martes, octubre 11, 2005

CARLOS BARBARITO
ROBERTO AGUIRRE MOLINA: TINTAS DE ORIENTE JUNTO AL PARANÁ



No hace mucho un intenso color azul llamó mi atención mientras recorría una librería en Buenos Aires. Me acerqué, estaba yo en el extremo opuesto, y vi que se trataba de un frasco con tinta. En ese momento tomé plena conciencia de la fascinación que las tintas, en sus numerosas variantes, me producen desde siempre; recuerdo tardes de lluvias, en mi niñez, en las que dibujaba con tinta china a plumín o, directamente, derramaba la tinta sobre un papel para ver qué efectos producía en la superficie. Sospechaba yo entonces que las tintas constituían todo un mundo de densidades y colores, cosa que fui confirmando a través de los años, y que ahora compruebo una vez más al recorrer la obra de Roberto Aguirre Molina.

El artista es santafecino. Alguna vez, hace muchos años, caminé en una bochornosa tarde de verano, desde la terminal de ómnibus hasta su casa. Allí nos encontramos y charlamos durante horas, él era un pintor, dibujante y fotógrafo incipiente y yo, un poeta menos que eso. Hay una fotografía que registra ese encuentro: éramos muy jóvenes (young dogs, diría Dylan Thomas). Luego, no me acuerdo si nos vimos personalmente en otra ocasión, nos comunicamos hasta hoy a través de innumerables cartas –Roberto me enviaba regularmente sus ediciones que denunciaban una casi obsesiva predilección por la miniatura, por lo que se puede plegar y desplegar, por los juegos de palabras-.

Hablaré de la más reciente etapa en la producción de Aguirre Molina: las tintas. Antes fue la acuarela. Líquido, generalmente negro, que se emplea para escribir –dice el diccionario en su intento de definir la palabra tinta-, de dibujar y pintar no dice nada. No dice nada de una porción del arte que incluye, entre muchos otros, a Régulo Pérez, a Henri Michaux, a Raúl Herrera, a los calígrafos chinos, al Leonardo de, por ejemplo, el Estudio de las proporciones de 1478, a Öyvind Fahlström, a Cy Twombly. Un mundo, dije: la tinta china, base de negro de humo disuelto en aceite, de goma arábiga y aglutinantes; la sepia, extraída del cefalópodo, diluida en agua; la india, similar a la china pero que, me lo comenta el propio artista, se puede aguar cuando la tinta está seca y tiene olor a humedad de la tierra...

Aguirre Molina emplea tanto la tinta china como la india y comenzó trabajando con el pincel redondo y grueso, de manera –me explica- que no intervengan los detalles del pincel fino o finísimo, sino el total, en la hoja. Y prosigue: tomado (el pincel) en el extremo opuesto a los pelos, es poco el 'control' que se puede hacer sobre la forma ( o las formas ) o lo que uno cree 'preconcebir' teniendo como 'aliado' al dibujo. En otras palabras, automatismo; el artista lo dice mejor que yo: . ...entonces, el abandono a la forma que aparece y se sugiere como entidad mas allá de la conciencia. Labores de profunda concentración, de la mano en libertad, que, como bien decía Max Ernst, la obra aparece ante los ojos del artista que más que hacedor es espectador de lo que surge. Hay una íntima relación, en la que los materiales usados son una parte del fenómeno, entre el arte de Aguirre Molina y el arte de los orientales, sobre todo chinos; esto se daba también en la poesía de Juan L. Ortiz (habitante de la otra margen del Paraná) y se percibe en otros artistas de la región. ¿A qué se debe esto, me pregunto, al paisaje fluvial, a un modo de vida que predispone a la contemplación, la labor paciente, silenciosa, ascética?

