jueves, noviembre 02, 2006

REPORTAJE A CARLOS BARBARITO EN EL SEMANARIO EL TIEMPO, PERGAMINO, ARGENTINA, PUBLICADO EL 7 DE SETIEMBRE DE 2005.


¿Qué lo motivó a inclinarse por la literatura poética?

Es una pregunta difícil de contestar. Se trató de un largo proceso cuyas raíces se extienden lejos, desde que miré las estrellas o la lluvia por primera vez. Si bien escribí mi primer poema recién a los 16 o 17, la poesía –que es el rostro que tiene para mí la literatura- fue gestándose dentro de mí, sin que yo tuviese demasiada conciencia de ello, desde siempre: los días en que copiaba las letras de las revistas, miraba con asombro las figuras de los naipes, y, más adelante, cuando me sentaba a leer en un galponcito que había al fondo de mi vieja casa de la calle Zeballos. Esos primeros libros, Alicia en el País de las Maravillas, Viaje al centro de la tierra, entre muchos otros, fueron decisivos en mi vida. Incluso, leía ediciones baratas –no sólo en el precio-, sobre todo de ciencia-ficción; a uno de esos libros de bolsillo, La puerta infinita, de un español que se hacía llamar Clark Carrados, lo recuerdo especialmente: en una casa había una puerta en la planta alta, desde afuera se la veía normal –si es que es algo normal una puerta que da al exterior situada una planta alta-. Ahora, esa puerta, abierta desde adentro permitía el acceso a mundos paralelos. La literatura es esa puerta, sobre todo cuando se sitúa en un lugar impensado, imprevisto: pasaje a lo no conocido, a lo maravilloso. Si bien, impulsado por mi ansiedad y mi inconformismo, traté de aprender música, pintura, otros idiomas, entre muchas otras cosas y con mayor o menor éxito, terminé, estoy tentado de escribir fatalmente, en la poesía. Quizás porque en la labor poética encuentro un modo eficaz de canalización para mis urgencias, mis angustias y mis contradicciones. Claro, si tratara de dar cuenta de los hitos del proceso que me llevó al primer poema y los poemas que le siguieron hasta hoy necesitaría mucho tiempo –en este caso, mucho espacio-, pero si algo me aportaron tantos años es un apaciguamiento de la ansiedad. Cada poema, desde hace tiempo, es para mí el resultado de sucesivas y prolongadas destilaciones, como una labor de alquimista. Incluso, hace meses que no escribo poemas –sí artículos y breves ensayos sobre arte- y dejo que todo se dé en lo profundo, que haya flujo y reflujo, y no me desespero por sacarlo al exterior. Esto, antes, hubiese sido para mí imposible.

¿Dónde estudió y cuáles fueron sus maestros?

Si bien estudié primaria, secundaria y me recibí de bibliotecólogo, me considero un autodidacta. Leí mucho, tal vez demasiado. Leo mucho, tal vez demasiado. No era yo el típico ejemplo del niño solitario que se refugia en la lectura, me gustaba salir a jugar a la pelota y gritarle a la vecina que nos la devolviera cuando caía en su patio, esto último con suerte diversa. Y me gustaba ir al cine, con mis padres y mi hermana, tres años más pequeña. Pero había algo en mí que me decía, con voz poderosa, que allí, en los libros encontraría algo, una especie de llave, un camino. El camino, efectivamente, lo encontré. La llave, quién sabe, hasta ahora todo ha sido espiar por el ojo de la cerradura y lo que ví, aunque acotado, restringido, me señala a cada rato que nada fue en vano. ¿Maestros? En general, sus libros: Verne, Carroll- de él recuerdo unos versos ahora: Ha llegado el momento –dijo la morsa-/ de que hablemos de algunas cosas: / de zapatos, de barcas, y de lacres; de coles, y de reyes/ y de por qué el mar hierve tan caliente/ y de si los cerdos pueden volar-, prosigo: Vallejo, una de mis influencias más fuertes y evidentes durante años, Borges, Artaud, Montale, Eliot. Michaux… No me olvido, sí, de alguien a quien conocí y traté un breve, pero provechoso, tiempo: Alejandro González Gattone.

