lunes, junio 27, 2005

Daniel Mastroberardino. Pez de la tierra o el infierno en este mundo. Sobre Teatro de lirios de Carlos Barbarito.

En una edad remota, para que las runas (caracteres de la antigua escritura escandinava) acrecentaran su poder mágico, los primitivos hombres de la tierra los teñían con sangre. Del mismo modo, y para los mismos fines, Carlos Barbarito tiñe cada palabra con su propia sangre, y aquel poder mágico entra en el mundo de una especie poesía en donde el aire más denso, el cielo casi improbable en la tierra embriagada de golpes y sistemas, y ácidos y caminos, y las moradas que cobijan al poeta sólo son grietas por donde se filtran un hombre hablándole a su propia sombra./ Un lagarto en mitad del sueño de un niño./ Un papel donde alguien escribió "Hoy desperté y no me encontré el corazón"./ Otro hombre con las manos en el rostro, sentado en un retrete./ Una mujer con cuerpo de avispa, con ojos de avispa./ El vacío, la oscuridad, la nada./ El segundo antes de la ejecución, del suicidio./ La orfandad, la miseria, las sirenas en plena noche. Este es sin duda el infierno que está en este mundo y en el corazón de Carlos Barbarito, herido desde muy temprano, al alba de su desnudez, por ese infierno.De carne a carne, de espíritu en espíritu, de silencio a silencio las palabras acentúan su temblor de cosa viva y verdadera, esa música intensa, humana y mágica que liberan angustias y límites en los huesos de cada poema. Teatro de lirios es un ojo abriéndose y multiplicándose entre abismos, una lámpara terrible desnudando la niebla de los que duermen en mortaja de muerte cotidiana, de los que no han muerto todavía pero se repiten, vacíos, en rueda de miseria dentro de rueda. Orfandad y silencio, de los que no queda sino silencio./ Oscuridad sin límites./ Huesos desnudos,/ expuestos al ojo del coleóptero, /al insaciable apetito de la vida, de los que tras un día de haber entregado horas de su vida, horas que no van a volver a vivirse y que quedarán sin uso ya, inútiles, entre las paredes de una oficina, entre los oficios y papeles de un juzgado, entre las máquinas de calcular de un banco, entre ladrillos de una casa en construcción que no es la propia para retornar al entierro de los sueños huecos de paz, de las embarcaciones que deben abandonarse a cada respiración profunda, indefenso entre negocios atroces y días inalterables, vencido de cansancios y de lucha, dividido por una soledad extraña e innnombrable: De ellos no queda sino pena en los vivos./En los que pasan,/ y claman,/y tiemblan cada vez que el viendo dice "mañana".En este libro uno puede percibir la intuición que ha guiado los pasos secretos que el poeta ha dado en esos corredores oscuros y golpeados de tiempo y ritos diarios (que no por vulgares dejan de ser un asombro) de su destino. En efecto, no es lo que está afuera, sino lo que está adentro, en el ser del poeta que duda de lo que estando fuera entra a su ser y se transforma en monstruo o espectro, en huella absurda de lo conocido, en misterio que hincha la experiencia como si se dispusieran sombras en exceso bajo nuestros pies, y un pájaro que pasara por dentro de nuestro corazón graznando sólo un grito sagrado, o solamente quizás una presencia muy singular entre el cuerpo y el alma pero eficazmente instalada en los huesos: entre el ser y el no ser pero perpetuamente instalada en la posibilidad de ser: entre el cielo y la tierra pero terriblemente instalada en el hombre. Poeta: "lo más secretamente temido/sucede siempre".Fiel a sí mismo -condición sine qua non de todo creador auténtico- el poeta nos deja oír sus voces y adagios, y permite resonancias múltiples: la de los bellos poetas, padres de nuestros paisajes literarios, la de un lenguaje oculto que aguarda la vigilia de la poesía, la de cierta íntima sabiduría -ajena a toda vanidad y ostentación- con que el poeta destilará -con dolor y alegría- esas criaturas terrestres que se cargan de ciertas manchan de polvo o fósforo, cierto harapo de riguroso lunes, cierta hebra de morfina necesaria.Los profanos que lean este libro y lo comprendan no dejarán de experimentar un dulce deseo de ser poetas; pero sin duda de inmediato medirán las consecuencias de un deseo quizá impropio. Pues ¿qué en ellos de ser poeta? ,¿y cómo puede mejorar nuestras pobres vidas si significa sufrir, si significa abandonar cierto "confort" que creemos poseer para bien - y sólo para bien- de nuestro cuerpo y de nuestro espíritu, si significa clausurar las puertas del templo de nuestros sistemas y principios que imaginábamos verdaderos? Porque, ciertamente, cuando se oye la voz profunda y medular de poeta como Barbarito, estallan igual que corchos podridos nuestras falsas creencias, y las aves abominables que picoteaban de continuo entran a nuestros ojos para que las reconozcamos y empecemos a luchar de verdad contra la Apariencia, reina de nuestra sociedad moderna (apariencial hasta lo absurdo). Ante esta poesía -manifestación de la conciencia impura de los hombres de hoy, de los hombres solos e hipócritamente agrupados- ya olemos a pútrido en nuestras únicas, elevadas e inefables verdades, en nuestros axiomas de mármol. ¿Y querríamos ser poetas por eso? ¿y aceptaremos por esto los poemas de Carlos? ¿Quién accede, por sacerdocio de la poesía, a la bancarrota de nuestras conveniencias e intereses? De inmediato nos damos cuenta por qué un poeta es siempre algo molesto, algo que nuestras conciencias burguesas no admiten sin escozor. Hasta nos parecerá deshonroso arrodillarnos -aunque más no sea simbólicamente- ante la poesía. Y si la miramos de frente, no lo haremos sino con pudor -un pudor barato y sacrílego-. habitualmente, las miradas que le dirigimos, van de soslayo o de espaldas hacia ella.Si el poeta no nos halaga, si no nos parece inofensivo, si no es como nosotros y si lo hace lo que a nosotros nos place, somos, en verdad, lo que "matarán a ese perro". Pagaremos Teatro de lirios lo que el libro vale: lo mediremos en valor constante y sonante, hoy por hoy, en australes (1). Si nos hace alguna llaga, si nos despierta una sed que va en contra de lo sólidamente establecido, en contra de nuestra moral y nuestras buenas costumbres, si nos levanta el párpado para que miremos lo que no queremos ver, habrá que destruirlo. Haremos nuestra la sentencia de la hermana de Gregorio Samsa (de La metamorfosis de Kafka): Es preciso que intentemos deshacernos de él. No es posible sufrir en la propia casa estos tormentos. Por cierto, la poesía provoca un conflicto permanente en la conciencia del mundo y de los hombres, no porque le falta realidad, sino porque la contiene en exceso. Pues, como dijera Eliot, la especie humana no soporta mucha realidad. Por eso a veces -como K.- la poesía muere como un perro, y el hombre que la manifiesta, muere también, y en sucesivas, inexorables y parciales muertes, como un perro. Los niños que ven morir a sus perros tienen un llano muy hondo, lloran desde adentro, es un llanto infinito. ¿Por qué es angustioso y por qué es tan triste que K. y la poesía y siempre los poetas, mueran como un perro?En efecto, ¿por qué Carlos sabe esto tan bien? ¿Qué ha visto y padecido, y cómo lo ha visto y padecido, y por qué es tan desoladora esa imagen de la muerte que se anuncia?Ah, ¿y por qué un perro; por qué no un águila, o una víbora, que es más de la tierra que del aire?Miseria de la poesía es una síntesis metafórica del libro -y aún de muchas realidades-pero fundamentalmente del poeta que siempre tiene hambre y nada desprecia y recoge aquello que los vientos de estos tiempos arrojan sobre su hambre. La poesía es el perro que le lame mansamente las costuras del alma. Las vivencias son los panes nutricios que se instalan en el subconsciente y que el poeta recibirá como revelaciones o sueños y que él, invariablemeente, devolverá al mundo como savia de poemas (le entran panes a sus sueños). Pero Carlos Barbarito lleva en su sangre -la misma que utiliza para acrecentar el poder mágico de su escritura poética- un mar desolado que, sin embargo, pese a todo -pese a tu corazón,/partido de soledad, dolor y rabia; pese a escribir Nos estamos muriendo y nada de Lázaros; pese a escribir más allá de lo visto/aquí sólo hay oscuridad; pese a que dices la amo y hasta lloras; y todo se irá perdiendo en la sombra; y que quince se viene con niños ciegos bajo las estrellas; y nada que pueda ser recordado,/ni una estrella en lo alto,/ ni piedra de filosofía ni melodía alguna en el viento; y pese a muchas otras realidades de igual cuño y calidad - entran peces a su sangre. En los cultos sirios, y en el principio del Cristianismo, el pez es el arquitecto de la Vida, es el símbolo de la Vida.
(1) Signo monetario de esa época.