lunes, junio 27, 2005

Dolores Etchecopar. Prólogo de El peso de los días

Lo inexplicable se cumple como un rapidísimo roce de catástrofes que precipita el habla del poeta. Quién sino él podría hablarnos con el habla rota, un idioma queincluye su propio derrumbe, la quebradura del saber, por donde fluye la poesía: fuente tumbada? Carlos Barbarito entra al país oscuro, pastor de palabras heridas, penetra al susurro de una memoria Devastada. En la mudez esa roja mula avanza, acarrea lapiedra de los sueños, camina por el deslumbrante universo de la oscuridad, hasta que empezamos a escuchar: el centro de una materia grave y densa,/por siglos y naciones y mares amada. Todo decir se pierde en el centro de esa materiaabandonada, expuesta al silencio enorme,incomprensible. Incertidumbre, vacío, deslizamiento hacia lo abisal de los gestos humanos (miran con ojos de corderos asustados \ la Gran lluvia del mundo). Instalados en el simulacro de una vida ya perdida antes de suceder, cuál es esa luz en el fondo de la noche aún invocada por los herederos del dolor, frágiles y locos herederos de una promesa negada? Cavados por el tiempo, soplan el panadero(1) de la muerte en la luz que no alcanza a iluminar toda la palabra que los atraviesa, relámpago de amor que no salva, rezo del poetaque cuelga una palabra vertiginosamente sola en el hilo de la noche.
(1) (Arg.) Semilla del diente de león.