lunes, octubre 03, 2005


CARLOS BARBARITO
MARÍA GRACIA SUBERCASEAUX: LA ÚLTIMA SOLEDAD





El cuerpo tiene plazo, fijado en días, noches y años. Es combustible. El frío y el calor excesivo lo dañan. Es la última soledad o el lugar donde se da la sensualidad, el deseo, lo erótico. A propósito: ayer leí una frase de Kierkegaard, la sensualidad es una creación del Cristianismo. El pensamiento cristiano, al darle hegemonía al espíritu, separó lo sensual y lo intentó excluir; consiguió así, muy a su pesar, otorgarle autonomía y lo potenció. El cuerpo vive en un eterno presente. Sólo de ese modo logra mantener lejos a la muerte. Vida y cuerpo son conceptos inseparables: un cuerpo sólo es cuerpo cuando está vivo; un cuerpo muerto deja de ser cuerpo para convertirse en despojo, en sombra. Ya me lo pregunté otras veces antes: ¿por qué fijar la imagen de un cuerpo, propio o ajeno, por qué pintar o fotografiar un cuerpo desnudo? ¿Fijarlo en un instante preciso, salvarlo de la enfermedad y la muerte? ¿Celebración de la vida de ese cuerpo, deleite ante su desnudez? Hay tantos desnudos como pintores y fotógrafos. No hay una mirada igual a otra y las imágenes van desde la inocencia del paraíso bíblico (algo que Manet logró al reunir en una misma escena personajes vestidos y desnudos que no manifiestan preocupación alguna) hasta sutiles o rudas perversiones (pienso en las abismales criaturas de Santerineross).

Ante el arte de María Gracia Subercaseaux, desde la primera de mis numerosas frecuentaciones, me surge una duda: ¿se trata de sensualidad, de erotismo o de manifestación de una invencible soledad? Me parece que lo segundo. No se trata de esos desnudos que se regodean con su desnudez, felices por el mero hecho de estar desnudos. Es otra cosa, es la manifestación de algo diferente, una lucha silenciosa (no hay sonido en la fotografía de María Gracia, al menos yo no consigo oír su música) contra la soledad. Los desnudos (el propio, otros) están solos y ante la cámara se tienden, se extienden o contraen, se apoyan contra paredes o rocas, permanecen entre sábanas, sobre la arena. No encontré en ninguna foto de María Gracia un grupo de desnudos, ni siquiera dos cuerpos desnudos. Cuando hay un grupo, como en la serie Besarte, todos están vestidos. Pareciera, entonces, que desnudo, en Subercaseaux, es sinónimo de uno y solitario. Incluso, esa soledad aparece en las series de paisajes, donde no hay figuras humanas: ventisqueros, hielos, bosques en invierno, campos desolados –hay una excepción, una manada de ovejas, pero inmóviles-.

Hay dos momentos excepcionales en Subercaseaux. Uno, cuando el desnudo se enfrenta con el espejo. Otro, cuando se sumerge en el agua. En el primer caso es cuando la soledad encuentra su clímax, porque el espejo apenas si devuelve la propia imagen. Así siempre, aun cuando el desnudo lleve a cabo maniobras, simulacros, juegos de seducción. Sí, también, lo que el espejo devuelve, muchas veces, es la imagen del absoluto desconocido que es uno mismo ante uno mismo, eso potencia aún más la soledad. Hay en el arte de María Gracia, aquí, algo patético pero también conmovedor. Me parece que en la serie Agua el cuerpo encuentra, al menos de modo fugaz, algo parecido a la libertad, una proximidad con la plenitud. Al nadar, al dejarse mojar, al ir contra la corriente o al permitir que la corriente lo lleve, el cuerpo encuentra no el paraíso, pero sí llega a contemplar sus cenizas. Pero María Gracia no se traiciona, es consecuente consigo misma, no se contradice: bajo el agua el cuerpo se estira, se mueve, olvida, pero el agua, en cada imagen, se transforma en espejo y el cuerpo se refleja allí, parece una sombra a veces, otra vez veces el reflejo casi se disgrega, pero no deja nunca de recordarle al que contempla qué somos, de qué estamos hechos y cuál es, en definitiva, nuestro destino.