miércoles, octubre 05, 2005

CARLOS BARBARITO
CLAUDIA BONDER: UNA FOTÓGRAFA EN PRAGA





I




Una palabra surge de inmediato cada vez que se habla de Praga: magia. Y no se trata de una relación caprichosa, todo lo contrario. Alquimia y magia fueron, en el siglo XVI, bajo el reinado de Rodolfo II de Habsburgo, no sólo actividades difundidas sino, también, protegidas desde el Estado. Así, la ciudad estaba impregnada de esoterismo, de disciplinas iniciáticas que, en la llamada callejuela dorada, dentro del castillo del soberano, proliferaban los magos, los alquimistas y los cabalistas provenientes de toda Europa. En la residencia oficial vivían y ejercían sus labores, entre otros, John Dee, coleccionista de extraños libros de misteriosa procedencia, entre ellos el hasta hoy indescifrable Manuscrito Voynich, el chipriota Bradomini, considerado por algunos como un segundo Paracelso, y Edward Kelley, quien sostenía que podía transformar el cobre en oro gracias a un polvo secreto que había extraído de la tumba de un obispo en Gales. Entre los muchos que frecuentaban la callejuela dorada estaba el rabí Low, creador –según la leyenda- de un gigantesco autómata de barro, el Gólem, al que dio vida colocándole en la frente un pergamino con la palabra hebrea meth, que significa verdad. Fue en la Praga rodolfina donde tuvo lugar la primera disección de un cadáver humano de la que se tenga noticia, por obra de Jan Jesensky Jessenius.

Por entonces, Praga ostentaba el raro privilegio de contar con calles que designaban los cuatros metales fundamentales según la Alquimia: Zlatá o del oro, Stríbirná o de la plata, Zélézna o del hierro –que existen todavía- y una que desapareció pero se supone de casi segura existencia, la calle del bronce. En realidad hay dos calles del oro, una en la Ciudad Nueva , cerca de las calles de la plata y del hierro; otra en el castillo, formada por casas muy pequeñas con grandes chimeneas, donde –se cree- moraban los alquimistas al servicio de Rodolfo. Pero la Alquimia no era sólo obsesión del soberano, ya se la practicaba en Bohemia desde el siglo XIV; pero fue Rodolfo quien la difundió de un modo tal que, aún hoy, cuando no vive en la ciudad, al menos oficialmente, ningún alquimista, Praga sigue conservando un áurea de profundo misticismo – que persiste más allá de los embates del tiempo y de la historia en las esferas doradas y puntas de las más de trescientas torres que pueden verse en la ciudad-. No quiero dejar de señalar que en Praga también vivía Tycho de Brahe, que tenía su propio laboratorio alquímico, allí fue donde elaboró un medicamento para la peste; que en Praga estuvo Giordano Bruno, fue en esta ciudad donde publicó varios de sus libros; que luego de la muerte de Tycho le sucedió en el cargo de matemático imperial Johanus Kepler. Y fue allí donde ese homo universale que fue Krystof Harant de Polzice y Bezdruzice compuso los motetes Qui confidunt in Domino y Maria Kron y la misa Missa quinis vocibus super Dolorosi martyr.


Es imposible hablar de Praga sin hablar de los judíos. Ya en el siglo X habitaban el territorio de la Praga actual –los primeros datos de asentamientos son de poco antes, en el siglo IX, cuando, según la leyenda se funda la ciudad-; se ubican en las inmediaciones del castillo de Vysehrad. Ya en 1091 se distinguían dos comunidades que construyeron sus propios sistemas administrativo y religioso y levantaron escuelas y sinagogas.

No siempre fue tranquila la coexistencia de lo judíos con las poblaciones checas y alemanas. Así, en los tiempos de Fernando I de Habsburgo y de María Teresa de Austria los judíos fueron desterrados de los territorios de la corona checa. Esto y otros acontecimientos los obligaron a un aislamiento forzado, sin que se estancara su cultura. La Judería de Praga o Barrio Judío –desde el siglo XVI llamado ghetto- se organizó alrededor de varias sinagogas, la más importante de todas, y la primera, fue construida en el siglo XIII. Y fue en la propia Judería donde sus habitantes fueron obligados a enterrar a sus muertos, así nació el Cementerio Judío. En este cementerio, entre las doce mil tumbas, se encuentra una, esculpida en mármol rosado, la tumba del rabí Low.

Fue por los puentes y las calles pequeñas y empedradas de esta ciudad de más de quince siglos por donde anduvo la fotógrafa Claudia Bonder. El testimonio que lo registra son dos portfolios, uno en blanco y negro y el otro en color. En ellos no sólo hay imágenes de la arquitectura, también las hay de sus habitantes.








