lunes, junio 27, 2005

Alberto Luis Ponzo. Prólogo de Exodos y trenes de Carlos Barbarito

¿Quién, como poeta, no debe sacar su corazón del infierno? La intuición de este acto terrible, como todo lo que atañe al destino humano, pertenece a Francisco Madariaga. Pero además del infierno que posee la temperatura de todos los días de exaltación o ensimismamiento, son infinitas las cosas que el poeta saca de su corazón, cuando el mundo lo conmueve. Palabras, desde luego: clamores brotando de lo profundo, innumerables rostros: palabras que no existen como tales, sensaciones que no han sido nombradas y que deben remontarse hasta el sueño original, hasta su materia irrepetible. Y memorias, pesaillas, miserias del mundo, signos de la desesperación o la belleza, que a veces se confunden.Carlos Barbarito está en esa empresa como muy pocos de su generación. Escribir el poema es para él un acto inexplicable, inevitable y salvador. Su profunda sinceridad lo lleva a decir: Es tan terrible haber amado tanto/ y tener que resignarse a vivir entre desechos y fantasmas.Si todo lo que uno recibe es pasión, como escribió ese iluminado y tan carnal Jacobo Fijman, Barbarito no hace más que abrir su corazón a todo lo que ama, para recibir finalmente el fuego de la vida y las apariciones a veces desgarradoras de la verdad, que es, sin eufemismos, el alma del hombre de nuestra época.