, amasamos y transformamos esos materiales maravillosos. Ahora, Liliana, además del mar están los libros que aparecen en tus fotografías. ¿Podrías contarme alguna cosa al respecto?

LG. Cierto es que todos necesitamos algo de racionalidad para vivir en este mundo, pero ¿alguien que se dedica a la poesía, puede ser un individuo racional? Los libros…ya te conté que amo los libros, creo que jamás me ha pasado de no estar leyendo algún libro, incluso dos al mismo tiempo. Voy a recurrir a un poeta que lleva mi mismo nombre para empezar a responderte. Juan Gelman escribió: La palabra es el timón del universo; y hay tanto mundo por el que la palabra navega todavía. Los libros son mapas, viajes, espejos, mundos. Había empezado en Buenos Aires a fotografiar las paginas del I Ching casi de casualidad cuando un día volví a mi casa y encontré el libro abierto en una mesa y la luz que entraba por la ventana dibujaba figuras sobre las páginas. Después vino todo mi proceso de emigrar y la serie quedó sin terminar, o más bien se transformó en otra, sobre mi diccionario hebreo-español. Aun sabiendo algo del nuevo idioma, fue, y es un proceso muy difícil vivir en un lugar donde se habla otra lengua, y tan distinta. Escuchaba sonidos, pero sentía silencio, un silencio propio y de los demás. Empecé a fotografiar ese primer libro como un intento de revelar en las imágenes los significados de las palabras. Llevaba un tiempo trabajando cuando un día encontré unos 20 libros abandonados en la calle. Costaba creerlo, eran bellas ediciones de clásicos alemanes del siglo XIX que recogí y comencé también a fotografiar. Tras ese hallazgo siguieron otros, en la calle, en la playa o incluso en contenedores de basura. Libros que llegaron de todos los rincones del mundo, y terminaron en la calle su larga travesía. Sin darme cuenta, había iniciado una especie de rescate de libros desechados y en estos cuatro años se ha conformado una singular biblioteca, la mayor parte de la cual, no puedo leer pero si puedo fotografiar, que es otra especie de lectura, tratando de registrar ese viaje que comienza en el momento en que se abre un libro.