jueves, noviembre 02, 2006

REPORTAJE A CARLOS BARBARITO, PUBLICADO PARCIALMENTE EN LA SECCIÓN CULTURA, NOTICIAS DE GUIPUZKOA, 13 DE FEBRERO DE 2006.

Su primer poemario es de 1984; tiene una obra prolífica. ¿Cuándo y por qué empezó a escribir?

En realidad, no fue el primero; desde 1976 hasta entonces publiqué cuadernillos y desplegables que, para ser franco, son casi todos olvidables. De hecho, los olvidé y no los cito jamás en mis bibliografías. Apenas unos pocos poemas, que integraban una serie titulada El teatro y la demencia, los inclui -más como curiosidad que otra cosa- en mi sitio en la red. Hace poco, leí nuevamente un prólogo que me escribió la poeta chilena, radicada en Perú, Raquel Jodorowsky; si mal no recuerdo fue para un proyecto de libro -allá por 1981- que no llegó a concretarse, aunque algunos de los poemas los incluí en Éxodos y trenes, años más tarde. Mi primer poema lo escribí cuando tenía -si mal no recuerdo- trece o catorce, una tarde de lluvia en mi vieja casa de la calle Zeballos en Pergamino. Era sobre el mar, sobre las olas del mar. Lo extravié. Lo escribí movido por una profunda e ineludible necesidad interior. Algo inexplicable y poderoso. Ahora, ¿por qué poema y no narración? Y, también, ¿por qué nunca pude escribir un cuento en mi vida? Preguntas de muy ardua y difícil contestación que excedería el estrecho margen de esta entrevista.

¿Siempre ha escrito poesía? ¿No lo ha intentado con otros géneros?

Pocas veces intenté escribir narrativa, terminé escribiendo prosa poética. Me dedico además a la crítica de artes plásticas y fotografía, aunque aquí me siento polizonte. Si bien hace años que trabajo en catálogos y colaboro en revistas del medio, no logro quitarme de encima la sensación de estar escondido en un bote salvavidas, bajo siete lonas, en un barco y sin pasaje.

¿Qué puede decir de su estilo? ¿Se percibe alguna influencia clara?

Sé que llegué, al cabo de los años, a tener un estilo propio, un modo de decir personal. Ahora, cuál es ese estilo y qué características tiene es trabajo de los críticos. Alguien que conoce como pocos mi poesía, el costarricense Guillermo Fernández, habla de un lenguaje bíblico - acierta, vaya sí acierta, desde muy pequeño leo pasajes de la Biblia y la influencia es notoria desde el punto de vista del lenguaje-. Recuerdo que cierto poeta norteamericano decía que al principio estaba decidido a no leer a otros poetas para no dejarse influenciar y terminó descubriendo que era un monstruo. En mi caso, lejos de pretender esa pureza que, como toda pureza, pensemos en el agua destilada que no sirve para ser bebida, no lleva a puerto alguno, la lista es extensa. Pero hay nombres insoslayables: Vallejo, Michaux, Montale, Wallace Stevens, Eliot, Frost, entre otros. Vallejo fue la primera influencia, me marcó a tal extremo que tuve que luchar denodadamente durante años para alejarme de su sombra.

¿Qué le inspira?

La inspiración es un concepto del romanticismo. Es pariente próximo del Espíritu Santo que, a modo de lengua de fuego, revela a los hombres cierta verdad hasta ese momento oculta para ellos. Al menos en mi caso, el poema no viene súbitamente, de golpe, como un estallido de luz en medio de la oscuridad. Se trata de un proceso complejo que se da en la mente aunque -en apariencia- estemos ocupados en otra cosa. Un poema es fruto de un incesante y difícil trabajo. Cuando me preguntan cuánto tiempo demoré en escribir un poema les respondo: toda mi vida. Seré franco: siempre estoy escribiendo el mismo e interminable poema. Claro, ahora con más madurez y precisión que cuando era joven. Es como estar mejor situado, mirar desde mejores perspectivas, el mismo y misterioso objeto de siempre. O, mejor, conversar sin descanso con una alta sombra, que no se deja indagar sino de a poquito, en cuentagotas, formulándole preguntas más ajustadas cada vez.