Silencio, dije. Sin silencio absoluto, cerradas las ventanas a los ruidos exteriores (hay una anotación en los Diarios de Kafka acerca de ello) es imposible que surjan estas tintas. Es imposible que surjan sin que el artista cierre los ojos. Ojos y ventanas cerradas, manifestaciones de una misma intención: sondear en lo interior y más profundo y trasmutarlo (no sé me ocurre otra palabra) en formas a veces difusas y otras veces orgánicas, cargadas de preguntas, llenas de misterio pero siempre vitales, luminosas. En algún momento me parece que el artista captó el estallido de un mundo. En otro, pareciera que un mundo comienza a nacer. Y en ocasiones pienso en alquimia, en cópula, en un raro lodo que ansía que de sí brote una planta, y todo como si todo fuese fruto de un sueño o, mejor, todo fuese ondas en un agua de sueño que se abren en pos de una orilla abierta y plena.

A Roberto Aguirre Molina, el niño que fui y el hombre que ahora soy le damos las gracias.

miércoles, octubre 05, 2005

CARLOS BARBARITO
CLAUDIA BONDER: UNA FOTÓGRAFA EN PRAGA





I




Una palabra surge de inmediato cada vez que se habla de Praga: magia. Y no se trata de una relación caprichosa, todo lo contrario. Alquimia y magia fueron, en el siglo XVI, bajo el reinado de Rodolfo II de Habsburgo, no sólo actividades difundidas sino, también, protegidas desde el Estado. Así, la ciudad estaba impregnada de esoterismo, de disciplinas iniciáticas que, en la llamada callejuela dorada, dentro del castillo del soberano, proliferaban los magos, los alquimistas y los cabalistas provenientes de toda Europa. En la residencia oficial vivían y ejercían sus labores, entre otros, John Dee, coleccionista de extraños libros de misteriosa procedencia, entre ellos el hasta hoy indescifrable Manuscrito Voynich, el chipriota Bradomini, considerado por algunos como un segundo Paracelso, y Edward Kelley, quien sostenía que podía transformar el cobre en oro gracias a un polvo secreto que había extraído de la tumba de un obispo en Gales. Entre los muchos que frecuentaban la callejuela dorada estaba el rabí Low, creador –según la leyenda- de un gigantesco autómata de barro, el Gólem, al que dio vida colocándole en la frente un pergamino con la palabra hebrea meth, que significa verdad. Fue en la Praga rodolfina donde tuvo lugar la primera disección de un cadáver humano de la que se tenga noticia, por obra de Jan Jesensky Jessenius.

Por entonces, Praga ostentaba el raro privilegio de contar con calles que designaban los cuatros metales fundamentales según la Alquimia: Zlatá o del oro, Stríbirná o de la plata, Zélézna o del hierro –que existen todavía- y una que desapareció pero se supone de casi segura existencia, la calle del bronce. En realidad hay dos calles del oro, una en la Ciudad Nueva , cerca de las calles de la plata y del hierro; otra en el castillo, formada por casas muy pequeñas con grandes chimeneas, donde –se cree- moraban los alquimistas al servicio de Rodolfo. Pero la Alquimia no era sólo obsesión del soberano, ya se la practicaba en Bohemia desde el siglo XIV; pero fue Rodolfo quien la difundió de un modo tal que, aún hoy, cuando no vive en la ciudad, al menos oficialmente, ningún alquimista, Praga sigue conservando un áurea de profundo misticismo – que persiste más allá de los embates del tiempo y de la historia en las esferas doradas y puntas de las más de trescientas torres que pueden verse en la ciudad-. No quiero dejar de señalar que en Praga también vivía Tycho de Brahe, que tenía su propio laboratorio alquímico, allí fue donde elaboró un medicamento para la peste; que en Praga estuvo Giordano Bruno, fue en esta ciudad donde publicó varios de sus libros; que luego de la muerte de Tycho le sucedió en el cargo de matemático imperial Johanus Kepler. Y fue allí donde ese homo universale que fue Krystof Harant de Polzice y Bezdruzice compuso los motetes Qui confidunt in Domino y Maria Kron y la misa Missa quinis vocibus super Dolorosi martyr.