II



Detrás de los cristales del café La Ópera, la Avenida Corrientes se puebla de actores y actrices disfrazados de príncipes y princesas, cocineras antiguas, brujas y hadas y deshollinadores, veo a cientos de niños rodearlos con ojos de asombro. Frente a mí, Claudia Bonder me habla de sus portfolios dedicados a Praga. No fue mi intención fijar imágenes de la ciudad turística –me dice -, de inmediato me muestra sus álbumes. Uno a uno voy observo sus trabajos, me detengo en ciertos detalles, le pregunto sobre esto y aquello y siento que Claudia Bonder cumplió con su propósito: su Praga está conformada por sitios ocultos, por esquinas y azoteas imprevistas para quien está acostumbrado a ver la ciudad a partir de guías de viajero, y por sus plazas y callejuelas andan hombres y mujeres que siento muy cercanos a los que ahora, más allá de la ventana, cantan, bailan y entregan volantes a los asombrados niños.

No conozco Praga, de ella sólo sé por las lecturas. En mi casa hay una piedra que una amiga recogió en una de sus callecitas empedradas. Así que, puedo asegurar, en nuestra casa hay un pedazo de la ciudad, mínimo, claro; pero, ¿quién puede afirmar que en un pequeño trozo de ciudad no está contenido toda la ciudad? En esto pienso mientras miro las fotos de Claudia, mientras ella me comenta desde dónde hizo tal toma, cómo la obtuvo, por qué seleccionó ésa y no otra de las decenas de imágenes de la misma ventana, reloj o torre... Y pienso también en lo que generalmente pienso antes de escribir sobre tal o cual cosa: ¿cómo lo hago? ¿de qué hablo y desde qué perspectiva para no caer en lo cien veces ya dicho? Y, sobre todo, ¿podré?

Praga tiene unos doce siglos. Una historia que, a nosotros, habitantes de un mundo reciente, nos parece imposible. Dice una leyenda que la Princesa Libuse y su esposo Premysl fundaron la ciudad destinada a ser, con el tiempo, en el núcleo político y económico del reino de Bohemia. Ubicada a orillas del Moldava, Praga es la ciudad de las cúpulas, del castillo de Hradcany dentro del cual está la catedral de San Vito, de numerosas iglesias y palacios barrocos, del barrio Josefov donde se levantan la sinagoga vieja y el antiguo cementerio judío. Es, además de los escritores citados por la propia fotógrafa, la ciudad natal de los músicos Smetana y Dvorak, del escritor Jaroslav Hasek. Pero, de nuevo, no estuve en Praga y mal puede hablar de un lugar tan cargado de historia como esa ciudad alguien que nunca pasó la yema de los dedos por sus muros o anduvo en la niebla por alguno de sus puentes. Entonces, hablaré de Praga a través de los ojos de Claudia Bonder, que sí lo hizo, mejor: hablaré de la Praga que sus ojos vieron a través de la lente y que la artista fijó en el papel sensible.

Claudia Bonder escogió –repito- otra Praga. Eligió sitios distintos a los conocidos, se alejó de lo convencional y no por ello traicionó el espíritu de la ciudad. Al contrario, logró potenciar una atmósfera cargada de magia, de misticismo. Fotos que son recortes de una urbe varias veces centenaria que, en ocasiones, parecen exiguos, humildes y, sin embargo, como en el caso de la piedra, ¿quién puede decir que no la representan o contienen? En la ardua tarea y aún más ardua selección se registra el doble y eterno juego de saber e intuición: lo técnico para graduar la luz, para ubicarse en un lugar determinado, para incorporar o desechar un detalle, lo intuitivo para guiarse por un dédalo de calles y callejuelas hasta un sitio donde espera lo mágico, lo inefable. ¿Y qué mejor lugar en el mundo para celebrar el matrimonio alquímico de ciencia y sueño que Praga?


III

Yo veo la fotografía en blanco y negro como la
vida al otro lado del espejo: la que posee la magia,
proclive a la intemporalidad y a la poesía, y proclive
también a volverse un retazo esencial de la memoria
y la nostalgia.
Esteban Moreno


De los portfolios me parece que el que contiene fotografías en blanco y negro es el que mejor representa a Praga. Lo oí alguna vez en alguna parte: el blanco y negro da sensación de eternidad. Praga, ella me lo dijo y me lo dijeron muchos que estuvieron allí, parece una urbe sin tiempo, eterna. Nada mejor, entonces, que prescindir de los colores –que producen inmediatez- para retratarla. Veo a la fotografía en blanco y negro como algo más puro –sostiene Roger Deakins, cinematógrafo de los hermanos Cohen. Imagen de pureza esencial para captar iglesias, sinagogas, cementerios y pasajes donde parece refugiarse el espíritu. Nada más difícil que el blanco y negro –me confesó la fotógrafa. Así, la labor deviene ardua, compleja, que va más allá de la cuestión técnica, porque –siempre tuve esta idea- el blanco y negro llega hasta lo esencial, lo atemporal.

