viernes, junio 24, 2005

Carlos Barbarito: Sobre cuentos de 'San José Oculto'

Selección y prólogo de Tomás Saraví. Grabados sobre metal de Juan Bernal Ponce. Fotografía de portada de Fernando Francia. San José de Costa Rica, Ediciones Andrómeda, 2002. 164 p.



Soy una criatura urbana. Nací en una ciudad de la provincia de Buenos Aires, Pergamino, rodeada de vastos y ricos campos, pero a esos campos siempre los atravesé en algún vehículo con rumbo a la capital sin el menor deseo de detenerme.En algunas pocas ocasiones pernocté en alguna casa de campo, si bien me maravillé con la profusión de estrellas que permite ver la escasa o nula iluminación eléctrica, no tardé en aburrirme ante tanto silencio y oscuridad. En general mi poesía transcurre, tiene como telón de fondo, a la ciudad - en escasas ocasiones Pergamino, con la que mantengo una compleja relación de amor-odio y en la mayoría de las veces Buenos Aires, enorme e inagotable urbe en la que, no me cansaré de decirlo, volví a nacer, o, mejor, nací realmente -.

Pergamino es una ciudad de llanura, de una monotonía que me desespera. Me desespera tanto gesto repetido, la carencia casi total de sorpresas, esa permanente sensación de que hay otros que miran aunque uno camine por una calle vacía y a medianoche. Un lugar del mundo, hay muchos otros semejantes y sin salirnos de la provincia, donde se tiene la sospecha de que no hay sexo. Donde se percibe una ausencia de vida si entendemos por vida lo imprevisible, lo azaroso, la incertidumbre, el misterio de lo erótico, la existencia de lo oculto, lo secreto, lo mágico. No, por el contrario, en ciudades así, lo que predomina es lo previsible, lo reglado, lo conocido, lo formal, el culto por la apariencia. En ese entorno vi perderse a creadores en potencia que no optaron por otros rumbos. Otros se resignan al útero donde encuentran seguridad, el aplauso fácil de sus colegas, y así se sumergen cada vez más en el conformismo - esa otra forma de la muerte -.

Sin embargo, si bien pocos, mi ciudad natal esconde misterios. Seres y lugares ocultos que fui descubriendo por mí mismo o por intermedio de otros, que en general pasan desapercibidos - léase temor, sentimiento hegemónico en este tipo de sociedades -. Mientras leía el fascinante prólogo de Tomás Saraví a este libro que aquí me ocupa, pensaba, entre otras cosas, en una historia que me contó mi madre acerca de un hombre con cara de oveja que sus parientes escondían en el sótano de una vieja casa, en una mujer que vimos una noche mi hermana y yo, inmóvil, con un largo abrigo movido por el viento, con la mirada fija en algún punto en el cielo - y a la que César Bandin Ron, un poeta y crítico de arte, me aseguró haber visto en una solitaria playa -, en un viejito con largo pelo y abundante barba blanca, que llamó a la puerta de casa a pedir pan justo en el momento en que yo leía, con pasión adolescente, el versículo bíblico que habla de los ángeles que mendigan para probar la caridad humana. Pensaba también en el retrato de un curandero famoso, Pancho Sierra, que mis bisabuelos tenían en su dormitorio, santo gaucho al que mi bisabuelo vio curar a un moribundo gracias al simple expediente de hacer que lo subieran a un caballo y ordenar que lo hicieran dar tres vueltas alrededor de la casa. Aquí abajo - me dijo mi abuelo una tarde - hay restos de animales antiguos, gliptodontes; entonces andábamos a orillas del arroyo Pergamino, que corta a la ciudad en dos y que inundó muchas veces ciertos barrios cercanos y, hace pocos años, la mayor parte del casco urbano. Este arroyo - me dijo mi madre - tiene una comunicación subterránea con el mar; luego me contó de caballos y jinetes tragados por esas aguas traicioneras y jamás encontrados.

Acaso ser poeta sea tener inclinación por lo oculto, secreto. Y no hablo de quien escribe poemas sin más, hablo de todo aquel, incluso quien no escribe versos, que siente fascinación por lo que otros no ven aunque estén a pocos pasos de distancia. A medida que nos gana un modo de vida que excluye lo misterioso, en nombre de una razón con nítidos perfiles de demencia, la misma que ahora prepara nuevas guerras, algunos se niegan a aceptarlo - nuevos Baudelaires que crían modernas flores del mal en habitaciones escondidaso recorren las ciudades para descubrir o imaginar lo que esa supuesta razón expulsa, obvia, margina -. Este libro así lo demuestra y lo celebro.

Tomás Saraví seleccionó relatos de siete escritores costarricenses: Alfonso Chase, Alfonso Peña, Myriam Bustos Arratia, Guillermo Fernández, José Ricardo Chaves, Alexánder Obando y Rodrigo Soto; agregó un cuento de su autoría. La intención de este volumen es, según el prologuista, ayudar a la comprensión del conurbano que integran San José y las ciudades que la rodean, Alajuela, Heredia y Cartago, más los pequeños pueblos circundantes. Esta comprensión significa, aquí lo atractivo del libro, acceder al lado secreto de la urbe - no al turístico, aunque, es necesario decirlo, los turistas pasan velozmente por la capital de Costa Rica y se dirigen hacia los hermosos paisajes situados fuera de ella -. Por secreto se designa tanto lo imaginado por los escritores - que, nos dice Borges, no es menos real-, como las librerías de ocasión hasta las que esconden bibliografía hermética, esotérica-, los pasadizos situados bajo la tierra y ciertos carteles inquietantes que señalan la presencia de grupos masones, de logias.

Ya en el prólogo, Saraví nos sorprende diciendo que luego de publicar su cuento Cae la pata del elefante - en el cual hay referencias, que el autor creyó salidas pura y exclusivamente de su cabeza, a cierto triángulo simbólico formado por una logia masónica, una sociedad teosófica y un lugar de reunión de templarios- un masón le comunicó su sorpresa ante tal noticia - ¿cómo estás enterado de eso? - le preguntó.

Este libro - ilustrado por el chileno Juan Bernal Ponce, radicado en Costa Rica desde los setenta- resulta una reunión de ambas aguas de esa misma agua que llaman la realidad. Seres de carne y hueso y fantasmas se juntan, la historia y el mito se confunden, vigilia y sueño se convierten en una sola cosa. Una frase en un cuento de Guillermo Fernández, De suicidios y fraternidades, me parece, reveladora al respecto: En la ciudad hay muchos rostros, vericuetos, precipicios. Sólo una literatura abarcadora, compleja, heterodoxa puede intentar la tarea de sondear en esos vericuetos y precipicios. En estas páginas se aglutinan la música y las palabras de King Crimson, anónimos taxis y buses, las drogas, veloces motocicletas, extrañas y absurdas hermandades, amores y crímenes, el vértigo y la sangre, pasillos, calles, barrios... Cuentos del San José oculto cumple con ese cometido y, acaso contrariando lo expuesto en el prólogo, no contiene noticias de sectas, ceremonias iniciáticas y alquimistas, nos trae, con alguna excepción, otros misterios, más cotidianos, más expuestos, y sin embargo, como aquellos, ajenos a la diaria experiencia de los que, como dice Daumal, se despiertan, se visten, salen, caminan, comen, hablan, leen un diario y siguen dormidos.

Publicado en: http://www.materika.com/resenas/san_jose_oculto.html