Es imposible hablar de Praga sin hablar de los judíos. Ya en el siglo X habitaban el territorio de la Praga actual –los primeros datos de asentamientos son de poco antes, en el siglo IX, cuando, según la leyenda se funda la ciudad-; se ubican en las inmediaciones del castillo de Vysehrad. Ya en 1091 se distinguían dos comunidades que construyeron sus propios sistemas administrativo y religioso y levantaron escuelas y sinagogas.

No siempre fue tranquila la coexistencia de lo judíos con las poblaciones checas y alemanas. Así, en los tiempos de Fernando I de Habsburgo y de María Teresa de Austria los judíos fueron desterrados de los territorios de la corona checa. Esto y otros acontecimientos los obligaron a un aislamiento forzado, sin que se estancara su cultura. La Judería de Praga o Barrio Judío –desde el siglo XVI llamado ghetto- se organizó alrededor de varias sinagogas, la más importante de todas, y la primera, fue construida en el siglo XIII. Y fue en la propia Judería donde sus habitantes fueron obligados a enterrar a sus muertos, así nació el Cementerio Judío. En este cementerio, entre las doce mil tumbas, se encuentra una, esculpida en mármol rosado, la tumba del rabí Low.

Fue por los puentes y las calles pequeñas y empedradas de esta ciudad de más de quince siglos por donde anduvo la fotógrafa Claudia Bonder. El testimonio que lo registra son dos portfolios, uno en blanco y negro y el otro en color. En ellos no sólo hay imágenes de la arquitectura, también las hay de sus habitantes.








II



Detrás de los cristales del café La Ópera, la Avenida Corrientes se puebla de actores y actrices disfrazados de príncipes y princesas, cocineras antiguas, brujas y hadas y deshollinadores, veo a cientos de niños rodearlos con ojos de asombro. Frente a mí, Claudia Bonder me habla de sus portfolios dedicados a Praga. No fue mi intención fijar imágenes de la ciudad turística –me dice -, de inmediato me muestra sus álbumes. Uno a uno voy observo sus trabajos, me detengo en ciertos detalles, le pregunto sobre esto y aquello y siento que Claudia Bonder cumplió con su propósito: su Praga está conformada por sitios ocultos, por esquinas y azoteas imprevistas para quien está acostumbrado a ver la ciudad a partir de guías de viajero, y por sus plazas y callejuelas andan hombres y mujeres que siento muy cercanos a los que ahora, más allá de la ventana, cantan, bailan y entregan volantes a los asombrados niños.

No conozco Praga, de ella sólo sé por las lecturas. En mi casa hay una piedra que una amiga recogió en una de sus callecitas empedradas. Así que, puedo asegurar, en nuestra casa hay un pedazo de la ciudad, mínimo, claro; pero, ¿quién puede afirmar que en un pequeño trozo de ciudad no está contenido toda la ciudad? En esto pienso mientras miro las fotos de Claudia, mientras ella me comenta desde dónde hizo tal toma, cómo la obtuvo, por qué seleccionó ésa y no otra de las decenas de imágenes de la misma ventana, reloj o torre... Y pienso también en lo que generalmente pienso antes de escribir sobre tal o cual cosa: ¿cómo lo hago? ¿de qué hablo y desde qué perspectiva para no caer en lo cien veces ya dicho? Y, sobre todo, ¿podré?

Praga tiene unos doce siglos. Una historia que, a nosotros, habitantes de un mundo reciente, nos parece imposible. Dice una leyenda que la Princesa Libuse y su esposo Premysl fundaron la ciudad destinada a ser, con el tiempo, en el núcleo político y económico del reino de Bohemia. Ubicada a orillas del Moldava, Praga es la ciudad de las cúpulas, del castillo de Hradcany dentro del cual está la catedral de San Vito, de numerosas iglesias y palacios barrocos, del barrio Josefov donde se levantan la sinagoga vieja y el antiguo cementerio judío. Es, además de los escritores citados por la propia fotógrafa, la ciudad natal de los músicos Smetana y Dvorak, del escritor Jaroslav Hasek. Pero, de nuevo, no estuve en Praga y mal puede hablar de un lugar tan cargado de historia como esa ciudad alguien que nunca pasó la yema de los dedos por sus muros o anduvo en la niebla por alguno de sus puentes. Entonces, hablaré de Praga a través de los ojos de Claudia Bonder, que sí lo hizo, mejor: hablaré de la Praga que sus ojos vieron a través de la lente y que la artista fijó en el papel sensible.