Estamos, pues, en el universo de la poesía, de lo poético. En una poesía ascética, grave, sobria. En el blanco y negro de Claudia Bonder se da con precisión aquello que lo caracteriza: un equilibrado juego entre luces y sombras, opuestos –apunta Milagros González C. en un ensayo sobre Manuel Álvarez Bravo- que se condicionan mutuamente. Una calle donde tocan los músicos –recuerdo una anotación en el diario de Kafka acerca de músicos que tocan en un tranvía- y, casi de inmediato, las lápidas del antiguo cementerio. La luz y la oscuridad, la vida y la muerte –de nuevo Milagros González C.-, el fotógrafo juega con la luz, con la oscuridad y la escala de grises que existen entre ambas. Otra fotografía muestra un puente. Abajo, corren las aguas del Moldava, que vieron los ojos de Petrarca, que residió una temporada en la ciudad. Otra captura un detalle del viejo Ayuntamiento desde cuya máxima altura es posible ver –como lo vio Claudia Bonder a través de su cámara- el laberinto de las callejuelas, las cúpulas y las torres, y la plaza en la que todavía Jan Huss es seguido por el pueblo . Todo, inevitablemente conduce a Kafka. Joan Mas escribió al respecto: Kafka y Praga son casi sinónimos: por el puente de Carlos pasea una mujer solitaria, podría ser la criada Leni. ¡El artista que vende acuarelas entre las estatuas de Santa Ana y el Calvario se parece tanto al pintor Tintorelli...! El encargado de la tienda de cristales de Bohemia guarda un enorme parecido con el comerciante Block. Una joven observa el reloj astronómico del Ayuntamiento; espera a alguien: quizás sea la señorita Bürnster. En la entrada de los Jardines Botánicos un hombre pasea meditabundo. Creo que se trata del agrimensor K.; aunque bien podría ser el mensajero Bernabé. Todos ellos son personajes creados por Kafka. Ahora son habitantes de Praga.

Pero Claudia Bonder no se detuvo en la arquitectura, buscó a los habitantes de Praga. Ésos que, durante la ocupación soviética que puso a fin a la Primavera, arrancaron las chapas con nombres de calles y los números de las casas para evitar los arrestos. Ésos no diferentes de los que agasajaron de tal modo al Mozart autor de la obertura de Don Juan que fue muy difícil para el empresario sacarlo de los salones para reintegrarlo al trabajo. Ésos por los que tal vez – imagino- por su sangre corra un poco de la sangre celta, la de los Boios, llegados hace veinticinco siglos. Músicos de la calle, hombres y mujeres que trabajan, beben café o miran con cierto dejo de ironía hacia la cámara, todos acostumbrados a atravesar pasadizos neblinosos entre muros que el tiempo castiga sin victoria aparente. Evité que miraran hacia la cámara –me dijo Claudia Bonder- y el recurso no resulta gratuito, cada fotografía gana en autenticidad.

Antes de despedirnos, le pregunté a Claudia Bonder por qué Praga y no otras ciudades, por qué no Buenos Aires. No lo sé –me respondió-, algo poderoso me impulsó a hacerlo. Respuesta más que satisfactoria teniendo en cuenta de qué lugar en el mundo estamos hablando. Y si no, oigamos la declaración de un sobreviviente del Holocausto: El Gólem no había desaparecido y aún en época de guerra salía de su guarida para cuidar la sinagoga. Cuando los nazis ocuparon Praga, decidieron destruir el Altneuschul (sinagoga y escuela).Vinieron a hacerlo y de repente, en el silencio de la sinagoga, los pasos de un gigante caminando en el techo comenzaron a escucharse. Vieron la sombra de una mano gigante cayendo desde la ventana al piso… los nazis estaban aterrados dejaron todas sus cosas y huyeron lejos. Yo sé que hay una explicación racional para todo, la sinagoga es antigua y cada ruidito genera un eco que reverbera muchas veces, como por ejemplo los pasos. También los vidrios son viejos y los marcos están deformados y proyectan sombras distorsionadas, formando formas raras sobre el piso. La pata de un gorrión forma la mano de un gigante en el piso… y aún así… hay algo.


Bibliografía:

Borges, Jorge Luis. Obras completas, 1952-1972, Buenos Aires, Emecé, 1996.
Kroca, Slavica. Alquimistas en la corte de Rodolfo II. En: http://www.nueva-acropolis.org.ar/NA_Art_Alquimista_RodII.htm
Fajkusová, Andrea. Música en la Praga rodolfina. En: http://www.radio.cz/es/articulo/32500
Manethová, Eva. Alquimia en Chequia. En: http://archiv.radio.cz/espanol/historia/leyenda.phtml?cislo=2
Gómez Gavinoser, Ileana Andrea. Entrevista a Esteban Moreno. En: http://www.elangelcaido.org/muestras/emoreno/emorenoent.html
González C., Milagros. Manuel Álvarez Bravo, artista de México, artista del mundo. En: http://dgtve.sep.gob.mx/tve/eduaula/historico/edu_170/02.htm
Mas, Joan. Kafka y Praga son casi sinónimos. En: http://www.le-es.com/rin_ciu_praga.htm
Archivos de Folklore Judío, Haifa, No. 11383, 1945.