lunes, junio 27, 2005

Guillermo Eduardo Pilía: A propósito de Desnuda materia de Carlos Barbarito

Hace muchos años que vengo afirmando que Carlos Barbarito es uno de los mejores poetas de esa generación a la que muchos llaman “del 80” y que yo prefiero llamar “del 78”, por motivos que no es ahora el momento de consignar. No sé si mi juicio tendrá algún valor o autoridad, pero al menos resultará poco frecuente, por cuanto yo mismo pertenezco a esa generación; y lo que por hábito se estila es reconocer los méritos de poetas de mayor edad o bien de los más jóvenes, pero casi nunca de los que están corriendo nuestra misma carrera. Más allá de esta circunstancia, creo que Desnuda materia es un trabajo que bien se podría tomar como paradigma para fundamentar ese juicio en forma medianamente objetiva.Por lo pronto, la ambigüedad del título nos presenta una característica que es bastante fácil de hallar en la poesía de Carlos Barbarito. La “desnuda materia” es tanto la que nos conforma —y da sustento a nuestra precariedad existencial— como la “desnuda materia” de la poesía, la “desnuda palabra”, en el sentido de menesterosa e insuficiente, pero también de despojada de toda retórica, de todo artificio que pudiera falsear la visión más cruda de la realidad. La palabra está “a medio camino entre la nada / y el polvo”, cosa que se podría predicar también del hombre, y el poeta no sabe si ella será capaz de encarnar lo difuso, de taponar “el orificio que sangra”. La ambigüedad, ese preguntarse “quién o qué” continuamente, no es mero rasgo de estilo, sino consecuencia de una visión determinada de la realidad.La realidad —nos orienta el epígrafe de Fichte— no es el caos que nos rodea, sino la endeble arquitectura que el poeta crea para no naufragar entre “reseca inocencia, / costado a la deriva, margen, periferia”, entre las cortinas de niebla por las que tantea. Por eso “es amargo / el pan con que me alimento. / Y es turbia el agua que bebo. / Y la voz que oigo, o creo oír, / parece llegar del otro lado del mundo”. El poeta construye, pero “el oficio que ejerzo es apenas luz reflejada, / engaño”, es continua interrogación: “¿existe espacio de calma, onda en la superficie, / roca terrena o celeste, fruto de Edén, de Matisse / en este lienzo extendido al ojo de la lluvia?”; “¿soñar con una nevada donde nunca hubo nieve / con una lluvia donde siempre fue desierto?”. Y las respuestas no existen: “¿Pedir / una respuesta-estallido de bengala, / una hipótesis ingeniosa, / un polvo para el rostro que ya es casi sólo huesos?”.Hay posiblemente, en la génesis de la poesía de Barbarito, mucho de irracionalismo, de ebriedad dionisíaca. Más que el sentido lógico de cada poema hay que buscar un sentido emotivo en el conjunto, porque cada uno de sus libros se va edificando como mosaico, por acumulación de palabras e imágenes emocionalmente significativas. De ahí que el poeta se sienta en comunión espiritual y atemporal con El Bosco, que en su Jardín de las Delicias y su Infierno Musical quizás le brinda no una imagen distorsionada de la realidad, sino una imagen sospechosamente lúcida. Por eso es al pintor a quien le pregunta: “¿Hay camino, verdad, palabra, iris de luz, / bajo la pila de heno que a todo aplasta?”.La de Barbarito, decíamos, es poesía de interrogación, de ambigüedad, de irracionalismo. Pero a veces, en medio del friso, surge una figura sugestivamente corpórea, racional, histórica, aseveraciones que tienen el peso de una sentencia —la tierra está enferma de un mal grave,/ acaso incurable” —, profecías profanas —“Sufrirás, tendrás un mal,/extrañas mujeres traerán ungüentos/y culparán al amor,al relámpago”—; certezas de la irreductibilidad de la memoria:No importa el tiempo transcurrido,los dolores y los trabajos, lo vistoy lo presentido,lo amado y lo odiado,cada noche de tormenta regreso a aquella casa,soy de nuevo el niño con los ojos cerrados.Una lectura lenta, meditada, pero por sobre todo sentida de Desnuda materia quizás pueda explicar por qué Carlos Barbarito es, a mi juicio, uno de los mejores poetas de la “Generación del 78”. Quienes pertenecemos a esa generación llevamos en el muslo una llaga que no cierra, en el costado una herida que ya dejó de sangrar, pero que sigue mostrando su boca negra. Lejos de cualquier referencia anecdótica, de cualquier alusión directa, la poesía de Carlos Barbarito recrea —en el sentido etimológico de crear nuevamente— un mundo de angustia sin nombrar la angustia, de desolación y miseria que emanan no de lo concreto, sino de la exudación de las palabras: Huele a perro abandonado, a trapo en lo oscuro, respira aire que otros respiraron,se enferma de lluvia lenta,de ruidos lejanos, de ojos que acechan,huele a manojos de astillas,a desnudo que ya no pregunta,respira materia ciega, sin lugar en la Tabla,duerme de perfil, o sentado,con un ojo abierto y el otro ojovuelto hacia adentro, su dura lava inmóvil,se enferma de nada, de vacío.