martes, noviembre 07, 2006

Esther Cross: Prólogo al libro inédito Libro de sueños y maravillas

Carlos Barbarito cita a Einstein y a Borges. Yo no puedo evitar, entonces, el recuerdo de Wilde, para quien el hombre de acción se ilusiona más que el que sueña. Me aproximo, así, al espacio común de la vida y la literatura, a ese espacio en que conviven realidad y fantasía, en el que la realidad y la fantasía se confunden hasta gozar del mismo crédito; a esa región que algunos califican de paradojal y otros, de onírica.

Como a muchas personas, me complace pensar que si el santo sudario es falso es, asimismo, una auténtica falsificación del siglo I. Sin demorarme en ecuaciones lógicas –que me llevarían tanto a al comprensión como al desencanto-, considero que el sudario y la credulidad secular e imbatible de los hombres constituyen un fenómeno de naturaleza especial, semejante a la de las leyendas y los milagros. Al decir milagro pienso en Leibniz, que dijo que los milagros obedecen a las leyes de la naturaleza, acaso en forma incomprensible para la nuestra, que es tan limitada, o en forma deliberadamente cifrada por Dios. He regresado, cíclica y obsesiva, a las frases de Einstein y de Borges que encabezan este libro.

La ocupación favorita de un amigo es leer bibliotecas. No se trata de una metonimia. Él no abre los libros. Se contenta con estudiar el sistema, el universo bidimensional y sugerente de títulos y autores que figuran en el lomo de los libros. Comprendo su afición. Al igual que él, creo que existen ínfimos, secretos universos en esos sistemas –aparentemente arbitrarios- de letras y nombres.

Leo el Libro de sueños y maravillas con la misma curiosidad con que mi amigo lee bibliotecas. Comprendo la alegría que Borges decía experimentar al descorrer las páginas de una enciclopedia.

Egipto, la India, la Europa bucanera son algunos puntos del viaje total –del viaje del libro- de Carlos Barbarito. Con sólo leer el listado de autores y de fuentes –no siempre buenas, siempre verosímiles, no siempre fidedignas- se accede al mundo de lo maravilloso y el ensueño.

Carlos Barbarito compuso un libro. Dedujo un universo extraordinario de una multitud de libros y de sueños. No cometió excesos. No incurrió en vaguedades eruditas. Tuvo la sagacidad de elegir con prudencia, sin ceder a la tentación de seducir al lector con una profusión de datos y símbolos.

En pocas páginas suceden el origen del mundo y del hombre que lo inventa y lo pronuncia, los robots, las sirenas, el Diluvio Universal, el perro y la pantera. Cada tanto, de la mano de Wilkins o en las aguas del espejo, reaparece Borges, vuelve Einstein, cada uno invariable en sus marcas y obsesiones.

No sé cuántos años tendría cuando leí La isla del tesoro. Recuerdo, en cambio, con nitidez, la emoción que concitó en mí la emoción del protagonista en vísperas de acercarse al tesoro del capitán Flint. No sé cuántos más tendría pero sé que supe que mis islas, océanos, mapas y descubrimientos sucederían en la realidad inagotable, esmerada y extraña de la tipografía de los libros.

Libro de sueños y maravillas me confirma en aquella decisión. He descubierto, asombrada, lo que ya antes, con asombro, había comprendido: que existen lugares en que la realidad y el sueño son equivalentes, que en esos espacios quiero derivar cada uno de los días. El libro de Carlos Barbarito es uno de ellos.