Claudia Bonder escogió –repito- otra Praga. Eligió sitios distintos a los conocidos, se alejó de lo convencional y no por ello traicionó el espíritu de la ciudad. Al contrario, logró potenciar una atmósfera cargada de magia, de misticismo. Fotos que son recortes de una urbe varias veces centenaria que, en ocasiones, parecen exiguos, humildes y, sin embargo, como en el caso de la piedra, ¿quién puede decir que no la representan o contienen? En la ardua tarea y aún más ardua selección se registra el doble y eterno juego de saber e intuición: lo técnico para graduar la luz, para ubicarse en un lugar determinado, para incorporar o desechar un detalle, lo intuitivo para guiarse por un dédalo de calles y callejuelas hasta un sitio donde espera lo mágico, lo inefable. ¿Y qué mejor lugar en el mundo para celebrar el matrimonio alquímico de ciencia y sueño que Praga?


III

Yo veo la fotografía en blanco y negro como la
vida al otro lado del espejo: la que posee la magia,
proclive a la intemporalidad y a la poesía, y proclive
también a volverse un retazo esencial de la memoria
y la nostalgia.
Esteban Moreno


De los portfolios me parece que el que contiene fotografías en blanco y negro es el que mejor representa a Praga. Lo oí alguna vez en alguna parte: el blanco y negro da sensación de eternidad. Praga, ella me lo dijo y me lo dijeron muchos que estuvieron allí, parece una urbe sin tiempo, eterna. Nada mejor, entonces, que prescindir de los colores –que producen inmediatez- para retratarla. Veo a la fotografía en blanco y negro como algo más puro –sostiene Roger Deakins, cinematógrafo de los hermanos Cohen. Imagen de pureza esencial para captar iglesias, sinagogas, cementerios y pasajes donde parece refugiarse el espíritu. Nada más difícil que el blanco y negro –me confesó la fotógrafa. Así, la labor deviene ardua, compleja, que va más allá de la cuestión técnica, porque –siempre tuve esta idea- el blanco y negro llega hasta lo esencial, lo atemporal.

Estamos, pues, en el universo de la poesía, de lo poético. En una poesía ascética, grave, sobria. En el blanco y negro de Claudia Bonder se da con precisión aquello que lo caracteriza: un equilibrado juego entre luces y sombras, opuestos –apunta Milagros González C. en un ensayo sobre Manuel Álvarez Bravo- que se condicionan mutuamente. Una calle donde tocan los músicos –recuerdo una anotación en el diario de Kafka acerca de músicos que tocan en un tranvía- y, casi de inmediato, las lápidas del antiguo cementerio. La luz y la oscuridad, la vida y la muerte –de nuevo Milagros González C.-, el fotógrafo juega con la luz, con la oscuridad y la escala de grises que existen entre ambas. Otra fotografía muestra un puente. Abajo, corren las aguas del Moldava, que vieron los ojos de Petrarca, que residió una temporada en la ciudad. Otra captura un detalle del viejo Ayuntamiento desde cuya máxima altura es posible ver –como lo vio Claudia Bonder a través de su cámara- el laberinto de las callejuelas, las cúpulas y las torres, y la plaza en la que todavía Jan Huss es seguido por el pueblo . Todo, inevitablemente conduce a Kafka. Joan Mas escribió al respecto: Kafka y Praga son casi sinónimos: por el puente de Carlos pasea una mujer solitaria, podría ser la criada Leni. ¡El artista que vende acuarelas entre las estatuas de Santa Ana y el Calvario se parece tanto al pintor Tintorelli...! El encargado de la tienda de cristales de Bohemia guarda un enorme parecido con el comerciante Block. Una joven observa el reloj astronómico del Ayuntamiento; espera a alguien: quizás sea la señorita Bürnster. En la entrada de los Jardines Botánicos un hombre pasea meditabundo. Creo que se trata del agrimensor K.; aunque bien podría ser el mensajero Bernabé. Todos ellos son personajes creados por Kafka. Ahora son habitantes de Praga.

