lunes, junio 27, 2005

Cristina Piña. Prólogo de la luz y alguna cosa

Pocas veces el epígrafe elegido por un autor parece adecuarse de manera tan perfecta como el que Carlos Barbarito ha elegido para su último libro, La luz y alguna cosa, donde Gilles Deleuze, con su lucidez deslumbrante señala que "hay que proponer una lengua menor en el interior de nuestra propia lengua". Esta afirmación, que en principio podría aplicarse a toda poesía verdadera en el contexto de la devaluación de la palabra de la que padece este fin de siglo, resulta especialmente significativa para la de Carlos, quien, de espaldas a modas más o menos impostadas y frívolas, ha ido construyendo una obra personal, donde el lenguaje alcanza un laconismo admirable y una precisión creciente. Una obra, sobre todo, en la que se percibe ese grado de necesidad y de sinceridad, que, desde mi punto de vista, identifican a la poesía verdadera frente al mero ejercicio literario o la vana experimentación verbal.Esa necesidad y sinceridad se revelan en el compromiso de la voz poética con la encarnizada interrogación que emprenden sus poemas de ese núcleo de sufrimiento que entraña la condición humana, por estar sometida al tiempo y la contingencia. En relación con esto, creo que los diversos textos que forman las tres partes del libro, en el fondo se condensan en dos modalidades de una misma actitud: la visión desapasionada pero estremecida de la catástrofe del mundo y el dolor humano, y la afirmación de la presencia de la muerte y la precariedad en toda experiencia. Frente a ellas, la infancia, por momentos la naturaleza, se dibujan como un reino de inocencia para siempre perdida.Y esa poesía necesaria está escrita en una lengua menor pues, a partir de la amplia red de relaciones culturales que la sostienen -que van desde Buda a Montale, desde Jackson Pollock a Beckett y Klee- y cuyo manejo da cuenta de su condición de escritor posmoderno, Carlos construye un lenguaje que es como el reverso de las voces sociales hegemónicas y mayoritarias: una lengua a la vez escueta y de una densa materialidad, frente a una lengua a la vez abigarrada y vacía que nos invade desde los medios de comunicación y los centros de poder; una lengua que se aferra a lo concreto -un clavo en la boca, un muro, una lluvia densa, una tierra devastada o un caballo, un niño, un animal- y nos enfrenta sin la menor concesión al énfasis o la declamación, con las interrogantes fundamentales, frente al lenguaje hueco y ampulosamente afirmativo del mundo.Se ha dicho, y con razón, que el actual es un tiempo poco propicio para la poesía. Este libro de Carlos Barbarito nos demuestra que, inclusive en las épocas más adversas, puede brillar, como una rosa colérica, entre los escombros.