¿Se dedica en exclusiva a la literatura?

No, imposible. Tendría que aceptar escribir lo que me sugieren los editores. Sé de personas que lo hacen. Y mientras los libros se venden, tienen ocupación. Yo soy bibliotecario y paso en una biblioteca varias horas al día. Cuando tengo ratos libres, leo o escribo. No tengo un método de trabajo. Onetti diferenciaba los modos de escribir comparándolos con la relación con la esposa y la amante, el trato con cada una. Yo tengo arrestos en los que puedo escribir diez poemas en un día, largos períodos en que no escribo e, inclusive, a veces me pregunto si realmente soy un escritor, si pude haber escrito yo alguna cosa, si todo no es alucinación, autoengaño. No soy un profesional. Con la literatura, siguiendo a Onetti, no convivo con los papeles en regla; la frecuento en secreto, entro a su cuarto en penumbras, sin que se enteren los vecinos. Y no es metáfora: mis vecinos ni sospechan que escribo.

Su producción poética ha sido muy premiada. ¿Es este su primer galardón al otro lado del charco?

Un premio posibilita la publicación. Publicar un libro de poemas en Argentina no es tarea fácil. Yo vengo publicando desde hace más de veinte años y es como si nunca lo hubiese hecho. Me explico: se supone que luego de editar lo que edité, los pies están sobre tierra firme y todo es andar con alguna seguridad. Pero no, siempre se empieza de nuevo, el suelo sigue estando tan blando e inseguro como al principio. Cada uno de mis libros es producto de un premio, con alguna excepción en que tramité un préstamo de dinero. Casi todos los poetas aquí pagan por publicar y, encima, casi siempre, tienen que distribuir sus libros como pueden. Recuerdo de libreros que por poco no me expulsaban por intentar llevarles unos ejemplares. Hace tiempo decidí no pagar por mi trabajo. Se lo dije a una editora que pretendía una cantidad de dinero para incluirme en una antología. Y desde ese momento de decisión sucedió algo extraordinario: me llamaron editores -casi todos del exterior, México, Costa Rica, Luxemburgo- para llevar mis poemas a la imprenta. No me olvido del primero, Claudio González Baeza, quien me editó un pequeño libro por su cuenta y corriendo con los gastos. Cuando me llamó por eléfono pensé que era una broma. Y no lo era.

¿Por qué decidió participar en los premios Iparragirre?

Es infrecuente mi participación en concursos en el exterior. Pero me decidí y el resultado no pudo haber sido mejor. Celebro mi decisión. No sólo por el galardón, que me enorgullece, también porque el libro ya está publicado y, encima, compartiendo lugar con una compatriota, Beatriz Actis. Además, me posibilitó conocer y estrechar lazos con otras personas, con Félix Maraña por ejemplo.Ha publicado en Francia una obra bilingüe. No sé si lo ha hecho en España o si espera que este premio le abra las puertas a la publicación.En realidad, el libro bilingüe fue publicado en Luxemburgo, a través de Laurent Fels. Se trató de una empresa colectiva en la que participaron Frie Flamend, traductora, Stefan Beyst, prologuista y estudioso de mis poesía, es el encargado de mi sitio oficial en Internet y me tradujo al inglés y al holandés, Nobert Guthier, fotógrafo alemán que cedió gentilmente una de sus obras para la cubierta y una amiga fotógrafa argentina, Claudia Bonder, quien, en una tarde apacible, me retrató en algún lugar de Buenos Aires. El primer libro en España es, precisamente, Figuras de ojo y sombras, resultado del premio Iparragirre. Hay un proyecto para publicar otro libro inédito, Amsterdam, que espero pueda concretarse.