Pero Claudia Bonder no se detuvo en la arquitectura, buscó a los habitantes de Praga. Ésos que, durante la ocupación soviética que puso a fin a la Primavera, arrancaron las chapas con nombres de calles y los números de las casas para evitar los arrestos. Ésos no diferentes de los que agasajaron de tal modo al Mozart autor de la obertura de Don Juan que fue muy difícil para el empresario sacarlo de los salones para reintegrarlo al trabajo. Ésos por los que tal vez – imagino- por su sangre corra un poco de la sangre celta, la de los Boios, llegados hace veinticinco siglos. Músicos de la calle, hombres y mujeres que trabajan, beben café o miran con cierto dejo de ironía hacia la cámara, todos acostumbrados a atravesar pasadizos neblinosos entre muros que el tiempo castiga sin victoria aparente. Evité que miraran hacia la cámara –me dijo Claudia Bonder- y el recurso no resulta gratuito, cada fotografía gana en autenticidad.

Antes de despedirnos, le pregunté a Claudia Bonder por qué Praga y no otras ciudades, por qué no Buenos Aires. No lo sé –me respondió-, algo poderoso me impulsó a hacerlo. Respuesta más que satisfactoria teniendo en cuenta de qué lugar en el mundo estamos hablando. Y si no, oigamos la declaración de un sobreviviente del Holocausto: El Gólem no había desaparecido y aún en época de guerra salía de su guarida para cuidar la sinagoga. Cuando los nazis ocuparon Praga, decidieron destruir el Altneuschul (sinagoga y escuela).Vinieron a hacerlo y de repente, en el silencio de la sinagoga, los pasos de un gigante caminando en el techo comenzaron a escucharse. Vieron la sombra de una mano gigante cayendo desde la ventana al piso… los nazis estaban aterrados dejaron todas sus cosas y huyeron lejos. Yo sé que hay una explicación racional para todo, la sinagoga es antigua y cada ruidito genera un eco que reverbera muchas veces, como por ejemplo los pasos. También los vidrios son viejos y los marcos están deformados y proyectan sombras distorsionadas, formando formas raras sobre el piso. La pata de un gorrión forma la mano de un gigante en el piso… y aún así… hay algo.


Bibliografía:

Borges, Jorge Luis. Obras completas, 1952-1972, Buenos Aires, Emecé, 1996.
Kroca, Slavica. Alquimistas en la corte de Rodolfo II. En: http://www.nueva-acropolis.org.ar/NA_Art_Alquimista_RodII.htm
Fajkusová, Andrea. Música en la Praga rodolfina. En: http://www.radio.cz/es/articulo/32500
Manethová, Eva. Alquimia en Chequia. En: http://archiv.radio.cz/espanol/historia/leyenda.phtml?cislo=2
Gómez Gavinoser, Ileana Andrea. Entrevista a Esteban Moreno. En: http://www.elangelcaido.org/muestras/emoreno/emorenoent.html
González C., Milagros. Manuel Álvarez Bravo, artista de México, artista del mundo. En: http://dgtve.sep.gob.mx/tve/eduaula/historico/edu_170/02.htm
Mas, Joan. Kafka y Praga son casi sinónimos. En: http://www.le-es.com/rin_ciu_praga.htm
Archivos de Folklore Judío, Haifa, No. 11383, 1945.













