jueves, abril 20, 2006

CARLOS BARBARITO
MARCELO BORDESE Y MIGUEL RONSINO EN EL CENTRO CULTURAL RECOLETA
( 11 de abril de 2006)



Desde pequeños convivimos con la crueldad, con sus representaciones. Supongo que cuando somos niños es natural que eso acontezca, a medida que crecemos nos vamos percatando de ello, no porque cuando éramos niños estábamos ciegos o inconscientes, los niños viven en otro mundo, un mundo que dura pocos años y que a medida que se crece se va abandonando por un mundo diferente, que no es mejor. Lugar común es decir que los artistas seguimos conservando en algún lugar muy profundo algo de ese mundo perdido. Hay verdad en eso. Los niños son crueles - pueden arrancarle los ojos a un gorrión para ver cómo son, por curiosidad-, luego sobreviene, cuando se crece, la perversión -que ya no es asombro o curiosidad, es enfermedad-. Hay un alto grado de crueldad en lo que crean y exponen Bordese y Ronsino, una crueldad de niño que convive con muñecos descosidos y destripa un pajarito para ver cómo es su corazón. Están más próximos al niño que al que necesita maniobras y artificios para gozar -pienso en el que participa en fiestas sexuales previamente organizadas y pagas con tarjetas de crédito y hace como si todo se tratase de un hecho azaroso y hasta mágico-. Pensemos en los cuentos, relatos y leyendas que nos leyeron o leímos cuando niños. Libros que supuestamente son para niños. De todos modos, infinitamente mejores que esos que ahora circulan bajo el rótulo de literatura infantil. Lo que no fue escrito para niños y se destinó a los niños resulta más valioso que lo que se hace especialmente para ellos. Un pequeño inventario: ogros que devoran niños, brujas que los cocinan en el horno, lobos que acechan en el bosque.... Y sin embargo sentimos emoción y gusto al oírlos de boca de papá o mamá o al leerlos. Porque, me parece, son noticias de un mundo que no es remoto ni ajeno, más allá de reyes y reinas y castillos, en ese mundo vivimos cuando niños -un mundo que no es el de la razón, el de la lógica, donde todo puede suceder, y que Lewis Carroll retrataba cada vez que dejaba de ser Charles Dodgson-. Hay algo en la ciencia del siglo XX que me fascina. Ya no se habla de imposibles, se habla de improbables. Es improbable que el agua contenida en un vaso hierva espontáneamente, sin razón aparente, es decir: que las moléculas comiencen a agitarse y rozarse unas con otras, sin que haya fuego que las caliente; pero que no haya sucedido nunca antes no implica que no vaya a suceder alguna vez en el futuro. Esta sustitución del imposible por el improbable me parece una de las nociones más fascinantes de la ciencia contemporánea. Claro, en el mundo de la infancia no hay imposibles y aun lo improbable de la ciencia actual no tiene sentido, todo es posible. Miré una y otra vez las obras. No hay perversión -lo perverso no forma parte del mundo del arte, es dominio de la patología-, hay crueldad. No digamos siniestro -me dijo Alejandro Puga. No lo digo, digo crueldad. Una crueldad que no rechaza la risa, al contrario. Un niño destripa un pajarito, ve su corazón todavía palpitante, se ríe. Lobizones atacan a su presa, en alguna parte dice: ¡date prisa! Imagino al artista sonriendo al hacer su obra y sonreir aún más al verla terminada. Sonrisa que se convierte en risa, que el espectador sabrá captar o no al contemplar la obra, al observar a un cometa con rostro humano que, desde arriba, exclama: ¡Heureux Noel! A un lado de la obra, una lista: Paroxetina, Citalopram, Fluoxetina, Tianeptina, Bupropion, Ceglution... fármacos contra la depresión, las crisis de angustia, las fobias. Lista que se repite en otra obra: Bzzz...Bzzz... La carcajada de la que habla Santana en su texto, dirigida contra la farmacología que se supone cura los males