¿Cómo se inició en la crítica del arte?

No soy un crítico de arte. No me considero un profesional. No dispongo del bagaje intelectual para tal cosa. Más bien soy alguien que escribe sobre lo que, de algún modo u otro, lo sorprende, lo conmociona. Ahora, mi primer escrito sobre arte, lo conté ya en oportunidades anteriores, vino por una noticia de un concurso de crítica de arte para el que, de modo accidentado, fatigoso, me referí al arte de las vanguardias –uno de mis asuntos favoritos- y con el que obtuve el primer premio. Todavía pienso en eso y me asombro. Por supuesto, durante la entrega de premios en el Museo de Arte Moderno, entonces, era 1989, en uno de los pisos del Centro Cultural San Martín, los profesionales me hicieron sentir que yo era sapo de otro pozo. Allí conocí a personas que fueron, y son, amigos y referentes: la crítica Laura Feinsilber, el físico cuántico y también crítico Héctor Ranea, entre otros. Gracias a ese premio pude trabajar un año con Roberto Aizenberg en un libro que recién se editó, gracias a Federico Klemm, en 2001 –años después de la muerte del maestro surrealista y poco antes de la del de pintor y gestor de la fundación que lleva su nombre-. Aquí debo confesar una de mis numerosas contradicciones: hay momentos en que proclamo que sólo escribiré poemas; hay otros, como ahora, en que me dedico sólo a trabajar en artículos y textos para catálogos de plásticos y fotógrafos: Mirta Kupferminc, Karina Barg, Marcelo Lo Pinto, Norbert Guthier, Marité Malaspina, Cynthia Isakson, etc. En estos días estoy armando una entrevista con la autora del arte núbico, Mireya Baglietto, y un ensayo sobre un portfolio de la fotógrafa Claudia Bonder sobre Praga.

Sus actividades fueron reconocidas y premiadas en distintos países. ¿Cuáles son sus principales conceptos para analizar un trabajo?

Sí, mis poemas obtuvieron algunos premios. Estos premios me sirvieron, sobre todo, para poder publicar. Hace tiempo que se está dando algo que, años atrás, hubiese sido impensado –recuerdo los días en que pensaba yo que jamás podría publicar un libro-: los editores me llaman para editarme. Así, Desnuda materia fue publicado a través de una pequeña editora porteña, Ediciones del Árbol, La orilla desierta, por Andrómeda, una editorial de Costa Rica; ahora está en camino Les minutes qui passent, que lanzará Poietes, una editora francesa, libro bilingüe traducido por Frie Flamend y prologado por Stefan Beyst. Lo mismo ocurrió con Roberto Aizenberg. Diálogos con Carlos Barbarito, volumen de bellísima factura que se publicó gracias a Laura Feinsilber, Carlos Espartaco y Federico Klemm. Soy, ante todo, un poeta. Y es a través del prisma de la poesía que veo el fenómeno artístico en general, la vida toda. Es una suma de razón e intuición. Y trato de agotar, si es que ello es posible, las posibilidades. Me muevo de un lado al otro, como ante un gran poliedro. Relaciono, indago, me sumerjo, me pregunto. A veces acierto, otras veces no tanto.

¿Cómo está nuestro país en materia de plástica con relación a Europa?