lunes, octubre 03, 2005


CARLOS BARBARITO
MARÍA GRACIA SUBERCASEAUX: LA ÚLTIMA SOLEDAD





El cuerpo tiene plazo, fijado en días, noches y años. Es combustible. El frío y el calor excesivo lo dañan. Es la última soledad o el lugar donde se da la sensualidad, el deseo, lo erótico. A propósito: ayer leí una frase de Kierkegaard, la sensualidad es una creación del Cristianismo. El pensamiento cristiano, al darle hegemonía al espíritu, separó lo sensual y lo intentó excluir; consiguió así, muy a su pesar, otorgarle autonomía y lo potenció. El cuerpo vive en un eterno presente. Sólo de ese modo logra mantener lejos a la muerte. Vida y cuerpo son conceptos inseparables: un cuerpo sólo es cuerpo cuando está vivo; un cuerpo muerto deja de ser cuerpo para convertirse en despojo, en sombra. Ya me lo pregunté otras veces antes: ¿por qué fijar la imagen de un cuerpo, propio o ajeno, por qué pintar o fotografiar un cuerpo desnudo? ¿Fijarlo en un instante preciso, salvarlo de la enfermedad y la muerte? ¿Celebración de la vida de ese cuerpo, deleite ante su desnudez? Hay tantos desnudos como pintores y fotógrafos. No hay una mirada igual a otra y las imágenes van desde la inocencia del paraíso bíblico (algo que Manet logró al reunir en una misma escena personajes vestidos y desnudos que no manifiestan preocupación alguna) hasta sutiles o rudas perversiones (pienso en las abismales criaturas de Santerineross).

Ante el arte de María Gracia Subercaseaux, desde la primera de mis numerosas frecuentaciones, me surge una duda: ¿se trata de sensualidad, de erotismo o de manifestación de una invencible soledad? Me parece que lo segundo. No se trata de esos desnudos que se regodean con su desnudez, felices por el mero hecho de estar desnudos. Es otra cosa, es la manifestación de algo diferente, una lucha silenciosa (no hay sonido en la fotografía de María Gracia, al menos yo no consigo oír su música) contra la soledad. Los desnudos (el propio, otros) están solos y ante la cámara se tienden, se extienden o contraen, se apoyan contra paredes o rocas, permanecen entre sábanas, sobre la arena. No encontré en ninguna foto de María Gracia un grupo de desnudos, ni siquiera dos cuerpos desnudos. Cuando hay un grupo, como en la serie Besarte, todos están vestidos. Pareciera, entonces, que desnudo, en Subercaseaux, es sinónimo de uno y solitario. Incluso, esa soledad aparece en las series de paisajes, donde no hay figuras humanas: ventisqueros, hielos, bosques en invierno, campos desolados –hay una excepción, una manada de ovejas, pero inmóviles-.

Hay dos momentos excepcionales en Subercaseaux. Uno, cuando el desnudo se enfrenta con el espejo. Otro, cuando se sumerge en el agua. En el primer caso es cuando la soledad encuentra su clímax, porque el espejo apenas si devuelve la propia imagen. Así siempre, aun cuando el desnudo lleve a cabo maniobras, simulacros, juegos de seducción. Sí, también, lo que el espejo devuelve, muchas veces, es la imagen del absoluto desconocido que es uno mismo ante uno mismo, eso potencia aún más la soledad. Hay en el arte de María Gracia, aquí, algo patético pero también conmovedor. Me parece que en la serie Agua el cuerpo encuentra, al menos de modo fugaz, algo parecido a la libertad, una proximidad con la plenitud. Al nadar, al dejarse mojar, al ir contra la corriente o al permitir que la corriente lo lleve, el cuerpo encuentra no el paraíso, pero sí llega a contemplar sus cenizas. Pero María Gracia no se traiciona, es consecuente consigo misma, no se contradice: bajo el agua el cuerpo se estira, se mueve, olvida, pero el agua, en cada imagen, se transforma en espejo y el cuerpo se refleja allí, parece una sombra a veces, otra vez veces el reflejo casi se disgrega, pero no deja nunca de recordarle al que contempla qué somos, de qué estamos hechos y cuál es, en definitiva, nuestro destino.