modernos e, incluso, dirigida contra aquello que nos recetan y consumimos para no sumergirnos en la oscuridad. Lo digo: nos han convertido en vampiros. Lo vi anoche: quienes intentaban subir al tren ya atestado, ni se detenían a ver que iban a viajar de todos modos de pie, como autómatas enloquecidos se arrojaban a las puertas de los vagones con el tren aún en movimiento. Daban codazos contra los viejos y las embarazadas. Y así cada día y cada noche. Pero el vampiro busca la vida eterna, la eterna juventud, a través de la sangre de las doncellas; los vampiros actuales apenas un asiento en un tren desvencijado y sucio. Se muerden unos a otros, en un combate sórdido que no trae vida perdurable -la vida perdurable de un vampiro, de por si un infierno- sino un asiento en el que poder sentarse una hora y dormitar un poco luego del trabajo. Vampiros: los lobizones que se disputan la presa, el niño con sombra de lobo, el insecto femenino y monstruoso que succiona leche de los pechos de una niña, otros lobizones (con apariencia de enfermeros) que extienden sus garras sobre siamois soudés par le bassin... Aquí me detengo para una breve reflexión: hablé antes de la carcajada ante la farmacología psiquiátrica, ahora la risa, estentórea, la puedo oir, es ante la escena de la Medicina, de sus símbolos y acciones. Un nombre: Ambroise Paré. En 1570, Paré describió el nacimiento de siameses, Louise et Louis. Ahora, ¿qué decir de los perfiles del ángel abatido y la presencia evanescente del fantasma? La serie se llama Papeles sucios. El arte como tarea de ensuciar papeles. Hace un tiempo me vino la idea de la escritura como suciedad de tinta sobre la hoja en blanco. Santana habla del caos. Me parece notable su afirmación de que el caos aparece cuando perdemos el centro. Recuerdo una frase bíblica: Si pierde la visión, el pueblo será disipado. La cito de memoria y puede no ser exacta. El Centro y la Visión, aquí sinónimos. Si no hay Centro, lo único que puede hacerse, entre tantas sombras y nieblas, es entrever o soñar. Fragmentos. Pedazos. Islas. Pareciera que el mundo sufrió un inmenso cataclismo y los restos flotan a la deriva por todas partes. Hubo un modelo de cosmos con centro, jerarquías y esferas, armónico, hasta musical. No lo hay desde hace mucho. ¿Dónde mirar, para qué lado, a qué aferrarse, de dónde partir? Todo está roto y disperso -lo escribí alguna vez-. Entonces, ¿qué hacer? Lo dije: entrever, soñar, o hacer que regresen los objetos y visiones de la infancia que, de este modo, como bien dice Santana, son ahora fetiches. Modos de conjurar lo que se presenta diseminado, quebrado, aislado, partes de lo que fue, o suponemos que fue, en incesante viaje sin destino a la vista, alejándose unas de otras o chocando unas contra otras. Ante ello, ¿creer en las curas químicas, en la cirujía? Se dice que estamos en tiempos de la razón, la ciencia y la tecnología aseguran, como antes lo hizo la religión, tener las herramientas para salvar al hombre. Sin embargo, sombras, fantasmas, lobizones, vampiros: miremos si no los diarios, centenares de muertos por atentados cada día, guerras, violencia callejera, tráfico de drogas, desocupación, creciente aumento de enfermedades psíquicas... Los mismos desastres, incluso peores, que los que registró Goya en sus días. Sí, se trata de una risa amarga, ya no la risa libre y franca del niño que abre un reloj o un insecto para ver qué misterios atesoran.


San Miguel, 12 de abril de 2006

3 Comments:

Blogger Danza Invisible said...

Hola Carlos!!
Qué sorpresa hallarte!!
Soy tu (todavía) amiga peruana.
Visitaré tu blog a menudo!

11:52 p. m.  
Blogger darrelgonzo2449043407 said...

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Carlos muy bueno tu artículo...
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