París le dejó hace tiempo su sitial de caja de resonancias del arte a New York. No hay que pensar demasiado para saber por qué. Hay quienes siguen, en nuestro medio, mirando a París; otros a New York. De todos modos, hace rato que el arte en Europa, con algunas excepciones, dice poco y nada –basta mirar las últimas Bienales de Venecia-, y el arte norteamericano tampoco sorprende últimamente –en conversaciones con los amigos seguimos hablando de de Kooning, de Frank Stella, de Joseph Albers, activos en los sesenta-. Aquí hay quienes imitan, quienes crean, quienes siguen las modas, quienes siguen sus voces interiores. Adivinarán a quiénes elijo. Son bastante más de los que se cree los que trabajan con seriedad, con responsabilidad, con talento. No son, muchas veces, los que llenan con sus obras las galerías de la calle Arroyo o las de Palermo Soho –lugar donde se cuentan veinticuatro galerías en pocas manzanas-. Por eso me alegra profundamente la noticia de exposiciones de Matilde Marín, de Victor Chab, de Mirta Kupferminc, de Germán Gárgano, de Miguel Ocampo, por citar a algunos. No comparemos, no me agradan las comparaciones. Hay un arte argentino que se desarrolla y evoluciona gracias a los que trabajan en silencio y de modo casi ascético. Y, como siempre, el tiempo, como el fuego heraclitiano, al avanzar lo juzgará todo.

¿Cuáles van a ser sus futuros trabajos?

Uno siempre piensa en escribir el Libro y acaba escribiendo un libro. Tengo sospechas, pero no sé realmente cómo serán mis poemas o ensayos futuros. De algo estoy seguro, tendrán la marca de mis uñas y mis fatigas.

Una opinión acerca de cómo esta posicionada Argentina en el mundo cultural y que debería hacer el gobierno para mejorarla.

El arte es de los artistas que lo crean y de las personas que contemplan y entablan diálogos con las obras. No hace mucho estuve en la reapertura de la Confitería del Molino, donde se expuso lo que la Secretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires supone es arte nuevo. Algo patético. Alguien dijo: Se trata del residuo del residuo que se expone en el MAMBA con el rótulo de arte reciente. Allí, evidentemente, no se encuentra ni autenticidad, ni siquiera responsabilidad. Críticos que dominan la escena y determinan, luego son defenestrados y su lugar es ocupado por nuevos críticos que establecen su hegemonía y señalan y expulsan. Cada uno trae su grupo. Justifican lo injustificable con palabras rimbombantes. ¿Qué puedo decir entonces de la llamada política cultural? Si es así, que no hagan nada. Claro, me olvidaba: hay quienes se benefician y de qué modo.

A aquel joven que desea iniciarse como artista plástico, ¿Qué consejo le daría?

Que no siga los consejos de quien siendo poeta tiene la temeridad de escribir sobre arte y nunca agarró un pincel ni se manchó los dedos con pintura.

3 Comments:

Blogger p.marin said...

Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.

8:08 p. m.  
Blogger p.marin said...

Carlos,

he leído esta entrevista y me pareció fantástica la claridad con la que abordás cuestiones como el proceso creativo (Libro - libro) y la irrupción de la curadoría y su (terrible) efecto en la cultura actual.
un abrazo.

11:16 a. m.  
Blogger Carlos Barbarito said...

Amigo p.marin: Es necesario ser claro, tener claridad. O, al menos, cierta claridad. No dudo en afirmar que somos "voces clamando en el desierto", no porque sienta que componemos un círculo de "elegidos" si no porque al menos pretendemos otra cosa, algo diferente ante este panorama que oscila entre la confusión y la vileza. Es mi obsesión establecer vínculos entre unos y otros; me parece que es, lisa y llanamente, un acto de defensa propia. Me acuerdo de una frase de Simón Rodríguez: "o inventamos o erramos". A veces creo que exagero y me calmo. Otras veces siento que no me equivoco al sentir que -ahora hablo de la literatura, pero podríamos extender esto al arte en general- de no mediar la voluntad conjunta todo se dirige velozmente hacia la nada. Editoriales, galerías, curadores, marchands, fundaciones, premios... sus efectos, tenés toda la razón, son devastadores.

3:50 p. m.  

Publicar un comentario

<< Home