lunes, junio 27, 2005

Héctor Rosales. Prólogo de Piedra encerrada en piedra de Carlos Barbarito

Los textos que vienen a estas páginas de la mano del poeta Carlos Barbarito entablan diálogos anteriores al lector que ahora los visita. Otro tanto ha ocurrido, en buena medida, a lo largo de la obra de este autor argentino, de hondo aliento humanista, y dolorida, sincera, precisa visión del hombre y su complejo entorno.Son diálogos con otros creadores, citas en la memoria que darán lugar al entramado de percepciones, interpretaciones, nuevas maneras de abordar sucesos ajenos, que también son propios y, en suma, universales. En el trayecto marcado por estos poemas estarán, entonces, los ecos de un músico: John Cage, de un escritor: Marcel Proust, y de varios artistas plásticos: Frida Kahlo, Rothko, Ernst, Hopper, Motherwell, Klimt y la fotógrafa, aquí fotografiada con palabras, Tina Modotti. De ese intercambio cultural, donde se tamizan actitudes, vivencias y desenlaces, el poeta mantendrá luego su característico diálogo con el lector, el otro pacto, “como otro entra al espejo” de sus versos.Quien nos habla en los poemas nació al sur del mundo, un ámbito de relojes temibles, arqueros de la melancolía, que disparan sus agujas al centro del pecho, o traicionan cualquier espalda que los ignore. Las horas dudan sin norte que valga, crecen solitarias bajo el titilar de señales fronterizas.A veces pienso en el arte como en un viejo árbol, castigado por miles de vientos, y sin embargo erguido frente al acantilado de la incertidumbre existencial, afrontando al tiempo y sus velados designios. El árbol mira, cuestiona y expresa lo que ocurre a través de sus ramas, cada una de ellas (música, pintura, danza, etc.) portadora de hojas que dejan su rastro en la madera y se renuevan al compás de las estaciones. Caja hoja es un autor, un intérprete que calcula la situación de las raíces (necesidad de afirmarse en la rama) para después entablar su batalla particular con el acantilado.“¿Cuánto mide y pesa ahora la tierra?” ¿Cuánto en el sur? Porque las hojas que allí se agitan tienen muy claro que “la herida [del vivir] no es curable”. Los poetas sureños se preguntan, seguramente con angustia familiar a Frida: “¿cómo soterrar el dolor, / encontrar certeza más allá del cansancio?” Mientras se aferran a su rama (“la vida anuda”) y comunican su frágil, fugaz estancia en la intemperie, “a los pies del más perfecto desconocido”. “Lejos, el carnaval de lo ficticio”. En el aire el grito sordo de la hoja, y en la rama el musgo, que pactará la longitud del presente y será vacía escarapela del mañana. En el entreacto arderá la palabra cual hogar donde salvarse del desamparo. Quizás junto a Max Ernst y Barbarito habría que “erigir una casa / en el desierto” y dentro cumplir la vida a lomos del deseo, “libre de cifra”. Aunque habitamos el árbol, y sus raíces son madres, padres, hijos y amigos en nuestro pulso vital, referencias terrestres, datos del espíritu y jirones de tiempo que cosemos, remendamos con más fiebre que paciencia.Pero cabe recordar que hay un “pacto de la rama con el musgo”, un espacio tallado con luces, tajos, respiraciones, pequeños cristales, humos de barcos, mapas que dejaron los pájaros desertores, voces y nervaduras de otras hojas ya vencidas por el otoño.El sobrio y honesto escritor argentino participa de este pacto, lo comparte con nosotros.Y el pacto tiene nombre: poesía.